Osvaldo Dallera

viernes, julio 08, 2016

Deslegitimación y destrucción de la política: comunicación negativa, poderes de control y apelación a los valores

Por deficiencias propias de las administraciones y oportunismo ajeno de las oposiciones la actividad política en las democracias contemporáneas exhibe una tendencia hacia la des-legitimación permanente de los gobiernos elegidos por mayoría.  Este proceso se traduce en desconfianza hacia el sistema político en general, y la democracia en particular y es el resultado del aprovechamiento por parte de todos los actores del sistema (gobierno, oposición, movimientos sociales, MMC, corporaciones, etc.) de la desconfianza de la población en los gobiernos y en las elecciones. El proceso de deslegitimación se lleva a cabo a través de la puesta en acto de dos grandes estrategias o recursos:
1. Producción de comunicación política negativaComunicación política negativa es  aquella producida de manera deliberada por un conjunto de emisores organizados con la finalidad de desinformar, confundir y escandalizar a los receptores a los que van dirigidos sus mensajes. La comunicación negativa tiene una usina, dos grandes grupos de voceros, dos espacios de difusión bien definidos y dos beneficiarios que se excluyen mutuamente pero son funcionales uno al otro. La usina de la comunicación negativa es el conjunto de factores de poder que construye estrategias discursivas (argumentos racionales y/o emocionales) que sostienen sus intereses sectoriales. Sus voceros son los periodistas y los políticos parlamentarios (en general, los legisladores). Los espacios sociales privilegiados donde se expresa la comunicación negativa son los medios de comunicación y el parlamento. Finalmente los beneficiarios son indistintamente el gobierno y la oposición, según la dirección en la que se orienta la producción de esta comunicación.
2. Formación de contrapoderes. La otra ruta que conduce a la deslegitimación es la que Pierre Rosanvallón (2007) denomina contrademocracia y que consiste en la formación y el avance de los contrapoderes. El fervor por la legitimidad de ejercicio desplaza o minimiza la importancia de la legitimidad de origen y, al mismo tiempo, impulsa la formación de contrapoderes. Los contrapoderes despliegan un conjunto de formas indirectas del ejercicio del poder que se activan en la periferia del sistema, cuestionan el funcionamiento de las instituciones y son más eficaces cuanto más las debilitan. Según este autor actúan como una fuerza material de resistencia práctica a los poderes legitimados sólo por el voto, y se constituyen en un problema, una sanción y un cuestionamiento a lo instituido. Los contrapoderes se manifiestan de manera permanente, sin restricciones y se presentan agrupados en tres grandes conjuntos:
2.1. Poderes de control. Los poderes de control se presentan en tres modalidades: Como vigilancia, como denuncia y como calificación.
* La vigilancia puede ser de dos tipos. Por un lado, la vigilancia cívica que es una vigilancia directamente política y se manifiesta por medio de intervenciones en la prensa o en asociaciones (por ejemplo, sindicatos o cámaras empresarias), haciendo huelgas o peticionando. La protesta y el llamado de atención son sus expresiones más eficaces. Por otro lado, la vigilancia de regulación que es indirecta y se caracteriza por ser evaluativa y crítica de los gobernantes.
* La denuncia se sostiene en la figura del escándalo y tal vez sea uno de los recursos más utilizados por los contrapoderes que, por medio de sus voceros, la utilizan para producir comunicación política negativa. También cumple una función de agenda y produce un triple efecto: de institución, de moralización (en el sentido de ausencia de transparencia), y de afectación de la reputación de los políticos y los gobernantes.
* la calificación es una especie de evaluación de las administraciones y la política que pretende documentar y argumentar técnica y cuantitativamente el desempeño y las acciones de los funcionarios. También, en este caso se vigila o se pone en juego la reputación, pero ya no de orden moral sino de orden técnico, de competencia o de idoneidad de los gobernantes.
2.2. Poderes de sanción y obstrucción. Estos poderes se organizan en coaliciones que, en conjunto, le dan forma a un poder sustentado en la capacidad de impedir.  Según Rosanvallón no necesitan ser coherentes, y por eso son frágiles y volátiles (en nuestro país sobran los ejemplos de “alianzas” construidas para llevar adelante esos propósitos). Por lo general se expresan en el bando de la oposición y constituyen “una democracia de rechazo frente a una democracia de proyectos”. Mantienen una confrontación permanente de vetos e impugnaciones que provienen de grupos económicos, sociales y políticos, apoyados en una población siempre dispuesta a favorecer los obstáculos capaces de frenar las acciones de gobierno.
2.3. Poderes de enjuiciamiento y judicialización de la política. Se espera de los procesos judiciales lo que no se obtiene en las elecciones. La democracia del debate y la confrontación le deja su lugar a la democracia de imputación. Se impone el juicio como procedimiento de puesta a prueba de los comportamientos.  Es una especie de política de la política (metapolítica) considerada superior a las elecciones porque produce resultados más tangibles. La judicialización de la política no busca el ejercicio de la justicia distributiva o de mayor equidad sino una falsa justicia represiva, de sanción y estigmatización del sistema y de los políticos vistos como sospechosos y defraudadores voluntarios. Parece que se condena  a las personas, pero se termina enjuiciando al sistema.
La apropiación ciudadana de los contrapoderes conduce a devaluar y disminuir el poder legal. Con estas prácticas y estas estrategias conducen a la des-legitimación de los gobiernos surgidos del voto popular y, con ello, contribuyen al desencanto democrático.  Al mismo tiempo debilitan la capacidad de la sociedad de entender la política como un proceso complejo que debe  captarse y entenderse como una totalidad y no  por episodios o eventos aislados e inconexos. Lo que los contrapoderes ganan en control, obstrucción, impugnación e imputación lo pierde la sociedad en visibilidad y en legibilidad del conjunto. Se presta demasiada atención a cada hecho, evento o episodio de la coyuntura política, económica, educativa o de cualquier otro ámbito, y se pierde de vista el carácter complejo, sistémico y estructural del funcionamiento democrático.
Según Rosanvallón cuando el ejercicio de estos poderes indirectos degenera, se instaura la antipolítica que no es otra cosa que la tendencia contemporánea a la disolución de lo político. La antipolítica es la consecuencia patológica del control, la obstrucción y la sospecha que termina en la estigmatización compulsiva y permanente de los gobernantes, hasta el punto de constituirlas en fuerza enemiga, radicalmente exterior a la sociedad. Concibe el poder como una máquina siniestra de conspirar y complotar. Es un verdadero problema contemporáneo, una patología de la política de nuestro tiempo:se busca tanto la transparencia política que se termina abandonando la búsqueda de la construcción de un mundo común. Se está más atento a la moral y las cualidades de los políticos que a la búsqueda del bienestar o del interés general. En pocas palabras, la antipolítica es heredera de un estilo de ridiculización política ilustrado principalmente por la prensa y los MMC que asumen una perspectiva pesimista y desilusionada, a partir del ejercicio de la comunicación negativa, que no busca tanto cambiar el curso de las cosas como disminuir y abuchear a los funcionarios.
En simultáneo, el sistema pretende re-legitimar la democracia y el  funcionamiento del sistema político apelando a los valores. Con la prédica de valores el sistema se hace inseguro e inestable porque a la hora de decidir tiene que optar por opciones concretas y, muchas veces, contrarias entre sí. Mientras los valores intentan legitimar el sistema, las decisiones ayudan a acrecentar las tensiones. En este contexto, para seguir actuando en política hay que incluir en los discursos y exposiciones, apelaciones a la paz, la libertad, el consenso, el diálogo, etc., sabiendo que los problemas que el entorno le plantea al sistema exigen otras fuentes donde abrevar y otros recursos para funcionar. Esta forma de legitimación es inconducente porque olvida la separación entre la forma que la política elige para adoptar soluciones y los problemas estructurales de la sociedad moderna que no guardan ninguna relación con esos valores. Al hablar de valores lo que se pretende ocultar es la autorreferencia de la política, el hecho objetivo de que la política y todos sus actores trabajan para sí mismos. Se prefiere que no se note que muchos de los valores que se usan para armar el discurso democrático de la política actual, muchas veces se contradicen entre sí (paz/justicia, libertad/igualdad). Pero no deja de ser un trabajo interesante de los políticos hablar siempre sobre valores porque lo que se sabe es que hablando no se decide. Para decirlo de otro modo, el sistema habla de valores pero gobierna tomando decisiones concretas. Cuando uno se da cuenta de todo esto advierte que la diferencia de programas entre partidos es una ficción con la que hay que contar para que el sistema político siga haciendo su trabajo y cumpliendo con su función, porque lo que no puede dejar de hacer es seguir tomando decisiones.

