Osvaldo Dallera

jueves, enero 14, 2016

Democracia periodística-parlamentaria

Desde hace por lo menos veinticinco o treinta años las poblaciones de los países con regímenes democráticos asisten a la discusión interminable de la calidad de los gobiernos de turno. Expresiones en uso tales como legitimidad democrática, deterioro de la calidad institucional, deslegitimación política u otras equivalentes dan cuenta del estado de situación. Yo creo que va siendo hora de empezar a discutir el formato del régimen o si prefieren de forma más explícita, la forma o el estilo de democracia que supimos amasar desde entonces.
La democracia tal como nosotros la experimentamos y, con matices, tal como se implementa en otros países, es una democracia periodística-parlamentaria: el periodismo nos marca el camino (como se dice, fija la agenda), los legisladores mediáticos se convierten en sus voceros y los puestos de decisión política ejecutan todo aquello que, llegado a esa instancia,  ya se da por descontado (algo así como “¿qué otra cosa se podía hacer”?). En nuestra época no debe sorprendernos el protagonismo político de los periodistas y, mucho menos el de los políticos mediáticos (funcionales, en este punto, al proyecto periodístico), mutantes y genuflexos. Recordemos que cuando los sacerdotes eran la expresión de la voluntad de dios los regímenes eran teocráticos, cuando los nobles y las cortes supieron decir lo que los reyes querían escuchar la política se estratificó y ahora, después de un breve período (un siglo) en el que una apuesta por lograr una población masiva y educada ciudadanamente nos hizo pensar que era posible una democracia a secas, los MMC se convirtieron en la voz y la conciencia bienpensante del pueblo, la democracia se volvió periodística e indica lo que los políticos y los ciudadanos tienen que decir primero, y hacer después.
Por eso conviene aclarar que la expresión “parlamentaria” es genérica y quiere decir aquí “hablante” en sentido amplio. Por lo tanto incluye no sólo las sesiones de las legislaturas y los parlamentos (en donde ya sabemos que se habla y mucho), sino también cualquier lugar en donde se debate y discute de política con pretensiones de llegada a la mayor cantidad de gente posible. Así, el parlamento, los paneles televisivos, los programas de radio, e incluso las redes sociales forman parte de este modelo de democracia.
La estrategia más visible de la democracia periodística-parlamentaria es desviar el foco del primado del sistema económico en la vida social contemporánea y orientar la mirada de la población hacia otros sistemas también muy vinculados a la política. La economía sigue siendo, más tarde o más temprano, la que divide aguas en la población a los efectos de acompañar o impugnar las políticas de cada gobierno en esa materia. Sin embargo esta forma de democracia se esfuerza todo lo que puede para torcer la atención de la gente hacia temas y motivos propios de otros sistemas sociales, sobre todo el de la justicia (incluyendo motivos como el estado del aparato represivo, la connivencia entre el poder judicial y los otros poderes del Estado, la lentitud o discrecionalidad de los jueces en el dictado de sentencias, etc.) y el de la moral ( las denuncias de corrupción están a la orden del día y los MMC tienen una habilidad superlativa para amplificar o disminuir su difusión e impacto, según convenga a los intereses que patrocinan).
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la democracia periodística-parlamentaria el sistema político moderno no exhibe ni admite ninguna relación entre justicia, moral y política. Cada una de estas instancias es independiente de las otras dos y se vinculan entre ellas sólo en el orden discursivo (o sea, como palabras que pueden combinarse en alguna oración o dentro de un párrafo), pero que en conjunto carecen de referentes en el entorno. En el mundo real la justicia como concepto encauza las acciones dentro del sistema jurídico (“justicia” es un noción orientadora dentro del ámbito del derecho y sirve para que dentro de ese espacio se dicten sentencias que no necesariamente deben guardar alguna relación con las expectativas de justicia que se generan, por ejemplo, en la población). Hace bastante la moral dejó de ser la herramienta utilizada por alguna autoridad (pero, ¿cuál?) para dictaminar acerca de lo que está bien y lo que está mal y pasó a ser el sistema regulador de las interacciones de aceptación y rechazo entre las personas (piensen, si no, en los últimos años, cuantas relaciones se rompieron o estuvieron (o están) a punto de romperse por pensar diferente). Por último, la política guía la toma de decisiones en función de los intereses que representan los gobiernos de turno y sus relaciones con la justicia y la moral tienen que ver con cosas que se dicen, sobre todo en momentos de campañas electorales o en el repiqueteo cotidiano en los espacios donde se habla de cosas para que la economía no sea la que domine el universo temático de la política.
La táctica de la democracia periodística-parlamentaria en materia política es el “centralismo democrático” pero a derecha e izquierda. El slogan del centralismo democrático, nacido de las organizaciones radicales de izquierda es (o era) más o menos éste: democracia para los nuestros, restricciones para los de afuera. Desde luego, dentro del orden periodístico parlamentario la implementación de esta modalidad no llega a extremos violentos, pero se encubre en formatos institucionales e informativos. En el primer caso quien está en el gobierno hace un uso distorsionado (suponiendo que hubiera una manera políticamente correcta de logar los objetivos propuestos) de mecanismos institucionales y legales para el logro de sus políticas. Por ejemplo, aprovechamiento de las mayorías parlamentarias para sancionar leyes (lo que en Argentina se denominó “escribanía”) o apelación a los atributos constitucionales del poder ejecutivo, como el recurso a los decretos, si las otras fuerzas no acompañan o no se está dispuesto a esperar el resultado de las negociaciones. En el segundo caso se manipula o directamente se oculta información relevante para luego afectar u orientar el curso de las políticas económicas, jurídicas, internacionales o de cualquier otro orden, que se quieren poner en marcha (el caso de las estadísticas oficiales es, tal vez, el más notorio: o se dibujan o se retarda su divulgación siempre con una finalidad ligada a la economía).
En función de este centralismo democrático la democracia periodístico-parlamentaria se constituyó en el régimen político dentro del cual, en el mejor de los casos, la población puede hablar (y esto incluye: opinar, lamentarse en las redes sociales, hacer catarsis por las desventuras propias y ajenas, indignarse, llamar a la solidaridad, etc.), protestar (convocar y asistir a marchas, organizar piquetes, hacer paros sorpresivos, etc.) y votar (bueno, eso ya sabemos lo que es y los resultados que da, si tenemos en cuenta la oferta que el electorado tiene a disposición). Todo eso en ese orden, que es el mismo que en condiciones más funestas se va perdiendo progresivamente: primero se piensa antes de decir algo que pueda resultar inconveniente, después llegan las restricciones y, eventualmente la prohibición del derecho a protestar y, al final, si lo demás no dio resultado, se suprime el voto.
Después de este breve recorrido se comprenderá que esperar mucho más de la democracia periodística-parlamentaria es una ingenuidad que, pese a todo, bien vale la pena conservar a riesgo de vernos de repente sorprendidos por algún “mecanismo institucional” vaya a saber uno de qué tipo (judicial, de mercado, parlamentario o de otro formato aún hoy desconocido), que nos deje en peores condiciones. Por eso, como dije al principio, en lugar de dejarnos arrastrar por el canto de las sirenas o por las propuestas discursivas que nos desvían del que a mi juicio es el verdadero problema estructural de la política moderna, lo mejor que podemos hace es repensar la democracia como forma de gobierno y ver si, en todo caso, un modelo mejor del implementado hasta aquí puede ser posible.
En fin, sabrán perdonarme el exceso de realismo pero también a mí me da mucha pena ver sufrir a mis amigos y amigas cada vez que veo en sus muros, desdibujadas sus expectativas y amplificadas sus decepciones.