Bibliografía citada

Rosanvallón, Pierre (2007): La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza. Buenos Aires, Ediciones Manantial.
--(2009): La legitimidad democrática. Imparcialidad, reflexividad, proximidad. Buenos Aires, Ediciones manantial

Torres Nafarrate, Javier (2004): Luhmann: la política como sistema. México, fondo de Cultura Económica

jueves, julio 07, 2016

Evolución y formas del Estado Moderno explicado para Facebook

La política moderna nace en Europa con el surgimiento del Estado en el siglo XVI en el contexto de las divisiones políticas y los conflictos religiosos que siguieron al derrumbe del mundo medieval, y las nuevas controversias en torno a la naturaleza de la autoridad política (Held, D.: 1997, 53). La aparición del Estado logró imponer un orden legal que hizo aceptable la relación de subordinación de los gobernados hacia los gobernantes. Norberto Bobbio define el Estado como “un ordenamiento jurídico para los fines generales que ejerce el poder soberano en un territorio determinado, al que están subordinados necesariamente los sujetos que pertenecen a él” (Bobbio, N.: 1996, 128). De acuerdo con esta definición, la noción de Estado supone la integración de tres grandes componentes: el pueblo, el territorio y, para decirlo en términos de Max Weber, el monopolio de la violencia legítima, es decir el uso de la fuerza pública. Este último componente es el que oficia como factor insustituible para la configuración del Estado. Lo paradójico de la fuerza pública del Estado consiste en que su razón de ser es evitar otro tipo de violencia: la violencia ilegítima, es decir esa violencia que se ejerce sin la aceptación ni el consenso necesario de parte de quienes están dispuestos y expuestos a padecerla.
Desde sus orígenes la función política del Estado fue tomar decisiones colectivamente vinculantes. Para consolidarse como autoridad política y estar en condiciones de cumplir con su función el Estado necesita ejercer el poder. En sentido amplio, se define el poder como la capacidad de influir en los otros de manera tal que lleven a cabo acciones que de otro modo no harían.  En sentido restringido, el poder político se caracteriza por hacer que esa capacidad de influencia sea negativa. Esto significa que el poder político funciona como amenaza, es decir, como un “mecanismo de anticipación” que está ahí y que se exhibe, pero para no ejercerlo positivamente. Por eso, el ejercicio del poder político para usar la violencia legítima es sólo una forma de influencia de última instancia.
La forma política Estado, entre el siglo XVI y mediados del siglo XX, evoluciona en la dirección que le imponen los problemas surgidos de la relación que mantiene con otros sistemas de la sociedad pero, principalmente, con el sistema económico y con el sistema jurídico. Distintos autores ofrecen clasificaciones y tipologías diversas para describir esa evolución pero, simplificando un poco las cosas, se pueden distinguir cinco grandes formas de Estado dentro de ese largo período de la política moderna:
* El Estado absoluto. Entre el siglo XVI y fines del siglo XVIII toma forma el Estado absoluto que presenta dos características distintivas en la concepción del poder. La primera de esas características es la concentración. En este aspecto el poder recae únicamente en la figura del Rey o monarca que ejerce la soberanía dictando leyes colectivamente vinculantes, usando de manera exclusiva la fuerza tanto en el ámbito interior como en los conflictos con otros Estados, e imponiendo tributos. La otra característica de esta concepción del poder es la centralización que supone la capacidad del Estado de subordinar a cualquier otro ordenamiento jurídico (comercial, corporativo o particular) a su poder soberano y a legitimarlos sólo si son reconocidos por él (Bobbio, N., 160-161). Con estas dos características esta forma de estado resolvió un problema de dispersión territorial y del poder.
* El estado liberal-representativo. Desde fines del siglo XVIII las revoluciones liberales aportaron un nuevo diseño de Estado mínimamente implicado en la regulación de la actividad social, respetuoso del libre comercio, y garante de ciertos derechos individuales, es decir, derechos que, a partir de entonces, están protegidos por la ley. Para fines del siglo XIX el desarrollo del Estado representativo coincide con las fases sucesivas de la ampliación de los derechos políticos hasta el reconocimiento del sufragio universal masculino y femenino. Esto exige la formación de partidos organizados y modifica profundamente la estructura del Estado representativo. Esta alteración en la forma de representación llevó a la transformación política del Estado representativo en Estado de partidos en el que los sujetos políticos relevantes ya no son los individuos sino los grupos organizados alrededor de intereses generales o, más específicamente, de intereses de clase. La regla de la mayoría orienta a los órganos que tienen a su cargo tomar las decisiones colectivamente vinculantes, pero con el tiempo esa orientación termina por tener un valor formal de ratificación de decisiones tomadas en otro lugar mediante procedimientos de acuerdos y consensos de los grupos “representativos” (Bobbio, N.: 1996, 163-164). El estado liberal-representativo resuelve un problema de representatividad y de inclusión social.
* El Estado de bienestar. Se consolida hacia mediados del siglo XX y comienza a mostrar signos de agotamiento a principios de la década del setenta. El Estado de bienestar se caracteriza por exhibir un “desbordamiento” de sus funciones al intentar resolver desde la política problemas propios de otros subsistemas (sobre todo del subsistema económico y del sistema de seguridad social) sin contar con los recursos ni con las posibilidades de llevar adelante esa tarea. Eso hace que el Estado de bienestar adquiera un funcionamiento expansivo incrementando sus intervenciones sobre otros ámbitos de la sociedad y, de ese modo, expandiendo también la cantidad y la magnitud de los problemas. Sobre el final del siglo veinte esta dinámica es la que lleva al Estado de bienestar a una situación de crisis que se prolonga hasta nuestros días. Esta forma de Estado intenta resolver un problema de distribución.
* El Estado neoliberal. Sobre finales del siglo XX y principios de este siglo, como respuesta a ese estado de crisis, se impuso la fórmula del Estado neoliberal que retoma la senda del Estado mínimo pensado por los teóricos del liberalismo político de los siglos XVII y XVIII, pero con un mayor énfasis en la desregulación de la actividad económica en general, de los mercados financieros en particular, y en la prescindencia de cualquier intervencionismo (propio del Estado de bienestar) sobre todo, en materia de asistencia social y preservación de derechos individuales y colectivos. En este caso se trata de un problema de regulación según la óptica de quienes fomentan este nuevo formato de Estado.
* El Estado privatizado. Según  Béatrice Hibou en nuestra época "la función económica de los Estados -nación es ya obsoleta o cuanto menos muy marginal" (Hibou, B.  2013, 15). Sin embargo, lo que caracteriza a esta noción no es la primacía de lo privado sobre lo público, ni tampoco la retirada del Estado. Más bien lo que ocupa el centro de este formato es la presencia casi insustituible de la negociación como categoría permanente entre el lo público y lo privado y la delegación de funciones que otorga a los privados una nueva reconfiguración de las condiciones de poder (ejemplos concretos son la delegación de funciones de seguridad y el asenso de los prestanombres y los intermediarios dentro de esta nueva lógica. de empoderamiento). En esa atmósfera la relaciones de poder adquieren un nuevo significado: "… los contratos o acuerdos, formales o informales, entre el Estado y los actores privados no están hechos para durar; son, por el contrario, voluntariamente inestables, casi volátiles, secretos, y tienen que renegociarse constantemente". (Béatrice Hibou: 2013, 37). En pocas palabras, lo que define esta nueva forma de Estado es la relación entre lo público y lo privado, el carácter siempre tenso de esa relación que exige un ir y venir constante entre conflicto y negociación y, por último, el control indirecto por parte del gobierno de ese estado de situación permanente. Para Hibou “la privatización de los Estados”.... traduce los procesos concomitantes de ampliar la participación de intermediarios privados a un número creciente de funciones que antes correspondían por derecho al Estado, y de una nueva distribución de este último… En este contexto, las puertas están abiertas y la mesa está servida para el negocio del crimen organizado en la política y la economía.