viernes, diciembre 25, 2015

Los votantes y la libertad de expresión

En la nueva configuración de la estructura democrática que nos envuelve, en períodos electorales quedan puestas entre paréntesis las disputas tradicionales y toma protagonismo la contienda entre la mayoría de los votantes (los que no están enrolados en ningún  grupo sólido de una clase social, alguna corriente ideológica definida o un grupo de interés consolidado) y quienes dicen ser los representantes y defensores de la libertad de expresión. Dicho de otro modo, en las elecciones gana o pierde una fracción de los votantes y gana o pierde una fracción de "la libertad de expresión" (el grupo Clarín, la Nación, Perfil, Página 12, etc., etc., etc.). Puede parecer una obviedad pero yo creo que no lo es. Detrás de esas dos categorías se esconde un escenario complejo que a mí me llama mucho la atención.
Me parece que en coyunturas como esta una diferenciación que puede ayudar, no digo a entender, pero sí a poner sobre la mesa el problema que nos mantiene ocupados, es la relación entre dos grandes categoría sociales: los votantes y la libertad de expresión  y los grupos económicos que lo tuvieron como la expresión concreta de sus aspiraciones y como el gran candidato a pelear el poder. Pero, contra quién? La respuesta es sencilla: contra los votantes.
La categoría social o sociológica "los votantes" (si prefieren, "el electorado") se impregnó de significados ajenos a la sustancia que le da contenido a su ethos social ( comportamientos propios de la clase social de pertenencia, percepciones  ideológicas del mundo y de la vida,  e  intereses inmediatos relacionados con expectativas, necesidades, etc.). De este modo la categoría votante se vuelve heterogénea y  su capacidad de elaboración de lo que consume en términos de información va siempre detrás de la complejidad del producto elaborado por los que representan la libertad de expresión. Por eso, la explicación y/o la comprensión del producto del votante, es decir, el voto, siempre resulta por lo menos problemática para otros votantes.
De acuerdo con esto que acabo de decir, a mi juicio, de aquí en más la puja hay que entenderla en estos términos: de un lado están los votantes y del otro quienes representan o dicen representar la libertad de expresión. En el día a día, la libertad de expresión va modelando, le va dando forma a los votantes no integrados. Sin tregua, sin descanso. El día de las elecciones se ve el dibujo de lo que queda de esa relación. Por eso cuesta explicar el voto, a pesar de las buenas intenciones de los analistas, los encuestadores, los opinólogos, los académicos y demás gurúes. Sólo hay libertad de expresión y votantes. Por supuesto, hay explicaciones, pero ninguna del todo convincente. Póngase cualquiera de ustedes en la situación de intentar explicarse el voto del otro lado, y de inmediato encontrará sólo respuestas parciales e insatisfactorias.
 Puede parecer una simplificación pero detrás de esto está la aceptación de ciertas verdades generalmente admitidas, ciertos verosímiles. El principal de ellos, el respeto a la libertad de expresión. Hablo de la libertad de expresión que es distinta de la libertad de información que, por lo general es modelada por la libertad de expresión y pierde buena parte de su potencial de relativa objetividad. Por ejemplo, la libertad de información requiere, o requeriría, cierta rigurosidad en la búsqueda de contenido y, aún cuando luego ese contenido sea inexorablemente interpretado (recortado, amplificado, o las dos cosas al mismo tiempo), en algún punto tiene que hacer referencia a algún hecho. La libertad de expresión no tiene ningún requerimiento. Cualquiera puede decir cualquier cosa en cualquier lado y en cualquier momento (quién, qué, dónde y cuándo no tienen ninguna importancia; casi siempre son sustituidos por "una fuente", "dejó trascender", "en una reunión", "hace unos días"). En el peor de los casos, la libertad de expresión se apropia del derecho de seleccionar lo que vale la pena decir y lo que conviene ocultar.
La libertad de expresión es el arma letal que reemplazó o que reemplaza a las armas de fuego en tiempos de paz. Es un lápiz, es un pincel, es una foto, es un título, es una chicana, es una tapa, es un cartel en fb, una ocurrencia en twitter,  es un silencio, etc.. Es el arsenal con el que se disputa el poder en las arenas donde se distribuye sentido ( creencias, datos, opiniones, relatos, etc.) Es la máquina de formatear votantes. Indolora. Su poder de fuego no tiene límites ni final, su costo de producción es tendiente a cero, y su desgaste es nulo. Dice o calla, según el mayor o menor poder de quien la ejerce. El votante, de manera tal vez un poco ingenua, la ejerce creyendo en lo que le han dicho del poder de las redes y entonces publica una y otra vez, consignas, carteles, ocurrencias, en fb, Twiter o Instagram. Resulta que quien acumula mayor libertad de expresión que el votante, también publica en esos espacios, además de la utilización de sus armas tradicionales con  mayor poder de modelación. Por otra parte, un buen porcentaje de las listas de amigos, seguidores o "me gusta" que  tiene cada votante en sus redes sociales son autorreferentes, entonces terminan hablándole a su propio ombligo y convenciendo al que ya está convencido. Música para los oídos de la libertad de expresión.
Lo que los votantes hemos comprado es la idea según la cual la libertad de expresión es buena e incuestionable. Yo no estoy tan seguro, tal y como funciona. Es un recurso (un "derecho") distribuido en forma desigual.  Quien acumula mayor libertad de expresión, quien la defiende con más énfasis, quien la protege con mayor  fervor no  tiene asegurada  ninguna victoria, y eso es lo que le da cierta riqueza a la contienda. Pero, paradójicamente la utiliza con nosotros, los votantes, con el argumento del yudo: al defender nosotros la libertad de expresión le damos más fuerza a quien mejor la utiliza, más la ejercita y mayor alcance tiene con su uso. Nosotros, los votantes, tenemos la ilusión de que al usarla somos capaces de producir algún efecto de envergadura como por ejemplo torcer el rumbo de una compulsa o dar vuelta las convicciones de alguna conciencia individual. Personalmente, no creo que sean probables logros masivos de ese tipo.
Tal vez muchos se preguntarán qué estoy sugiriendo con todo esto que acabo de decir. Se dirán: ¿qué prefiere?, ¿la mordaza de las dictaduras?, ¿abolir la libertad de expresión? Soy votante pero no soy tan ingenuo. En principio solamente  y  para empezar, propongo pensar estas cuestiones en términos de problema no resuelto; en cuán beneficiosa resulta ser la libertad de expresión para las expectativas de los votantes y qué tan amigable es la democracia como su teatro de operaciones tal como la experimentamos.  Los que podemos y tenemos la posibilidad de acceder una mayor variedad de fuentes de información y entretenimiento, al principio abandonamos la tv de aire y nos pasamos al cable, después dejamos el cable y nos fuimos a Internet, ahora estamos en Internet y nos entretenemos vía streaming. No todos son tan afortunados.

Antes de terminar quiero insistir con algo que dije al principio y que a lo mejor pareció dicho al pasar: lo que pretendí con esto es hacer un llamado de atención a esa categoría social de los votantes (es decir, a todos los que votamos) en relación con algo que parece vital para nuestra supervivencia, pero que en realidad empuja a unos y otros en dirección de tal o cual corriente según la fuerza que le imprime quien más y mejor la conduce.

miércoles, diciembre 16, 2015

El funcionamiento de la política explicado para facebook

Esta breve nota pretende ser un aporte teórico al debate político "express" que suele pasar por las redes sociales. La idea es aportar algo a la comprensión del funcionamiento de la política contemporánea, pero sin mayores pretensiones.Por eso tiene un cierto grado de abstracción e intenta no identificar a tal o cual actor estructural del sistema con alguno o algunos de los protagonistas concretos de la época (este o aquel partido, tal o cual funcionario, etc.). De modo que un buen ejercicio de lectura consiste en buscar los ejemplos adecuados para confirmar o desmentir la teoría. A nadie le faltará alguno para una cosa o la otra.  Tal vez lo más significativo de este punto de vista es que prescinde del uso de categorías morales para analizar el objeto. Nada original, si uno piensa que ya Maquiavelo nos había hecho notar que la política y la moral se habían divorciado (si es que alguna vez estuvieron casadas o a lo sumo en pareja). Dicho de otro modo, las cosas son como son, independientemente de nuestros gustos o preferencias personales. Para más detalles pueden leer mi libro La era de las decepciones. deslegitimación política, economía ilegal, precariedad laboral y consumismo. 
La teoría de sistemas sociales ofrece una explicación plausible o por lo menos digna de ser atendida acerca del funcionamiento del conjunto de sistemas que componen la sociedad contemporánea. Cada sistema social (la economía, la educación, la justicia, la salud, la política) cumple una función para la sociedad. La función de la política no la puede cumplir ningún otro sistema y consiste en tomar decisiones colectivamente vinculantes, a través de quienes en cada momento ocupan los cargos de la administración, es decir, los funcionarios del gobierno. Y para cumplir con esa función la política cuenta con un medio que es el poder. Definamos "poder" como la capacidad de influenciar en los otros sin necesidad de apelar a recursos coercitivos. Cuando hay que apelar a la "mano dura", por ejemplo, es porque el poder empieza a escasear. 
El nombre con que el sistema político se denomina a sí mismo en nuestra época es "democracia". La democracia es la forma del sistema político moderno en la mayor parte de los países de Occidente. Para que la democracia haga posible el cumplimiento de la función específica del sistema político necesita de tres grandes actores: el gobierno, la oposición y la población, que en épocas de campaña y en las elecciones se transforma en el electorado (los votantes). 
Existen entre estos tres grandes actores distintas relaciones. El gobierno se vincula con el electorado y con la oposición mediante sus decisiones, el electorado con el gobierno y la oposición a través de apoyos o reclamos, pero sobre todo con la protesta y el voto. La oposición se relaciona con el gobierno ejerciendo la crítica y formulándole exigencias y el gobierno contesta con desmentidas y contra-denuncias. La herramienta para sostenerse dentro del ámbito del sistema que regula la relación entre gobierno y oposición es la negociación. 
Una de las maneras de relacionarse que tienen los protagonistas de la política es a través de diferencias. Cada uno de estos actores presenta diferencias internas (es decir, dentro de su propia composición) y externas (o sea, en relación con los otros dos actores). Esas diferencias las usan para llevar adelante sus estrategias políticas dentro del sistema. La diferencia más conocida es izquierda-derecha. Esta diferencia tiene dos características: la primera y principal es que es una diferencia interna del sistema político y no tiene ningún correlato en el mundo externo. Como cualquier otra distinción construye sentido dentro del ámbito en el que resulta funcional. La otra característica tiene que ver con su dimensión: es más grande en el imaginario colectivo que en las prácticas de la política real, pero es muy útil para alimentar los debates y mantener viva la llama del conflicto político, indispensable para el funcionamiento del sistema. La contracara del conflicto es el consenso, otro componente también más voluminoso dentro de las expectativas que en su posibilidades concretas de realización. Conflicto y consenso son, si se quiere, dos grandes excusas que usan el gobierno y la oposición para producir sentido político (=condiciones de entendimiento del funcionamiento de la política) dentro del teatro de operaciones del sistema. 
Estos actores llevan adelante cada uno, de manera predominante, distintos tipos de acciones genéricas: el gobierno a través de sus funcionarios es el que toma las decisiones colectivamente vinculantes, la oposición critica, exige y denuncia y la población reclama, protesta, orienta sus preferencias (apoya o rechaza) hacia el gobierno o la oposición y, periódicamente ejerce el derecho al voto. Dicho de otro modo, fuera de los momentos en que se vota y se transforma en "el electorado", la población se agrupa de manera heterogénea en movimientos sociales o de protesta, o simplemente, mira la televisión, revisa facebook, escribe en twitter y, ocasionalmente, lee el diario. 
Para llevar adelante estas acciones el sistema político, es decir, la democracia, cuenta con tres recursos: la capacidad de decidir (lo que se llama tener poder), la capacidad de expresarse (lo que se llama "libertad de expresión" como capacidad de ejercer la crítica, denunciar, exigir, protestar, etc.) y la capacidad de elegir ( lo que todos conocemos como "votar"). 
En resumen en la democracia, básicamente se hacen dos cosas: se decide y se habla. Es interesante, en esto de hablar, la relación que cada uno de los actores tiene con la libertad de expresión. Es cierto, todos hablan, todos se pueden expresar, pero la fuerza y penetración de lo que se dice no es idéntica: no es igual la potencia de una publicación mía o tuya en facebook que un editorial del diario, la palabra de un político mediático o de un analista político en el horario central de la TV. No es necesario insistir mucho en esto, los MMC juegan un papel si no decisivo o determinante, sí condicionante dentro de esta acción genérica del sistema que denominamos "hablar". Por supuesto, hablar es toda una labor y los partidos o " espacios políticos", como se dice ahora, tienen la función específica de darle trabajo a personas con cualidades especiales para llevar adelante la acción de hablar - por ejemplo, en el parlamento, o en los MMC-) . 
El momento de las elecciones es un momento clave del sistema político contemporáneo por varias razones. La primera y principal es que deja siempre al sistema político en un estado de indeterminación futura, que dinamiza todas y cada una de las cosas que mencionamos: la oposición quiere ser gobierno, el gobierno no quiere dejar el poder, el electorado aprovecha la ocasión de elegir para tomar una decisión colectivamente vinculante (ejerce el poder mediante el voto). La otra razón que hace de las elecciones un momento clave dentro de la democracia es que, en las condiciones actuales, las elecciones funcionan como un "test de popularidad". Por lo tanto todos los que participan quieren ser vistos de la mejor manera y para eso despliegan sus mejores disfraces y sus mejores dotes histriónicas. Por eso, los partidos políticos siempre escogen para poner dentro de sus filas algún que otro artista, deportista o personaje mediático capaz de atraer la atención de alguna parte de la población. 
Este proceso interno del sistema, contado de manera muy simplificada, se repite indefinidamente de manera circular y esto hace que mientras funciona, el sistema se auto-re-produzca: el gobierno tiene que tomar decisiones, todos tienen que seguir hablando y la propia dinámica del sistema hace que el sistema exponga su condición más fundamental y a la vez inquietante: se hace autorreferente. La autorreferencia hace que la política trabaje para su propio sostenimiento. De este modo el sistema político, al llevar adelante sus operaciones para su propia supervivencia, se desvincula de lo que pasa afuera, lo que llamaríamos el mundo real (el problema de las fuentes de trabajo, los problemas medioambientales las vacantes en la educación, el empleo juvenil, la seguridad civil o social, etc.). 
Este carácter autorreferencial de la política presenta dos aristas. Por un lado, limita la capacidad de acción de los actores porque cada uno, en su necesidad por mantenerse dentro del juego y cumplir con sus expectativas está obligado a no desatender lo que hacen los otros dos, y todo eso, para que el futuro lo vuelva a encontrar con chances de seguir participando. Esto, por supuesto, hace que el sistema se haga dinámico y se vaya transformando con sus propias operaciones, mientras funciona. Por otro lado, al estar siempre preocupado por su propio funcionamiento, hace que lo que pasa en el mundo real sea nada más que "la molestia", la "irritación" necesaria para que aparezcan los temas con los que poner en marcha esa maquinaria. Dicho de otro modo, el mundo no es otra cosa que la colección de temas con que el sistema político construye su agenda (la forma en que esto sucede, por supuesto, tiene también su complejidad y en este asunto los MMC tienen un papel destacado). Desde luego, lo que el sistema político hace tiene implicancias en el mundo real, pero esas implicancias son efectos colaterales que oportunamente se visten con el ropaje de aciertos o errores en la gestión, la crítica, la protesta y, en su momento, el voto. 
Además, como la existencia de cada uno de los actores y las relaciones entre ellos es imprescindible para la constitución de la política (no puede concebirse la democracia sin alguno de los tres integrantes, como tampoco puede concebirse sin las relaciones y los vínculos entre ellos), el sistema termina siendo un núcleo indisoluble que obliga a las partes a llevar adelante sus respectivas acciones sin correrse demasiado de lo que las otras dos partes esperan: cada una tiene un ojo puesto en la agenda y el otro en su propia posición. Por eso o para eso la democracia necesita la negociación y los acuerdos como prótesis. Ahora bien, como cada uno está atento a su propio juego sin sacar la mirada de lo que hace y espera el otro, suceden dos cosas: por un lado las negociaciones exitosas logran acuerdos cada vez de más corto plazo a la espera de que un nuevo problema, que surgirá inevitablemente por la imposibilidad natural de controlar todas las variables en cada toma de decisión, los obligue a volver a negociar para un nuevo acuerdo de corto plazo, y así sucesivamente. 
Todo esto explica por qué, fuera de los momentos de campaña para las elecciones, gobierno y oposición terminen pareciéndose demasiado y alternativamente, cuando cada uno ocupa uno u otro rol, termina estando limitado en sus posibilidades de tomar decisiones que se corran demasiado del eje de lo posible para el funcionamiento de la política. Con esto la idea de que la política moderna es capaz de trazar proyectos de largo plazo o, como se dice ahora, políticas de Estado, es más un slogan que una posibilidad cierta de realización. El pragmatismo es el alimento del sistema y cualquier cosa que pueda torcer ese estado de cosas es lo que hoy podría llamarse una revolución en la política, re-significando, eso sí, el uso del término. 
Todo lo demás forma parte del escenario y la ornamentación que sirve para que el sistema despliegue su repertorio y para que nosotros nos mantengamos entretenidos mirando (o participando de) el espectáculo, que a veces adquiere la forma de drama, otras de comedia y, de vez en cuando, de sainete o parodia. Mientras tanto la política funciona y nosotros seguimos atendiendo nuestras necesidades cotidianas, esperando que lleguen otra vez las elecciones para reafirmar nuestras expectativas o enderezar nuestras decepciones.