Bibliografía citada

Bobbio, Norberto (1996): Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política. México, Fondo de Cultura Económica.
Held, David (1997): La democracia y el orden global. Del Estado moderno al gobierno cosmopolita. España, Editorial Paidós.
Hibou, Béatrice (2013): De la privatización de las economías a la privatización de los Estados. Análisis de la formación continua del Estado. México, Fondo de Cultura Económica.



domingo, junio 12, 2016

El Capitalismo de nuestros días explicado para Facebook

Si democracia es el nombre que el sistema político se da a sí mismo en la actualidad, capitalismo es el nombre con el que el sistema económico moderno se auto-describe por lo menos, desde mediados del siglo XVIII. Como dice Brown (2010, pág.53) el capitalismo es el más robusto de los dos mellizos y supo reducir la democracia a una marca cuya imagen se vende separada de su contenido real. 
El capitalismo es el régimen económico dentro del cual el capital junto con el trabajo son los principales factores de producción. Según Piketty “el capital se define como el conjunto de los activos no humanos que pueden ser poseídos e intercambiados en un mercado. El capital incluye sobre todo el capital inmobiliario (inmuebles, casas), y el capital financiero y profesional (edificios, equipos, máquinas, patentes, etc.) utilizado por las empresas y las agencias gubernamentales”. (Piketty, 60) “... reúne pues todas las formas de riqueza que, a priori, pueden ser poseídas por individuos (o grupos de individuos) y transmitidas o intercambiadas en un mercado de modo permanente. En la práctica el capital puede pertenecer ya sea a individuos privados (se habla entonces de capital privado), o bien al Estado o a la administración pública (capital público). El capital no es un concepto inmutable: refleja el estado de desarrollo y las relaciones sociales que rigen a una sociedad dada (Piketty, 61) El capital cumple dos grandes funciones económicas. por un lado funciona como reserva de valor y, por otro, lado, como factor de producción.
El capitalismo es un régimen de acumulación. El capital en su origen es el resultado de un proceso de acumulación de dinero, luego diversificado en distintas clases de bienes que en conjunto definen el patrimonio que en general está en manos de empresas, organizaciones, gobiernos y capitalistas individuales. Desde una perspectiva estrictamente económica, esta acumulación de capital adquiere dos formas. 
Por un lado adquiere la forma económica de bienes producidos que sirven para producir otros bienes. El capital, en este caso, se acumula como medios de producción. Desde los inicios de la modernidad, en el proceso de producción, el capital acumulado se transforma en capital industrial, compuesto por capital fijo (edificios, maquinarias, campos, etc.) y capital circulante (materias primas, energía salarios, etc.). En este proceso el endeudamiento es funcional a la estrategia de las empresas de aumentar su capital fijo a través de la obtención de préstamos en el mercado financiero. Por otro lado, el capital puede acumularse como capital financiero, es decir, como dinero que se sustrae al circuito productivo y se coloca en mercados que ofrecen a cambio una renta bajo distintas condiciones de riesgo. En ambos casos la función del capital es producir un excedente.  En función de esta distinción dentro del capitalismo contemporáneo podemos reconocer dos grandes tipos de capital.
a. El capital productivo. Esta forma de capital se utiliza de manera predominante dentro de la economía real. La economía real es la que sostiene su dinámica en la producción, es decir, en un entorno en el que intervienen empresas que producen bienes que venden en el mercado, que contrata gente para que trabaje en sus proyectos productivos y que saben que lo que vale su empresa depende de las ganancias que es capaz de obtener por lo que en definitiva vende en el mercado de consumo de bienes y servicios. Estas empresas, y por lo tanto la economía real, necesitan tiempo y dinero para llevar adelante sus proyectos productivos. En los últimos setenta años, dentro del esquema de la economía real, el capitalismo se expandió durante el período comprendido entre fines de la segunda guerra mundial y mediados de la década de los años setenta. En ese lapso generó expectativas orientadas al logro de metas tales como el pleno empleo, mejoras en las condiciones de trabajo y seguridad social, la inserción de grandes masas de la población occidental en el consumo y, en líneas generales, el mejoramiento colectivo de la calidad de vida. El fordismo apareció en los inicios de la segunda mitad del siglo XX  como un régimen de acumulación excepcional en términos de rapidez y estabilidad del crecimiento y del progreso del nivel de vida. Este régimen de acumulación con predominio de la producción permitió conciliar alto nivel y estabilidad de la ganancias para el capital, con un progreso del ingreso de los asalariados. Fue capaz de conjugar el dinamismo del sector privado con la amplitud de las intervenciones públicas. Finalmente combinó eficacia dinámica en los procesos de producción con moderación de las desigualdades.
b. El capital financiero es el protagonista dentro del régimen de acumulación vigente desde la crisis del modelo anterior hasta nuestros días. Esta forma de capital dio lugar al régimen de acumulación con predominio financiero que fue el resultado de la confluencia de tres factores: 
1. el agotamiento del régimen anterior  a partir del estancamiento de la producción y el aumento de la inflación; 
2. la entrada de los avances tecnológicos y los medios masivos de comunicación sobre la economía y sobre los procesos industriales, y 
3. la adopción deliberada de políticas tales como la liberalización de la economía, la desregulación de los mercados y la privatización del patrimonio del Estado. 
El objetivo de este nuevo régimen fue aumentar el valor del capital financiero en todas aquellas plazas que estuvieran en condiciones de sostener un mercado con capacidad para recibir inversiones extranjeras. Dentro de este nuevo régimen de acumulación los mercados financieros buscaron disminuir la importancia de la actividad económica centrada en la producción y aumentar el valor de aquellas operaciones centradas en las transacciones financieras. Las políticas económicas que impulsaban la regulación y la intervención del Estado en la economía y la negociación entre el capital y el trabajo que caracterizaron al régimen anterior fueron sustituidas por políticas de corte liberal que minimizaron el rol del Estado y potenciaron la autonomía de los mercados. En este régimen el dinero proveniente del ahorro se transforma en capital financiero y se concentra en manos de sociedades especializadas en operaciones de inversión, instituciones financieras y los mercados de títulos. A través de los mercados de obligaciones públicas y privadas, la gestión del ahorro se convierte en una poderosa herramienta para la acumulación y centralización financieras. A partir de ahí contribuye a la distorsión de las relaciones económicas y políticas entre el capital y el trabajo. Se establecen, entonces, ventajas decisivas para el capital reforzando su “financiarización” y el peso de la inversión y de los mercados financieros. 
En este contexto cobra impulso la formación de capital especulativo y el privilegio de la especulación como modalidad de generación de renta en lugar de los beneficios que provienen de la producción dentro de la economía real.  Estas innovaciones transformaron la manera de hacer negocios y de intervenir en las relaciones comerciales en la medida que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TICs) permitieron realizar transacciones más rápidas y con mayor alcance.  En pocas palabras, estos cambios hicieron posible superar limitaciones de tiempo y de espacio. Dentro de este marco los trabajadores tuvieron que aprender y adecuarse constantemente a las cambiantes condiciones de la producción y del mercado. Esto les exigió una enorme capacidad de adaptación personal y una permanente vinculación con ofertas de capacitación.
Para terminar hay que decir que el régimen de acumulación con predominio financiero se impuso también a los Estados. Por un lado, la globalización financiera puso en competencia a los Estados por el acceso a los financiamientos, y esto trajo conflictos y desequilibrios de considerable magnitud. Podemos mencionar dos. Uno de ellos tiene que ver con el poderío de los protagonistas de las altas finanzas internacionales (fondo de pensión, fondos mutualistas y bancos, capitales de riesgo), que son los que concentran la oferta de capitales y poseen los medios para (intentar) imponerles sus reglas a los gobiernos de turno. El ejemplo del conflicto de Argentina con los holdouts, (“fondos buitres”), resulta un testimonio cabal de esta estrategia de imposición. Por otro lado, la magnitud de los capitales especulativos y la cantidad de operaciones que llevan a cabo diariamente ponen en jaque la capacidad de resistencia de cualquier país ante una oleada especulativa. Como dice Dominique Plihon (84-85), “ Ningún país puede resistir una ola especulativa fundada en un desafío a su política. A fin de escapar a la “sanción” de los mercados, las políticas macroeconómicas nacionales en lo sucesivo se subordinan a los imperativos de las finanzas internacionales.... Los bancos centrales, que han llegado a ser independientes del poder político, quedan de facto bajo la dependencia de los mercados financieros y de la presión de las grandes corporaciones”.
El siglo XXI comenzó con la consolidación de la subordinación de la economía real y de los Estados al poderío del capital financiero. Sobre la base del régimen de acumulación con predominio de esta forma de capital se consolidaron tres características estructurales de la nueva configuración del capitalismo: la propensión al riesgo, la informalidad y las prácticas económicas criminales.