viernes, noviembre 20, 2015

Filosofía vs. periodismo: pensar vs. decir

Desde hace algunos años asistimos como espectadores preocuados, a la lenta agonía de la enseñanza de la filosofía. Esta disciplina, en otros tiempos presuntuosa de oficiar como fundamento de todo saber y guía de la acción de la humanidad, aparece hoy en los márgenes de la preocupación de los encargados de diseñar la currícula de las escuelas y, a lo sumo tolerada como una curiosidad intelectual digna de ubicar algún espacio dentro de los estudios superiores.
Si esto es lo que ocurre con la filosofía en el ámbito escolar, mucho peor es lo que le pasa a esta materia en la consideración que se hace de ella en la vida cotidiana. En algunos casos suele ser considerado como un saber oscuro y propio de iniciados; consecuéntemente, una ocupación absolutamente inútil sin ninguna posibilidad de hacer con ella algo "práctico, útil y necesario". En pocas palabras, algo absolutamente inapropiado para ser ofrecido en el transporte público. Pero, en otros casos, es frecuente advertir la adjudicación del mote de filósofo sin ninguna considerdación, a cualquiera que pueda decir algo parecido a una opinión. Y entonces, Aristóteles, Heidegger, Adorno, Nietszche, Kant, o Hume, se confunden con el periodista locuaz, o el humorista ocurrente.
¿Por qué sucede esto, con una disciplina que durante siglos (también es justo decirlo, a veces con cierta arrogancia) se preció de ser "la madre de todas las ciencias"?  En el artículo  "Refutación del periodismo" de su libro "Crónicas del ángel gris", Alejandro Dolina decía:
            "...la exposición periodística está condenada fatalmente a cierta economía de razonamientos que no siempre conduce al conocimiento cabal. Y se produce entonces un fenómeno que a mi juicio es fatal para el pensamiento de nuestro tiempo: millones de personas creen saber cosas que en realidad ignoran. El mundo está lleno de mentecatos que se consideran en el caso de opinar sobre cualquier cuestión.
            Utilizan para ello opiniones ajenas, menesterosos argumentos que se venden a tres por cinco y cuya difusión corre -casi siempre- por cuenta del periodismo. Existen revistas que explican la teoría de la relatividad en dos carillas y con una ilustración que muestra a dos trenes que parten al mismo tiempo de diferentes estaciones. Los diarios solventan una teoría audaz acerca de las causas de la inflación mediante un recuadro de dos columnas. Y aun desconociendo yo enteramente la teoría de la relatividad y las causas de la inflación, me atrevería a jurar que se trata de arduos asuntos, cuya cabal comprensión reclama mucho más que diez minutos.
            Quizá pueda decirse que esto sucede porque el periodismo ha extendido su campo de acción y no contento con informar, opina y esclarece.
            Es posible. Un amigo mío sostiene que esta situación no es culpa del periodismo. A lo mejor no existen maestros en estos días. Tal vez no abundan aquellos espíritus rectores a quienes el futuro visita por anticipado. Y ante la ausencia de grandes mentores, la opinión general es conducida no por filósofos, sino por locutores."[1 