Bibliografía citada:

Brown, Wendy: "hoy en día, somos todos democráticos" en: AAVV (2010): Democracia, ¿en qué Estado? Buenos Aires, Prometeo Libros.
Piketty, Thomas (2014): El capital en el siglo XXI. Ciudad de Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Plihon, Dominique (2003): El nuevo capitalismo. México. Editorial siglo XXI



Transformaciones estructurales en la política y la economía posmodernas

El carácter autorreferente, auto-reproductivo y operacionalmente cerrado de los sistemas sociales permite comprender las transformaciones producidas desde el inicio de la modernidad tardía, segunda modernidad o posmodernidad (digamos desde el último cuarto del siglo XX) en la política y la economía.
Tanto el sistema político como el sistema económico moderno se auto-reproducen a partir de sus propias operaciones. En el caso de la política la operación que le es propia es la comunicación de decisiones colectivamente vinculantes, por lo general emanadas desde el gobierno. Esas decisiones generan dentro del sistema político otro tipo de comunicaciones (debates, protestas, denuncias, etc.) propias de los otros actores del sistema (legisladores, movimientos sociales, oposición, medios masivos de comunicación, etc.) que dan lugar a la toma de nuevas decisiones que renuevan el ciclo de comunicación política y de esa manera dinamizan el sistema cerrándolo sobre sí mismo y haciéndolo autorreferente. Esto último significa que, como resultado de esa manera de funcionar, el sistema, en vez de operar teniendo en cuenta lo que pasa en su entorno, es decir, afuera de la política, termina por referirse a sí mismo con cada una de sus operaciones. Lo que el sistema político necesita es que haya siempre comunicación interna entre los actores del sistema y no, como se supone, que resuelva problemas que forman parte de su entorno externo. Al estar tan ocupado en ese aspecto, el sistema deja de lado los problemas verdaderos de la sociedad (los problemas económicos, los problemas educativos, los problemas ecológicos, etc.). Los problemas pueden esperar mientras la política produce comunicación para seguir hablando sobre ellos. Con la misma lógica, el sistema económico se auto-reproduce mediante la producción continua e interminable de elementos del sistema (pagos) a través de su medio de comunicación específico: el dinero. Al constituirse los pagos en el elemento insustituible para que el sistema mantenga su continuidad, deja de tener importancia el valor de lo que se está pagando, los problemas y tribulaciones de la gente, o las dificultades por las que atraviesan la educación, la salud, el mercado inmobiliario, etc.
Ahora bien, ni las decisiones vinculantes ni los pagos llevan consigo alguna carga moral, ni siempre responden a coerciones normativas que los incline a operar sólo con el lado bueno o legal de las operaciones. Por eso hay que admitir que adentro de los sistemas todo puede pasar, aún lo que desde afuera de ellos pueda evaluarse como malo, negativo inmoral o ilegal. A pesar de lo que a todos nos gustaría, las decisiones seguirán siendo lo que son a pesar de que con ellas puedan buscarse efectos que beneficien deliberadamente a unos en perjuicio de otros, y los pagos seguirán siendo pagos con independencia del "valor" moral o legal de la contraprestación recibida. Atentos a esto, deberíamos considerar con mayor atención las tres grandes transformaciones, entre otras de menor impacto que se produjeron en la política y la economía en los tiempos de la modernidad tardía:

1. la propensión al riesgo

Una de las características de las decisiones políticas es la imposibilidad de prever sus efectos. Por un lado esa característica estructuró el espacio social alrededor del eje del riesgo e hizo que fuera un espacio evaluado en términos de seguro/inseguro. La contrapartida del riesgo que se asume en cada decisión es la búsqueda de seguridad que se pretende alcanzar y que nunca termina de concretarse. Por otro lado, ordenó a los actores sociales alrededor del eje que define su ubicación en relación con la toma de decisiones y los dividió en decisores y afectados. Lo distintivo del sistema político actual es que se politizan los riesgos que los decisores toman en nombre de los afectados. En este nuevo contexto se pone en marcha el circuito de la política moderna: ante una situación conflictiva o riesgosa los decisores toman decisiones que afectan a los demás. Los afectados le piden a la política que enderece el rumbo, ante los posibles desastres que pueden acarrear esas decisiones. Conciliar la posición y los intereses de los decisores y los afectados requiere que los decisores acepten que trabajan o hacen su trabajo en situaciones bajo riesgo permanentes y los afectados asuman que ya no es posible reclamar vivir en situaciones bajo seguridad. En un contexto de este tipo, se invoca el diálogo que ahora significa aceptar el riesgo, contar con que el otro entiende las condiciones del caso y flexibilizar las posiciones para reformular las exigencias y los argumentos. En nuestro tiempo, a todo este juego, a toda esta representación se la llama Democracia.
Los riesgos económicos se definen por las diferencias de tiempo y velocidad en la utilización y circulación del dinero. Son riesgos de futuro. Estos riesgos nacen de la posibilidad de que los proyectos que las empresas elaboran para llevar adelante sus negocios no salgan como esperaban. En este sentido los riesgos están relacionados con la inversión y el crédito. La inversión puede que no dé los resultados que se esperaban y entonces las deudas contraídas no se puedan pagar. Esta posibilidad hace que los proyectos lleven consigo una cuota de incertidumbre. Lo que ocurre es que las incertidumbres no tienen un valor. Por eso, las empresas tienen que ponerle alguno a sus incertidumbres y eso significa transformarlas en un riesgo calculable. Una vez que el riesgo tiene un “valor”, entonces es posible comercializarlo en los mercados financieros donde se negocian esa clase de productos. Esa reformulación se impuso de dos maneras: una para los grandes inversores y otra para la gente de menores recursos. Las grandes empresas trasladaron su predisposición al riesgo de la economía de producción al mercado financiero y de acciones. Dentro de ese mercado intervienen operadores que compran y venden los riesgos asegurados con la expectativa de que en el futuro sean menos los riesgos que se concreten y más los que no tengan su peor desenlace. Se genera así un “mercado secundario de riesgos”, dentro del cual un primer comprador le vende a otro, y este a un tercero, y así sucesivamente aquellos riesgos asegurados originalmente, pero distorsionando en cada operación el precio de venta incorporándole las creencias del vendedor respecto de la posibilidad de que ese riesgo se materialice. Las condiciones económicas instauradas en el último cuarto del siglo XX también se volvieron propicias para reformular la estructura del sistema económico en función de la nueva realidad de los sectores populares. Junto con el surgimiento de los mercados derivados y futuros para los más ricos, se instaló con fuerza una forma de riesgo consistente en el crecimiento de los mercados de crédito para gente de medianos y bajos ingresos. El mejor ejemplo de esto es la expansión del uso de tarjetas de crédito en todos los segmentos de la población.