De este breve fragmento extraigo cinco tópicos que tal vez arrojen alguna luz sobre el asunto que estoy considerando.
1) El primer tópico tiene que ver con la ligereza y el vértigo en la exposición de los temas que se abordan. Dolina habla de "economía de razonamientos" en la función periodística. Se sabe, el razonamiento es un trabajo y a la vez un producto mental que está intimamente ligado a los procedimientos lógicos. Es cierto que el pensamiento lógico o el razonamiento lógico no es el único posible, ni tampoco el único que asegura la mejor forma de llegar a buen puerto a la hora de fijar una posición frente a algún asunto arduo. Pero, el problema aparece cuando se establece la relación forma de abordar un asunto - grado de complejidad de ese asunto. Como a todos los asuntos, también a aquellos que se nos presentan como difíciles, fatigosos, áridos, o complejos, se los puede tratar de dos maneras.  Una forma de acercase a los problemas complejos puede ser por la vía de la opinión ligera, apresurada, poco comprometida, y que admite otras tantas versiones equivalentes. Esa es la manera periodística de vincularse con la complejidad. La otra forma, supone la presencia de tres propiedades que, en principio, forman parte de lo que se suele llamar los razonamientos correctos: una propiedad es la coherencia, otra la rigurosidad en la articulación de la exposición y la tercera partir de premisas consideradas verdaderas por la comunidad especializada en el tratamiento de esos asuntos. En algún tiempo esta última forma de abordar los problemas fueron patrimonio de la ciencia y la filosofía y alcanzaban para distinguir una opinión de un "conocimiento" o un "saber".
2) Dolina dice que "El mundo está lleno de mentecatos que se consideran en el caso de opinar sobre cualquier cuestión". Aquí se ha confundido lo saludable del derecho ético de cada uno a poder opinar, con el deber de cada uno de tener algo que decir acerca de cualquier cosa. Todo el mundo se siente obligado a decir algo sobre lo que sea. Pero para poder opinar se requieren dos cosas: la primera es "estar enterado de lo que pasa" y la segunda es haber comprendido el suceso "por encima", es decir tener capacidad para interpretar libremente los fenómenos sin necesidad de tener que demostrar ni explicar nada de los mismos. Een resumen, el mundo de la opinión está encuadrado en el marco de la ligereza y la ligereza, finalmente, construye un mundo solamente opinable.
3) Tanto "la economía de razonamientos" como el hecho de sentirse en la obligación de tener que estar enterado e interpretar los fenómenos exige de parte del periodismo cierto grado de simplificación de las cuestiones. De modo diferente, la filosofía presume de ser, y debe ser compeja. Pero, la complejidad filosófica no es (o por lo menos no siempre es) gratuita. Sucede que un presupuesto de la filosofía es la complejidad de la realidad y la complejidad del análisis de la realidad. Y hablar de la complejidad del mundo y de lo real tiene que ver con el hecho de aceptar que en los acontecimientos intervienen múltiples variables que interactuan y que exigen de parte del analista una actitud cuidadosa, no apresurada y casi siempre sujeta a la necesidad de construir sólidos argumentos a la hora de decir algo sobre aquello que aborda. El periodismo funciona de manera diferente; en general, cuando dice algo lo hace desde afuera de cualquier posición teórica o epistemológica (que no es lo mismo que decir que lo hace desde afuera de una posición ideológica). Como diría Aristóteles, el lugar del periodismo es más un lugar de lo verosímil que un lugar de lo epistémico; menos de lo riguroso, y más de lo doxástico.
4) El periodismo como trabajo ha incorporado a su faceta informativa otra tarea que es la tarea interpretativa. Esta última incorporación lleva consigo la pretensión de echar luz sobre los acontencimientos. Pero esa luz proviene más de la fuerza y el ímpetu que portan los medios de comunicación en los que se ejerce el oficio de periodista que en el propio trabajo de interpretación. En otras palabras, "el periodismo tiene prensa"; la filosofía, no. Una cosa es informar lo que pasa y otra muy distinta es poder explicarlo. Sobre todo, cuando, como en los ejemplos que pone el mismo Dolina, lo que pasa es un fenómeno complejo (una transformación en el orden social, un descubrimiento en el campo científico) que demanda alguna formación previa y especializada y cierto tiempo de dedicación al estudio de la cuestión. La época ha acuñado los nombres de "periodismo de investigación" y "periodismo científico" para este decir particular que es la suma de la recopilación de datos, más la "lectura personal" del periodista acerca de los mismos. En resumen, el periodismo comparte con la filosofía esa avidez de "meterse en todo", pero difieren en sus funciones y en el respeto que cada oficio tiene por el otro: la filosofía o el trabajo del filósofo no es un trabajo informativo; el periodismo, o el trabajo del periodista, si. La filosofía es, o el trabajo del filósofo es, un trabajo de esclarecimiento (aunque no siempre es esclarecedor); el periodismo, o el trabajo del periodista, no. Aunque, de un tiempo a esta parte, el periodismo tuvo la osadía, el valor o la intrepidez de incursionar en terreno de trabajo ajeno, cosa que los filósofos, por debilidad, respeto o prudencia no quisieron o no supieron hacer.
5) Por último, Dolina opina que "la opinión general es conducida no por filósofos, sino por locutores". Tal vez se pude advertir aquí cierta reminiscencia platónica al sugerir que la opinión general, es decir, los rumbos de la gente común, deberían estar trazados por los filósofos y no por los locutores. Tengo alguna duda sobre la conveniencia del ejercicio de ese platonismo. De lo que no tengo ninguna duda es de la desventaja que supone el caer en manos de la lectura del mundo de los locutores. Los filósofos, siguiendo a Lyotard, trabajan con la palabra. Los locutores (el periodismo) usan como herramienta de trabajo también la palabra. Los dos, filósofos y locutores, trabajan con la misma herramienta, pero el uso, la función y la finalidad de esa herramienta en uno y otro es sustancialmente diferente.
"La palabra filosófica... no está por completo en lo que dice, no se deja, o trata de no dejarse, llevar por el impulso autónomo de sus temas, quiere detectar las metáforas, desmenuzar los símbolos, poner a prueba las articulaciones de su discurso, y eso la lleva a formar una lengua lo más depurada posible, a buscar una lógica y axiomas rigurosos sobre los cuales y con los cuales se pueda pronunciar un discurso sin intermitencias, sin lagunas, es decir sin inconsciente."[2]
            En esta cita aparece suficientemente claro el uso que hace el filósofo de la palabra. Por oposición podemos determinar en qué consiste el uso de la palabras por parte del periodismo, y elaborar el siguiente cuadro comparativo:

La palabra
Filósofo
periodista
Uso
Depurado, lógico, riguroso
Coloquial, lógicamente débil
Función
Detectar metáforas, desmenuzar símbolos
Seguir el impulso de los temas (hablar de lo que hay que hablar)
Finalidad
Elaborar un discurso lo más coherente y consciente posible
Cubrir un espacio mediático