2. la estabilización de la informalidad

La comunicación política (el incremento de decisiones que, por sus efectos exigen tomar nuevas decisiones) y la comunicación económica (interminable cadena de pagos que permiten y reclaman la realización de otros pagos) aumentan la complejidad de los dos sistemas. La informalidad es, en un principio, un instrumento de simplificación o de reducción de complejidad. En su evolución se incorpora como un "mal necesario" de ambos sistemas que al normalizarse, naturalizarse y generalizarse pasa a formar parte de sus respectivas estructuras. La estabilización de la informalidad confronta con el cuerpo normativo e institucional que regula el funcionamiento legal de los dos sistemas y termina por convertirse en un subsistema dentro de la política y la economía. Dicho de otro modo la informalidad deja de ser un desvío y se convierte en un componente normal del funcionamiento político y económico.
Frente a la política formal que está orientada por reglas y por instituciones legítimamente constituidas, se posiciona la política informal que, por definición, es modificadora de reglas y “evitadora” de los caminos institucionales. La política informal se define por la cercanía y frecuencia de los contactos entre funcionarios y actores que no forman parte del núcleo sistema político (sobre todo los MMC y las corporaciones), pero que tienen influencia sobre él desde el lugar que ocupan en la periferia. Los contactos se vuelven decisivos para llevar adelante esas “prácticas de anticipación” propias del ejercicio del poder.
La corrupción política presenta una dimensión coyuntural definida por el logro inmediato de un beneficio de pequeña escala o pasajero (como contraprestación de una remuneración clandestina y del momento), y otra dimensión estructural definida por la permanencia de relaciones recíprocas entre empresas, partidos políticos e instituciones del Estado. El eslabón que une la corrupción con las instituciones del Estado y de los gobiernos es el funcionario público. El funcionario público corrupto es el que abre la puerta de las instituciones públicas al cliente que, en gran escala y de forma corporativa con otros grandes beneficiarios, pueden terminar apropiándose del Estado. Y una de las llaves principales para abrir esa puerta es el soborno, uno de los mecanismos principales de la corrupción.
La liberalización y desregulación de los mercados (tanto de bienes y servicios como de dinero) le abrió las puertas de la economía a la informalidad integrada por actividades que generan ingresos fuera del marco regulatorio del Estado y tienen similitudes con las que se llevan a cabo dentro de la economía formal. Aquellas transformaciones posicionaron a la informalidad como un componente más de la estructura del sistema económico contemporáneo. La informalidad, dentro del sistema económico presenta dos vertientes estrechamente entrelazadas:
a. La informalidad económica propiamente dicha es la que procede de la producción de bienes y servicios por afuera de los mecanismos de regulación legal y fiscal por parte del Estado y la consecuente comercialización de esa producción en el mercado negro, pero también en el mercado legal. Por eso las economías formal e informal están entrelazadas. Empresas que operan en la economía formal compran, venden y contratan en la economía informal. Por lo tanto, la informalización de la economía no queda circunscrita a un tipo de actividad (aunque es cierto que algunas, como la textil o la construcción son las que más utilizan esta vía); tampoco está compuesta por un grupo de sectores específicos, ni es sólo una actividad estratégica de supervivencia de los sectores más humildes. Más bien lo que la define es la transgresión de los límites impuestos desde la regulación del Estado.
b. La informalidad financiera es el complemento necesario de la informalidad económica. Como sabemos, el dinero se usa para comprar y vender bienes y servicios, contratar  mano de obra y pagar deudas. Sin embargo, distintos dineros están en relación con distintos mercados. El dinero legal circula en los mercados legales y en la mayor parte de los circuitos que integran la economía formal (la economía formal, como vimos, también se entrecruza con la informal). El dinero informal es el que circula en el mercado negro de dinero y, una variante de éste, es el dinero sucio que está en relación con mercados criminales e ilegales.

3. la expansión del crimen organizado en la estructura de los dos sistemas.

La criminalización del sistema político es el resultado del vínculo que existe entre los políticos (desde funcionarios de los gobiernos pasando por los legisladores hasta llegar a la oposición) y las organizaciones mafiosas. En general, la organización mafiosa trata de no confrontar con la política. La lógica que guía sus relaciones con el Estado es “vivir y dejar vivir”. Por eso, la relación con los políticos es, además de esencial, una relación de cercanía.
Las organizaciones mafiosas se constituyen en actores que operan en la periferia de la política, desde el mundo configurado dentro del subsistema económico. Con esto buscan la privatización del poder. Un rasgo que las identifica es la privatización de la violencia, y el efecto inmediato de la puesta en vigencia de este aspecto es la progresiva disolución del monopolio de la violencia pública legítima del Estado. El otro rasgo decisivo de estas organizaciones es el control de recursos financieros y votos con los cuales construyen sus propios medios de expresión de sus intereses, convirtiéndose así en grupos de presión político y económico con representación social. La relación de la política con las organizaciones mafiosas se instala dentro de un régimen que funciona sobre la base del trueque y el intercambio de favores. Sus demandas son: 1.Privilegios ilícitos (autorizaciones, adjudicaciones, subvenciones), 2. Benevolencia policial y judicial (en relación con investigaciones y sobreseimientos). Las organizaciones mafiosas recompensan estos favores con dinero y votos, criminalizando el sistema político.
La preferencia de las organizaciones mafiosas por la democracia es evaluada en términos de escenario fértil para los negocios, sobre todo por la libertad de empresa, sus rasgos procedimentales y las garantías procesales. Por eso, las democracias débiles son funcionales y propicias a la inserción mafiosa en el sistema político, porque les permite libertad de acción (civil y comercial) y les ofrece garantías (presunción de inocencia, etc.). Además, la represión legal a las organizaciones mafiosas es más efectista, “para la foto”, que real. Dentro de las democracias, también las elecciones son funcionales a estas organizaciones, porque son proclives a la manipulación: La ingenuidad democrática se aferra a la consigna según la cual el voto es la mejor manera de solucionar problemas políticos. Sin embargo, la aceptación de esta realidad requiere aceptar el costo que supone mantener viva la relación entre expansión de la apertura democrática y permeabilidad favorable al ingreso del crimen organizado en el orden global moderno. Esta relación termina en una paradoja tan visible como inquietante: el divorcio entre democracia y legalidad.
La economía basada en el crimen organizado presenta, en primer lugar, un conjunto de rubros o contenidos específicos: drogas, copias piratas, depredación de recursos naturales, lavado de dinero, guerras (comprende el tráfico y negocio de armas). Sin embargo, con independencia del rubro al que estén destinados los esfuerzos de los beneficiarios, lo que tienen en común todos estos actores es la obtención de logros económicos de gran escala. Para eso, en segundo término, tienen que hacer inversiones en infraestructura y logística. Con este paso lo que logran es instalar una economía paralela que, por falta de regulación, se integra al mercado mediante la oferta de bienes producidos ilegalmente, que circulan ilegalmente. Una vez instalados construyen una red de información, mercancías, dinero y personas que se manejan desde otros centros ubicados fuera de su espacio operativo. En esta instancia se hacen necesarios recursos y operadores que oficien como "puentes" entre lo ilegal y lo legal. Por ejemplo, en la tarea de lavar dinero son necesarias entidades financieras que funcionen en forma paralela a la economía formal, que tengan muy buenos vínculos con este sector y que estén especializadas en transferir dinero sucio de los países con mejores controles a los centros off shores que no exigen certificados de origen y no preguntan demasiado por la procedencia y el destino de los fondos. Para terminar, conviene recordar cuál es el circuito que recorren las prácticas económicas criminales y cuáles son los pasos que en un camino de doble vía, llevan de la economía ilegal/informal a la legal/formal: 1. asignación sucia de valor a productos que no pueden comercializarse dentro de la economía formal;  2. producción de mercancías ilegales;  3. realización de negocios dentro de la economía informal; 4. generación de dinero sucio; 5. lavado de dinero.


En resumen, Es imposible entender el funcionamiento de la política y la economía contemporáneas si no se asume que los riesgos, la informalidad y la criminalidad ya no pueden ser tomadas como desvíos, anomalías o patologías de un supuesto funcionamiento "normal", sino que esos programas pasaron a ser parte constitutiva de la nueva estructura funcional de esos dos sistemas sociales. Cada una de esas formas de operar se consolidaron como elementos estables de la dinámica política y económica de la época y ya no se las puede abordar como prácticas nocivas que hay que erradicar. Llama la atención que en los debates de la época este aspecto no ocupe el centro de los análisis ni las preocupaciones más inmediatas de políticos y economistas aun cuando, por supuesto, se mencionan, pero como “defectos” que hay que corregir, sin aceptar que al incorporarse a la estructura de la política y la economía ninguno de estos sistemas puede volver a ser lo que era.