            Si no es el impulso de los temas lo que reclama la palabra del filósofo,entonces, como se pregunta Lyotard, ¿Por qué filosofar? Según este autor, la necesidad de la filosofía, la respuesta a esa pregunta, aparece cuando desaparecen las otras palabras, o las palabras de los otros:
"La filosofía...comienza cuando los dioses enmudecen. Sin embargo, toda la actividad filosófica se basa en la palabra."[3]
            Hoy, se sabe, los dioses transitan por los medios de comunicación y la frecuencia de sus apariciones y la confusión de su verborragia, muchas veces, saturan. Y es ahí cuando aparece la palabra del filósofo, creando un mundo diferente de significación: en el medio de esa saturación y en la vorágine de esa confusión, cuando ya no hay más nada que decir...
"La paradoja de la filosofía consiste en ser una palabra que se alza cuando el mundo y el hombre parecen haberse callado...el filosofar comienza precisamente cuando Dios enmudece, en tiempos de desamparo, como decía Hölderlin, en el momento en que se pierde la unidad de la multiplicidad que forman las cosas, cuando lo diferente deja de hablar, lo disonante de consonar, la guerra de ser armonía..."[4]
            Una última diferencia, en estos dos oficios de pensar que endefinitiva son dos oficios de decir, radica en la lectura que uno y otro hacen de la verdad. Para el periodismo, la verdad, el decir la verdad, el descubrir la verdad, es una obligación: investiga la verdad, informa con la verdad. La verdad es "algo" a lo que hay que llegar y a lo que se puede llegar.
            Para el filosofo, la verdad es siempre evasiva; es aquello que se oculta, que hay que hacer ver, pero que se escapa una y otra vez. Para cerrar con las palabras de Lyotard,
"La verdad hacia la que la palabra filosófica apunta explícitamente, falta; y sólo es cierta en la medida en que está al margen de lo que dice, en la medida en que habla al margen."[5]




[1]. Alejandro Dolina, "Crónicas del ángel Gris" Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, pag. 246.

[2]. Lyotard, J. F.,"sobre la palabra filosófica", en ¿Por qué filosofar?, Paidós,  1989, pag.139-140.
[3]. Lyotard, J. F.,obra citada, pag. 121.

[4]. Lyotard, obra citada, pag. 135.
[5]. Lyotard, obra citada, pag. 142.

miércoles, noviembre 13, 2013

Dilemas y problemas

Existe, entre las muchas formas correctas de razonamiento, una a la que no se le puede objetar nada desde el punto de vista estrictamente lógico. Esta forma de razonamiento, en tanto que válida o correcta recibe el nombre de dilema. Para poder seguir adelante con nuestro asunto es necesario que por lo menos expliquemos qué es el dilema, cómo está formado y de qué manera se lo utiliza dentro del discurso argumentativo.

            "De modo muy general se llama dilema a la oposición de dos tesis, de tal modo que si una de ellas es verdadera, la otra ha de ser considerada como falsa y viceversa."(Ferrater Mora, José, 1971; 456-457)

Lo que esta definición nos dice simplemente, es que en un mismo razonamiento se incluyen dos premisas que funcionan cada una como alternativa a la otra y se excluyen mutuamente. Al respecto podemos preguntarnos: ¿Cuál es el mecanismo de exclusión para quedarse con una o la otra? La respuesta excede las posibilidades de la lógica y exige el recurso a otros medios. El dilema nos deja estacionados en una conclusión cuyos términos aparecen enfrentados como contrarios; es decir, formulando un planteo de este tipo: o una cosa o la otra. Además, los valores con los cuales se dirime esa oposición de tesis, son la verdad y la falsedad. Esos son los valores que la lógica proposicional utiliza de modo excluyente para determinar la validez o invalide de un razonamiento. En otras palabras, la lógica no admite la inclusión de criterios tales como aceptabilidad, plausibilidad, pertinencia, compatibilidad, etc. que habíamos visto, eran utilizados para evaluar la atinencia de la aplicación de una analogía como recurso argumentativo dentro de un discurso. Pero, explica Perelman:
            
           "Mientras la contradicción entre dos proposiciones supone un formalismo o, al menos, un sistema de nociones unívocas, la incompatibilidad siempre es relativa a circunstancias contingentes, ya estén constituidas por leyes naturales, acontecimientos particulares o decisiones humanas."(Perelman, 1989; 308)
Desde este punto de vista, el dilema resulta paradójico: aplicando los recursos que posee la lógica simbólica para determinar la validez de un razonamiento, resulta que el dilema es formalmente correcto; sin embargo

            "la importancia de los dilemas es más bien retórica que lógica y se los utiliza como  instrumentos persuasivos" y su curiosidad radica en que "son razonamientos válidos que no pueden refutarse lógicamente sino retóricamente"(Colacilli de Muro, M.A. y J. C., 1980; 90). 
En términos de Vignaux:

            "Gracias a la posibilidad de una argumentación que provee razones, pero razones no restrictivas, es que es posible escapar al dilema..."(Vignaux, 1986; 35)

Veamos de qué manera se formalizan los dilemas dentro de la lógica formal. En general

            "...se trata de un condicional cuyo antecedente está compuesto de tres fórmulas unidas por conjunciones. Las dos primeras fórmulas del antecedente son a su vez condicionales y la tercera es una disyunción. En cuanto a la conclusión, puede ser una disyunción o la afirmación de una de las sentencias."(Ferrater Mora, José 1971; 457)

Vayamos por partes: 'se trata de un condicional'. Un condicional es una forma proposicional del tipo: 'si pasa esto, entonces, pasa esto otro'; es decir que un condicional lo que hace es relacionar dos términos, dos aspectos, dos hechos o dos situaciones de manera tal que el primero de esos dos términos funcione como antecedente o condición del segundo, que es si se cumple ese antecedente o esa condición, su consecuencia lógica.
Ahora bien: ese condicional que resulta ser el dilema, lo podemos llamar 'Gran Condicional', porque a su vez está compuesto por otras tres fórmulas, dos de las cuales son también condicionales y la tercera (tercera también en le orden que ocupa en el dilema), es un disyunción de la forma 'o esto o lo otro'. Por último la conclusión de ese 'Gran Condicional' es o bien otra disyunción, o bien la afirmación o negación de una de las sentencias que aparecían en los dos condicionales que funcionan como premisas. En síntesis, un dilema puede tener alguna de estas formas:



1
2
3
4
A ) B
A)B
A)B
A)B
C ) D
C)B
A)C
C) D
A v C
AvC
-Bv-C
-Bv-D
B v D
B
-A
-Av-C



Cada una de las letras mayúsculas (variables proposicionales), expresa a una de las proposiciones (partes del enunciado); el signo ')' indica la expresión 'si...entonces' o cualquiera similar, y el signo 'v' expresa la disyunción; es decir, la fórmula 'o...o'. El signo '-' indica la negación del término que precede.
Hasta aquí hemos expuesto algunas consideraciones lógicas sobre el dilema, aun cuando hemos dejado claro que esta construcción rehuye a ser tratada exclusivamente de esa forma. Y esto es así porque el dilema resulta ser en realidad un instrumento esencialmente persuasivo que tiende a producir inmovilidad en el destinatario, en base a la presentación concluyente no ya de alternativas múltiples, sino de restricciones de posibles, del mismo modo como se generan los verosímiles dentro de la cultura. Esta restricción de los posibles reales queda puesta de manifiesto en la aproximación al dilema que propone Perelman:
"El argumento de la división se encuentra en la base del dilema, forma de argumento en el cual se examinan dos hipótesis para concluir que, cualquiera que sea la elegida, se llega a una opinión, una conducta, de igual alcance, y esto por una de las razones siguientes: o bien conducen cada una a un mismo resultado, o bien llevan a dos resultados de valor idéntico (generalmente dos acontecimientos temidos), o bien acarrean en cada caso, una incompatibilidad con una regla a la cual se estaba ligado."(Perelman, 1989; 366)
Las formas lógicas 1 y 2 son modelos de dilema que conducen a un mismo resultado, mientras que las formas 3 y 4 son las que 'llevan a dos resultados de valor idéntico...'. Para que esto ocurra, los antecedentes de los dos condicionales operan argumentativamente como medios de prueba cuyo valor probatorio es equivalente, a los efectos de la inexorabilidad que presenta la conclusión: porque los antecedentes son los que son, las cosas serán necesariamente de este modo o de este otro. Veamos un ejemplo de argumento dilemático muy utilizado en los años noventa para fortalecer la perspectiva neoliberal y que clarifica lo que venimos exponiendo:

Si privatizamos, entonces nos integramos al modelo capitalista del occidente avanzado.      / A ) B /
Si dejamos todo en manos del Estado, seguiremos siendo ineficientes y atrasados.            / C ) D /
La opción es privatizar o dejar todo en manos del estado.                                                  / A v C /
Por lo tanto,
nos integramos al mundo capitalista del occidente avanzado o seguiremos siendo ineficientes y atrasados.                                                                                                                                                    /B v D/.

En este sentido y sobre ejemplos de este tipo, Perelman resulta elocuente:
"El segundo tipo de dilema tiende a limitar el debate a dos soluciones, ambas desagradables, pero entre las cuales parece inevitable la elección; el resto de la argumentación consistirá en la prueba de que la solución propuesta constituye el mal menor..."(Perelman, 1989; 368)
En resumidas cuentas, un dilema no es un problema. La distinción fundamental que los separa es su capacidad de albergar instancias distintas dentro de un mismo tema puesto a discusión. La característica capital del dilema es que se presenta con tesis cerradas y excluyentes. Esta condición hace que las instancias que se derivan de él sean además de las que hemos analizado, extremas y rígidas:
"la reducción de la situación a un esquema cuasi lógico, el cual excluye a la vez los matices y la influencia del cambio, permite cercar al adversario en la alternativa del dilema, del que sólo podrá salir valiéndose de un cambio de matices, que deberá justificar cada vez que lo intente." (Perelman, 1989; 369)
En realidad, la manera de escapar al dilema es hacer de la cuestión un problema. El problema es abierto, inclusivo y permeable. La aparición de un conflicto que en vez de dilematizarse tiende a problematizarse, admite en su seno diferentes, múltiples y heterogéneas argumentaciones; pero además, dentro de ellas, no se impone la rigurosidad de quedarse solamente con una, sino que permite rescatar aspectos convenientes de todas, o de las que son compatibles:
"Los problemas incluyen también cuestiones respecto de las cuales los razonamientos chocan, y la dificultad está entonces en si tal y cual cosa es así o no lo es, habiendo argumentos convincentes en favor de uno y otro  de los puntos de vista..."(Aristóteles, "Tópicos", 1977; 424-425)
En cambio:
"Para reducir una situación a un dilema, es preciso que las dos ramas se presenten como incompatibles, dado que se relacionan con una situación en la que el tiempo no hace mella, y que por eso mismo, excluye la posibilidad de un cambio." (Perelman, 1989; 369)
Por otra parte, un conflicto problematizado no se agota en las instancias conocidas. Es permeable a otras posibilidades diferentes, aún experimentables o bien hipotéticas. Contrariamente al dilema,
"...el problema consiste en tener que salir de la opinión inestable, en descubrir aserciones filosóficas ciertas y por lo tanto sustraídas del examen dialéctico." (Vignaux, G., 1970; 2)
Pero, quizá lo que haga más benévolo al problema es su carácter  evolutivo y no tajante. Siendo tan amplio, disminuye la posibilidad de precipitarse en una posición rígida y excesivamente lateral. Por el contrario, un problema es una instancia que tiene sentido y que además plantea perspectivas ciertas de solución, evitando cortes abruptos y salidas inamovibles:

"Los problemas no son, pues, verdaderas preguntas que se planteen y reciban con ello prefigurado el campo de su respuesta a partir de su propia génesis de sentido, sino que son alternativas de la opinión que uno no puede más que dejar estar, y que por eso sólo admiten un tratamiento dialéctico. Este sentido dialéctico de 'problema' tiene su lugar menos en la filosofía que en la retórica. Forma parte de su concepto el que no sea posible una decisión unívoca fundamental." (Gadamer, 1977; 455)  

miércoles, octubre 09, 2013

La filosofía “de” la cultura mediática*

 
Antecedentes
En los últimos cuarenta o cincuenta años los MMC cumplieron un papel destacado en la flexibilización de los límites espaciales, perceptivos, sociales y culturales. En cada período las instituciones hegemónicas han sabido definir (o borrar) los límites y los alcances de las prácticas más o menos estables que posteriormente debían ser incorporadas, por exitosas, al bagaje de recursos válidos para la propia perpetuación de la institución. Así, en distintos períodos, la iglesia, la familia y la escuela se erigieron en instituciones hegemónicas en la transmisión de valores y en la circulación de opiniones que debían ser generalmente admitidas. 
Sólo por tomar los últimos doscientos años, puede decirse que entre fines del siglo XVIII y mediados del siglo XX, más o menos,  la escuela ocupó el lugar hegemónico a la hora de seleccionar contenidos y valores para distribuir y reproducir entre los sujetos sociales. Durante ese período la escuela transformó en laica la cultura y se constituyó en la forma de socialización privilegiada y lugar de paso obligatorio para los niños de todos los sectores sociales.[1]
Ya dentro de la segunda mitad del siglo XX los medios adquirieron un rol protagónico y una posición hegemónica en la difusión de pautas, criterios y valores que a la postre resultaron formativos y presentaron grandes lineamientos que contribuyeron a orientar la manera de vivir de la gente. Esa hegemonía es, entre otras cosas, la que les permitió introducir en los hogares y en las escuelas sus temas, sus formas de expresión y las actitudes que fueron promoviendo. A partir de ese momento, para poder convivir con los demás en los ambientes que se frecuentan diariamente (la escuela, el trabajo, la reunión con los amigos) ya no importó tanto qué ni cuánto es lo que había que saber, cómo había que actuar o cómo mantener el buen gusto; comenzó a importar más estar en sintonía con los productos elaborados en los MMC.  Además, el apogeo de los MMC en las décadas del 50 y 60 coincidió con la mirada crítica que para ese entonces comenzaba a utilizarse para analizar las fisuras que empezaban a mostrar las instituciones escolares y la flexibilización de los criterios formativos de las familias.
A partir de los años ochenta comienza a llamar la atención la influencia que los medios de comunicación de masas ejercen sobre las personas y los grupos de nuestra época, en el nivel propiamente antropológico y social[2].  Entre esas influencias se destaca la penetración de la televisión en el cambio del espacio doméstico y el deterioro de las redes de comunicación intrafamiliares. En los noventa se intensifica el borramiento de los límites que separan a las instituciones sociales tradicionales de las instituciones mediáticas. La relación entre familia, escuela y medios se vuelve confusa y borrosa.  Ya no se percibe con claridad la procedencia de las pautas, los criterios y las opiniones que circulan socialmente con más frecuencia.
2.     Nuevos actores mediáticos
 