martes, junio 07, 2016

Ganadores y perdedores del siglo XXI

En los últimos meses en la Argentina pudo verse una campaña publicitaria gráfica, radial y televisiva del gobierno actual cuyo remate en cada exhibición es la fórmula "todo es posible juntos". Sin dudas, otra manera de decir de aquella campaña publicitaria de una multinacional deportiva que terminaba con la frase "impossible is nothing". En la gráfica callejera podía verse en primer plano las manos de una persona tomando agua potable de una canilla comunitaria. En televisión se explica cómo es posible lograr socialmente desarrollo, crecimiento y hasta autorrealización a partir del "ambicioso proyecto de hacer una empanada". Dejamos para otra ocasión comentar la función que se le asigna en el mismo spot a "los gobernantes que se ocupen de tener buenas rutas para que no haya pozos", como si la administración de un país se redujera a realizar las tareas de un municipio.
La explicación del orden social (cómo es posible, cómo se logra) fue desde siempre uno de los principales problemas en el estudio de la sociedad. En la campaña puede verse toda una  "estrategia de época" utilizada para explicar cómo el orden social vigente construye una imagen de inclusión que les permite a los que están afuera observarse como si estuvieran adentro. El constructivismo sistémico, para explicar el orden social, parte de la distinción inclusión/exclusión. Para esta corriente teórica la sociedad moderna como un todo está compuesta por sistemas sociales parciales tales como el sistema político, el sistema económico, el sistema jurídico, el sistema educativo, el sistema sanitario, etc. En una sociedad con estas características los individuos están incluidos en (o quedan excluidos de) los sistemas sociales parciales, es decir, están adentro o no del sistema económico, del sistema político, del sistema jurídico, del sistema sanitario, del sistema educativo, etc. Sin embargo, nadie puede quedar excluido totalmente de la sociedad porque su elemento constituyente es la comunicación: con el lenguaje en la interacción, con el dinero en el sistema económico, con el poder en el sistema político, con las calificaciones en el sistema escolar, etc. Cada sistema parcial tiene su medio de comunicación simbólicamente generalizado y dentro de ellos quienes están incluidos usan esos medios para producir comunicación.  Como dice Luhmann, para hacer que alguien quede afuera de la sociedad hay que impedirle que se comunique (él dice "habría que matarlo") porque, de otra manera, siempre es posible para cualquiera comunicarse de alguna forma o dentro de algún intercambio social. Los excluidos también se comunican, aunque sea entre ellos.
La exclusión de los sistemas parciales funciona para los excluidos de manera mutuamente condicionante. El que no está incluido en un sistema tiene altas posibilidades de ser excluido de los otros. Si lo quisiéramos decir en términos de la sociología de Pierre Bourdieu, diríamos que las posiciones que cada uno ocupa en un campo social determinan también la posición en los demás campos (y, por supuesto, condicionan las posesiones y las disposiciones de sus ocupantes). Ya lo sabemos: el que no tiene dinero no puede pagar, el que no fue a la escuela tendrá dificultades en el mercado laboral, el que no trabaja queda afuera del sistema de obras sociales, etc. 
En nuestra sociedad la relación inclusión/exclusión se vuelve inestable. La condición de incluido no se adquiere de una vez y para siempre y, por lo tanto, hay que revalidarla a cada momento. Para los que están incluidos “rendir examen todos los días” forma parte de su existencia cotidiana. Nadie tiene asignada una posición sólida y concreta dentro de la sociedad. Más bien los individuos reúnen o no las condiciones para poder participar de la comunicación interna de cada sistema parcial: pueden o no pueden pagar; están en condiciones, o no, de litigar jurídicamente; tienen o no tienen acceso a la salud, transitan o no por el sistema educativo.
La condición de excluido, por el contrario, es más estable y, en ese sentido, más “integrada”. El problema es que al no tener acceso a un sistema social, este condicionamiento refuerza la situación o la imposibilidad de acceder a los demás. La integración es mucho más fuerte, estable y duradera “abajo” que “arriba”, “afuera” que “adentro”. Para los excluidos cambiar de situación se hace muy difícil.
En este contexto, la sociedad oculta la exclusión de dos maneras. Por un lado, oculta el problema de la exclusión como problema estructural y lo considera un problema residual, como "el descarte" de un orden que, pese a ese remanente, funciona. Por otro lado, al hacer solamente visible a los incluidos, oculta a los excluidos porque no aparecen dentro de los sistemas y los arroja del lado de afuera.
Además nuestra sociedad se exculpa de la responsabilidad de generar excluidos y transforma su existencia en un problema que es de ellos. Al hacer responsables a los individuos de su propia condición, la sociedad se libera de la “culpa” de ser como es en cuanto a este problema que, en todo caso, no es “su” problema, sino que es el problema de los que lo padecen.
Por último, la forma en que la sociedad presenta el problema de la exclusión en sus propias comunicaciones lleva adosado el lamento cínico por una condición que en el fondo le gustaría resolver pero que, como no es un problema de ella, deposita en el futuro y en las propias posibilidades de transformación de los excluidos. Ocultamiento, exculpación y lamento: tres bonitas formas sociales de presentar y abordar el problema de la exclusión cada vez que nuestra sociedad se describe a sí misma.
También nuestra sociedad supo crear las denominaciones correspondientes para designar a sus incluidos y excluidos. Ganadores y perdedores son los nombres con los que se designa a los que quedan adentro del círculo de los incluidos  y a los que se quedan afuera, respectivamente. La denominación se vuelve oportuna para expresar el funcionamiento competitivo de la sociedad entendida como un juego en el que prevalecen, como siempre, los que están mejor preparados para jugarlo.
Según Scott Lash[i] estar mejor entrenados para jugar el juego posmoderno es poseer las capacidades, habilidades y recursos necesarios para intervenir en los procesos de desarrollo de comunicación e información (C + I) tanto dentro del circuito productivo como en los dominios de la participación cultural. Según este autor, en conjunto, los perdedores constituyen una subclase que tiene una "movilidad descendente estructural" (Lash, S: 161) y carecen de posibilidades de inclusión en los circuitos de información y comunicación.
El estatus de ganador o perdedor desarrolla, según Sloterdijk[ii], un "sistema de comportamiento, habla y organización domesticados"; un "habitus", diría Bourdieu. En el caso de los ganadores se fortalecen las cualidades que conducen al éxito. Los perdedores se dividen en dos grupos: los "buenos perdedores" y los "malos perdedores". Los buenos perdedores reflexionan sobre las causas de su derrota y piensan cómo revertir su situación. En la última temporada de la serie "Orange is the new Black", una reclusa a punto de recuperar su libertad piensa en ponerse un salón de manicura cuando salga porque, según ella reconoce a instancias de un señalamiento de una compañera de prisión, pintar(se) las uñas es lo único que sabe hacer. Si supiera, haría empanadas. A los malos perdedores  los invade el espíritu de revancha y el resentimiento. Por supuesto, en el espíritu de los perdedores (sobre todo en el de los buenos) anida el legado del cristianismo: la esperanza en que un día las cosas podrán ser de otro modo. Con ese sentimiento se instalan entre la resignación, el resentimiento y el deseo de venganza (muchas veces contenido). La esperanza, al fin y al cabo, es "lo último que se pierde". Pero si algo les faltaba a los perdedores era, sobre el final del siglo pasado, enterarse de que la esperanza en el socialismo también había resultado un fiasco. Como dice Sloterdijk [iii], "hay que establecer nuevos estándares para la época posterior a los radicalismos de la ilusión de izquierdas".
Entonces, desde las usinas de producción de nuevas recetas para tratar lo incurable se diseñaron medicinas que buscan hacer más tolerable el mal trance.  Si no se puede ganar, entonces la vida no es más que una "pasión inútil" y lo que más conviene, en ese caso, es hacer de la necesidad, virtud. En la combinación de retirarse del juego y aceptar el propio destino disfrazado de dignidad se construye el esquema de comportamiento perdedor posmoderno "como introducción al fracaso con la cabeza alta".
Los componentes de esos placebos son, básicamente, el abandono de los entusiasmos políticos,  la aceptación del desempleo con alegría (siempre se puede contar con la ilusión o la fantasía de encarar un pequeño emprendimiento). Por eso, hay que completar la felicidad de estar como se está con el mantenimiento de expectativas mínimas con vistas a no deprimirse si lo que llega es la decepción. Por supuesto, también hay lugar para una redefinición de los ganadores en el esquema conceptual perdedor, que incluye entre sus valores más destacados su voluntad de poder, su carácter emprendedor y, por sobre todo, su osadía para hacer frente a los riesgos. En la imagen de los perdedores, para los ganadores, "impossible is nothing".
En resumen, desde hace ya varias décadas los perdedores, sin que lo hayan entendido del todo (según la perspectiva de los ganadores), se tienen que ayudar a sí mismos, y para eso la sociedad les inventó la autoayuda: conjunto de fórmulas que se perfilan a más corto o largo plazo como un nuevo sistema cuya función parecería ser la de ir en auxilio no de los propios perdedores, sino de los demás sistemas, lo que equivale a decir: la sociedad fabricó a los perdedores y, también, la fórmula de hacerlos pasar adentro mientras siguen estando afuera.






[i] Lash, Scott: "La reflexividad y sus dobles: estructura, estética y comunidad", en: Beck, U.; Giddens, A.; y Lash, S. (1997): Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Madrid, Alianza Universidad, páginas 159 y siguientes.
[ii] Sloterdijk, Peter (2004): Esferas III.  Versión digital, página 295
[iii] idem, página 296

viernes, mayo 27, 2016

Democracias moderadamente antidemocráticas

¿Y si fuera al revés?
¿Y si desde hace mucho el pensamiento mayoritario fuera el que, entre otras cosas, cree en el derrame económico, acepta un poco de represión para mantener el orden, entiende que las jerarquías sociales son naturales, supone que el problema de la política es moral y que las dificultades sociales se resuelven con más educación?
¿Y si fuera el caso de que hasta ahora decir todo eso era como aceptar que se es de “derecha” y eso era vergonzante porque siempre esa ubicación estuvo asociada a prácticas excesivamente antidemocráticas?
¿Y si luego, por tal motivo ese pensamiento mayoritario se hubiera mantenido oculto?
¿Y si ahora que derecha y democracia hicieron las paces (ciertamente ayudadas por la miopía izquierdista) y la derecha puede salir a la vereda y decirle al “vecino” lo que piensa alegremente y sin culpa?
¿Y si todo eso puede ser dicho y escrito, presentado en sociedad y sometido a la voluntad popular, como parece ser el caso, y luego implementado legítimamente?
¿Y si finalmente ahora que la derecha se hizo democrática puede aceptar sin tapujos que ella es legítima y moderadamente antidemocrática?
¿Y si lentamente la dinámica de ese pensamiento lleva a sostener que la democracia como forma de gobierno es una “pasión inútil”?
¿Y si el círculo se cierra y la democracia determina que lo mejor es que ella sea reemplazada por prácticas (un poco) menos democráticas?
¿Y si razonando de este modo llegamos a la paradoja que afirma que la única democracia viable es la democracia moderadamente antidemocrática?
¿Y si llevando esa especulación al extremo la democracia dejara de necesitarse a sí misma y de ese modo pudiera justificarse su autoeliminación mediante el voto?
¿Y si entonces en las elecciones la población termina votando mayoritariamente que la democracia se vuelva moderadamente antidemocrática?
¿Y si por último todo no fue más que un problema de aceptación social y ahora que eso ya no es problema se puede gritar a viva voz y escribir en las redes que lo más democrático que hay es ser moderadamente antidemocrático?

¿Podría ser, no?

miércoles, mayo 11, 2016

Meritocracia

He visto que la publicidad deChevrolet generó en fb un debate en torno a la palabra meritocracia, y su (o sus) significados.

Meritocracia: "La palabra meritocracia es un neologismo acuñado a mediados del s. XX. Se trata de un compuesto híbrido grecolatino. Su primer elemento deriva del latín merĭtum (valor, mérito, salario que se gana, ganancia o servicio) o de merĭtus (el que se ha ganado algo, merecedor) participio del verbo mereri (ganarse algo, merecer), vinculado a una raíz indoeuropea *(s)mer2 (compartir, ganar una parte). El segundo elemento cracia, muy empleado en términos políticos para expresar quién tiene el poder en un determinado sistema (democracia, aristocracia, burocracia, gerontocracia, etc.), deriva del griego κράτος (poder, fuerza), con un sufijo ia de cualidad. Este vocablo griego se asocia a una raíz indoeuropea *kar (duro, fuerte).
La meritocracia sería un sistema social o político, de organización de la sociedad, basado en el mérito, en que los puestos, jerarquías y funciones, sean candidaturas políticas o sean puestos laborales, se obtienen atendiendo exclusivamente a la evaluación del mérito y la capacidad personal de los individuos para ellos".
Fuente: http://etimologias.dechile.net/

Robert Nozick dice que "… lo que los filósofos realmente aman es razonar. Formulan teorías y arman razones para defenderlas, consideran objeciones y tratan de darles respuesta, construyen argumentos contra otras concepciones" (Nozick, Robert La naturaleza de la racionalidad", Barcelona, Ed. Paidós, 1995, pág. 13). Es cierto fb, no ha sido diseñado o pensado precisamente para eso, pero gracias al esfuerzo que hacen algunos de sus usuarios a veces se producen espacios que dan lugar a ejercitarse en esas lides.
De vuelta a lo que es materia de discusión en esta oportunidad, yo quisiera introducir en la controversia algunos matices. En primer término, lo de Chevrolet es una publicidad y todos sabemos que el objetivo de una publicidad es siempre llamar la atención sobre el producto que ofrece, apelando a diferentes recursos y herramientas, casi siempre, todos emparentados con la retórica. Por lo general, uno de esos recursos es utilizar lo que está implícito o directamente explícito en la atmósfera social y cultural de un determinado momento en un determinado lugar. Yo recuerdo, por ejemplo, que a principios de los años 70 del siglo pasado, cuando estaba de moda la revolución, yendo en el colectivo 84 vi una publicidad gráfica de un jabón en polvo cuya cualidad era ser "revolucionario". Más cerca en el tiempo, todos hemos sido testigos del uso del fútbol en épocas de mundiales para publicitar lavarropas, quitamanchas, sopas en sobre o lo que fuera.  De modo que los expertos en publicidad de Chevrolet, me parece, procuraron llamar la atención sobre el producto, apelando a lo que en general, gracias a la difusión de los medios masivos, está latente en nuestra atmósfera como algo positivo (yo creo que sería muy difícil hacer una publicidad para cualquier producto que exhibiera entre sus virtudes el otro gran motivo presente en todo momento y en cualquier lugar de este tiempo: la corrupción. O, por lo menos yo no me imagino un anuncio que diga, por ejemplo, "el mejor corrupto", o "la licuadora más corruptible de todas"). Incluso para mostrar el contraspot, tenemos que hacer referencia a Chevrolet. Objetivo logrado.
En segundo lugar, y más relacionado con la semántica del término "meritocracia" (gobierno de los que hacen o hicieron méritos), he visto en muchas intervenciones en el debate que lo que impera es otro gran protagonista de la época: el enojo. Y, ciertamente, ése es un catalizador de la retórica como pocos. En efecto, si para argumentar para un lado yo uso la culpa cristiana (con perdón de Nietzsche) de haber hecho algún mérito en mi vida, o la palabra "mierda", y para el otro lado utilizo la palabra "vagos", no es que esté dejando de argumentar, pero lo estaré haciendo con más pasión que razón lo que de ninguna manera es ilícito pero tiende a apagar el fuego con nafta.
En tercer lugar, quiero decir algo sobre el presunto referente del término en cuestión: el mérito y el supuesto gobierno de los que hacen méritos. Yo creo, y perdonen la osadía, que el mérito existe y que si no existiera habría que inventarlo. Por ejemplo, hay que elegir para nuestro seleccionado nacional un delantero. ¿Y qué hacemos? Por ejemplo, nos fijamos cuántos goles hizo en el club donde juega habitualmente y desde que juega profesionalmente al fútbol, y entre los de esa categoría hay uno que hizo en total quinientos goles en relativamente pocos años y no jugando precisamente, en ligas menores. Comparado con otros delanteros ¿hizo méritos? Yo creo que sí. ¿Lo convocamos , o no? ¿O lo vamos a comparar con un defensor para jugar de delantero? Hay una vacante para un cargo de profesor titular en una carrera de grado en cualquier universidad. Se pone en marcha un concurso de antecedentes y oposición. ¿Quién debe ocupar la cátedra? Se me ocurre que el que haya hecho méritos para eso ¿O no? Se debe nombrar un embajador en otro país. ¿A quién mandamos? a uno de carrera diplomática o a otro que no sabe bien de qué va el asunto, pero hizo méritos suficientes para ayudar a quien lo elige para que esté en el lugar que ocupa. Méritos hizo, pero en este caso, que puede ser paradigmático, y servir para ilustrar lo que sucede en otros campos (el del deporte, el académico, el escolar, el de la oficina, etc.), la cosa se hace más compleja, porque el mérito ya no está relacionado con la práctica específica (la del profesor, el cirujano, etc.) sino con prácticas periféricas evaluadas según otros parámetros (lealtad, obsecuencia -no confundir-, afinidad ideológica, etc.), y entonces se asocia el mérito con la recompensa. 

Y con esto se enlaza el otro gran problema de la época: el intento tan desesperado como bienintencionado (aunque por lo menos algo equivocado) de intentar medir todo con la vara de la moral. Será motivo de otra reflexión, pero baste con decir que desde hace por lo menos tres siglos la moral ha dejado de ser el factor integrador de la sociedad (y siempre que integró lo hizo al interior de estratos homogéneos:  los valores de la nobleza para los nobles, los del vulgo, para el vulgo). La sociedad de clases "tuvo el mérito" de romper con esa lógica, al precio de hacer de los valores altos los valores de todos, con los resultados que están a la vista y que nos devuelve al principio de la cuestión, que consiste en medir el mérito de cualquiera dese el punto de vista del que fija los criterios. La moral ya no integra ni reparte posiciones. Desde hace tiempo sabemos que buenos medios y fines pueden arrojar resultados desastrosos, y malas causas pueden deparar beneficios no calculados.  Y también sabemos desde hace mucho que ser bueno (¿buenos para quién?) no es un indicador para acceder a cargos u ocupar lugares sociales o institucionales que se correspondan con los supuestos méritos poseídos. Sin embargo, la moral sigue ostentando el dudoso privilegio de  juzgarlo todo, aún aquello que quedaría por afuera de sus atribuciones. Por eso para poder jugar este juego, conviene hacerse periodista.

jueves, enero 14, 2016

Democracia periodística-parlamentaria

Desde hace por lo menos veinticinco o treinta años las poblaciones de los países con regímenes democráticos asisten a la discusión interminable de la calidad de los gobiernos de turno. Expresiones en uso tales como legitimidad democrática, deterioro de la calidad institucional, deslegitimación política u otras equivalentes dan cuenta del estado de situación. Yo creo que va siendo hora de empezar a discutir el formato del régimen o si prefieren de forma más explícita, la forma o el estilo de democracia que supimos amasar desde entonces.
La democracia tal como nosotros la experimentamos y, con matices, tal como se implementa en otros países, es una democracia periodística-parlamentaria: el periodismo nos marca el camino (como se dice, fija la agenda), los legisladores mediáticos se convierten en sus voceros y los puestos de decisión política ejecutan todo aquello que, llegado a esa instancia,  ya se da por descontado (algo así como “¿qué otra cosa se podía hacer”?). En nuestra época no debe sorprendernos el protagonismo político de los periodistas y, mucho menos el de los políticos mediáticos (funcionales, en este punto, al proyecto periodístico), mutantes y genuflexos. Recordemos que cuando los sacerdotes eran la expresión de la voluntad de dios los regímenes eran teocráticos, cuando los nobles y las cortes supieron decir lo que los reyes querían escuchar la política se estratificó y ahora, después de un breve período (un siglo) en el que una apuesta por lograr una población masiva y educada ciudadanamente nos hizo pensar que era posible una democracia a secas, los MMC se convirtieron en la voz y la conciencia bienpensante del pueblo, la democracia se volvió periodística e indica lo que los políticos y los ciudadanos tienen que decir primero, y hacer después.
Por eso conviene aclarar que la expresión “parlamentaria” es genérica y quiere decir aquí “hablante” en sentido amplio. Por lo tanto incluye no sólo las sesiones de las legislaturas y los parlamentos (en donde ya sabemos que se habla y mucho), sino también cualquier lugar en donde se debate y discute de política con pretensiones de llegada a la mayor cantidad de gente posible. Así, el parlamento, los paneles televisivos, los programas de radio, e incluso las redes sociales forman parte de este modelo de democracia.
La estrategia más visible de la democracia periodística-parlamentaria es desviar el foco del primado del sistema económico en la vida social contemporánea y orientar la mirada de la población hacia otros sistemas también muy vinculados a la política. La economía sigue siendo, más tarde o más temprano, la que divide aguas en la población a los efectos de acompañar o impugnar las políticas de cada gobierno en esa materia. Sin embargo esta forma de democracia se esfuerza todo lo que puede para torcer la atención de la gente hacia temas y motivos propios de otros sistemas sociales, sobre todo el de la justicia (incluyendo motivos como el estado del aparato represivo, la connivencia entre el poder judicial y los otros poderes del Estado, la lentitud o discrecionalidad de los jueces en el dictado de sentencias, etc.) y el de la moral ( las denuncias de corrupción están a la orden del día y los MMC tienen una habilidad superlativa para amplificar o disminuir su difusión e impacto, según convenga a los intereses que patrocinan).
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la democracia periodística-parlamentaria el sistema político moderno no exhibe ni admite ninguna relación entre justicia, moral y política. Cada una de estas instancias es independiente de las otras dos y se vinculan entre ellas sólo en el orden discursivo (o sea, como palabras que pueden combinarse en alguna oración o dentro de un párrafo), pero que en conjunto carecen de referentes en el entorno. En el mundo real la justicia como concepto encauza las acciones dentro del sistema jurídico (“justicia” es un noción orientadora dentro del ámbito del derecho y sirve para que dentro de ese espacio se dicten sentencias que no necesariamente deben guardar alguna relación con las expectativas de justicia que se generan, por ejemplo, en la población). Hace bastante la moral dejó de ser la herramienta utilizada por alguna autoridad (pero, ¿cuál?) para dictaminar acerca de lo que está bien y lo que está mal y pasó a ser el sistema regulador de las interacciones de aceptación y rechazo entre las personas (piensen, si no, en los últimos años, cuantas relaciones se rompieron o estuvieron (o están) a punto de romperse por pensar diferente). Por último, la política guía la toma de decisiones en función de los intereses que representan los gobiernos de turno y sus relaciones con la justicia y la moral tienen que ver con cosas que se dicen, sobre todo en momentos de campañas electorales o en el repiqueteo cotidiano en los espacios donde se habla de cosas para que la economía no sea la que domine el universo temático de la política.
La táctica de la democracia periodística-parlamentaria en materia política es el “centralismo democrático” pero a derecha e izquierda. El slogan del centralismo democrático, nacido de las organizaciones radicales de izquierda es (o era) más o menos éste: democracia para los nuestros, restricciones para los de afuera. Desde luego, dentro del orden periodístico parlamentario la implementación de esta modalidad no llega a extremos violentos, pero se encubre en formatos institucionales e informativos. En el primer caso quien está en el gobierno hace un uso distorsionado (suponiendo que hubiera una manera políticamente correcta de logar los objetivos propuestos) de mecanismos institucionales y legales para el logro de sus políticas. Por ejemplo, aprovechamiento de las mayorías parlamentarias para sancionar leyes (lo que en Argentina se denominó “escribanía”) o apelación a los atributos constitucionales del poder ejecutivo, como el recurso a los decretos, si las otras fuerzas no acompañan o no se está dispuesto a esperar el resultado de las negociaciones. En el segundo caso se manipula o directamente se oculta información relevante para luego afectar u orientar el curso de las políticas económicas, jurídicas, internacionales o de cualquier otro orden, que se quieren poner en marcha (el caso de las estadísticas oficiales es, tal vez, el más notorio: o se dibujan o se retarda su divulgación siempre con una finalidad ligada a la economía).
En función de este centralismo democrático la democracia periodístico-parlamentaria se constituyó en el régimen político dentro del cual, en el mejor de los casos, la población puede hablar (y esto incluye: opinar, lamentarse en las redes sociales, hacer catarsis por las desventuras propias y ajenas, indignarse, llamar a la solidaridad, etc.), protestar (convocar y asistir a marchas, organizar piquetes, hacer paros sorpresivos, etc.) y votar (bueno, eso ya sabemos lo que es y los resultados que da, si tenemos en cuenta la oferta que el electorado tiene a disposición). Todo eso en ese orden, que es el mismo que en condiciones más funestas se va perdiendo progresivamente: primero se piensa antes de decir algo que pueda resultar inconveniente, después llegan las restricciones y, eventualmente la prohibición del derecho a protestar y, al final, si lo demás no dio resultado, se suprime el voto.
Después de este breve recorrido se comprenderá que esperar mucho más de la democracia periodística-parlamentaria es una ingenuidad que, pese a todo, bien vale la pena conservar a riesgo de vernos de repente sorprendidos por algún “mecanismo institucional” vaya a saber uno de qué tipo (judicial, de mercado, parlamentario o de otro formato aún hoy desconocido), que nos deje en peores condiciones. Por eso, como dije al principio, en lugar de dejarnos arrastrar por el canto de las sirenas o por las propuestas discursivas que nos desvían del que a mi juicio es el verdadero problema estructural de la política moderna, lo mejor que podemos hace es repensar la democracia como forma de gobierno y ver si, en todo caso, un modelo mejor del implementado hasta aquí puede ser posible.
En fin, sabrán perdonarme el exceso de realismo pero también a mí me da mucha pena ver sufrir a mis amigos y amigas cada vez que veo en sus muros, desdibujadas sus expectativas y amplificadas sus decepciones.