Dos nuevos actores se destacan dentro la nueva escena social: la pantalla y las audiencias. Para Roger Silverstone[3] el objeto mediático de la época es la pantalla convertida en la puerta de acceso al mundo en sus distintas facetas materiales y simbólicas. Esto significa que la pantalla se posiciona en el centro de la escena social por tres razones: en primer lugar, por su ubicación dentro de la cultura hogareña y escolar, en segundo lugar por el papel que desempeña en el conjunto de  las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) (pensemos no sólo en el televisor y la computadora, sino también el creciente papel de la pantalla telefónica y ahora, en las pantallas de 7” de los autos de media y alta gama) y, finalmente, por su doble carácter de objeto de consumo y de “transmisor de significados/intenciones/propósitos que son también consumidos”. Desde esta triple perspectiva, la pantalla oficia como instrumento de integración o desintegración institucional, es decir, como constructora y difuminadora de límites, tanto a nivel familiar como a nivel pedagógico.
En cuanto al otro actor social, según Orozco Gomez[4], las audiencias nacen del borramiento de los límites que antes servían para segmentar a la población (el género, la edad, la clase social, el tipo de trabajo o el nivel educativo) y que hoy resultan insuficientes o poco representativos para reconocer la constitución de nuevos grupos que se han ido gestando alrededor de la pantalla y sobre la base de un “criterio transversal de segmentación mediática”. Dicho de otro modo, lo que hoy aglutina y, al mismo tiempo, divide a las personas y los grupos es el tipo de intercambios simbólicos que se realizan a través de los contactos que se mantienen y de los circuitos que se recorren en los espacios construidos en los MMC.
En este contexto ser audiencia significa que los nuevos sujetos sociales reemplazan las antiguas formas de abordaje de la realidad por las pantallas del televisor y la computadora. Significa, al mismo tiempo, que los encuentros personales van siendo reemplazados por contactos virtuales realizados a través del chat y la navegación por internet. Finalmente, esta nueva configuración hace que lo que pasa por (y a través de) los medios adquiere progresivamente el carácter de “vehículo para conocer, aprender, sentir y gustar”. Ser audiencia, por lo tanto, supone una transformación sustancial de la estructuración de los sujetos, ya que se han reformulado los límites espacio-temporales del intercambio social y esto ha devenido, por un lado, en una modificación del vínculo entre ellos ya que los encuentros pasan de ser personales a ser virtuales y, por otro lado, en una modificación de las relaciones que esos mismos sujetos mantienen con el entorno, con los acontecimientos y con las fuentes clásicas de información y producción de conocimientos.
 
3.     El nuevo modelo de instituciones sociales mediatizadas
 
Como resultado de todas estas transformaciones producidas en los últimos años alrededor de los MMC se ha ido configurando un modelo de instituciones sociales mediatizadas que presentan rasgos específicos en distintos órdenes.
a. Así, en el orden  espacial el lugar ocupado por la pantalla fue ganando la pulseada por la convocatoria grupal que antes se disputaban los lugares de reunión familiar y escolar (desde la cocina y el living en la casa, hasta el patio y los pasillos en la escuela).
b. En el orden del conocimiento, al haberse mediatizado la realidad, “lo que está afuera de uno”, se aprehende de otra manera. Esta manera de aprehender el mundo trae aparejados por lo menos tres efectos. Por un lado, un efecto cualitativo: lo que se conoce se percibe y se aprende de un modo más empobrecido y esto es así porque de hecho la realidad masiva debe ser necesariamente simplificada para poder ser recibida por la mayor cantidad de gente posible. Por otro lado, un efecto en los contenidos: aumentó el desdibujamiento del límite entre la realidad y la ficción. De este modo, al exacerbar el carácter espectacular, los medios esfumaron los límites entre el espectáculo y el acontecimiento. Por último,  un efecto en la elaboración del discurso: los medios contribuyeron a diluir el límite que distinguía dos tipos tradicionales de discurso: el discurso ligado a la episteme (el saber) y el discurso ligado a la doxa (la opinión).  El resultado de este desdibujamiento fue la conversión de cualquier tema o contenido mediático en materia opinable. Aquello que visto desde los medios es un contenido tematizable, visto desde el lugar del receptor es un tema potencial para ser tratado con otros en formato de opinión o punto de vista. Esta es, tal vez, la mayor contribución de los medios al desdibujamiento de los límites: la transformación de cualquier tema, contenido, norma o criterio en materia opinable. La instalación del reino de la opinión en todos los dominios de la vida pública y privada sin ninguna restricción derivó en la relativización de cualquier criterio de medición. Todo se reduce, ahora, a una cuestión de percepción subjetiva y valorativa del mundo, de los hechos y de las cosas.
c. En el orden de la interacción, los medios contribuyeron a la construcción de una red pseudocomunicativa que crea una cohesión imaginaria del tejido social (una pseudosociedad) pero que de hecho lo fracciona en infinitas unidades aisladas, compartimentadas en sujetos y pantallas. En efecto, los medios construyeron un modelo actitudinal mediático que propone un prójimo al que le pasan cosas. Aquí, la expresión le pasan cosas adquiere un doble significado: por un lado le pasan cosas en el sentido que le sucede algo, o sea es afectado por algún hecho o circunstancia, y, por otro lado, a la gente le pasan cosas en el sentido que, una vez que le sucedió, ya le pasó y todo lo que el suceso tuvo que ver con el otro es que se dio por enterado y le produjo algún efecto. Esto significa que lo que le pasa a los otros siempre puede volver a nosotros en forma de noticia, como información, pero no tiene nada que ver con nosotros. Los otros, en este sentido, son impersonales, no están en contacto con los espectadores o la audiencia en su calidad de personas. En este contexto lo importante no es lo que le pasó a los demás que aparecieron en los medios sino el efecto que produjo en la audiencia eso que le pasó a ellos. En este sentido, una vez producido el efecto, los otros mediáticos o mediatizados son descartados.
Aquí desaparece el límite que unía al acontecimiento con la solidaridad. Vistas las cosas de esta manera, los demás están lejos, en una lejanía no sólo espacial sino también de significado. Los otros suelen estar lejos del horizonte de cosas importantes para cada uno. O, dicho de forma más directa, los otros significan poca cosa; significan sólo en la medida que aportan el contenido para llenar un segmento de cosas que pasan.   La contracara de la lejanía significante es la actitud compasiva que se tiene ante el mal que padecen los otros. Como consecuencia de esta manera de entender el mundo actitudinal, se debilitan, en los hechos, los vínculos solidarios entre las personas y sobreviene el ejercicio de la piedad y la compasión por el sufrimiento de los otros, en reemplazo del compromiso social y la acción solidaria ante la desventura ajena. Dicho en términos más llanos, la gente "tiene lástima" por lo que le pasa a los otros. Como dice Lipovetsky, es la época de la piedad televisiva; todo nos conmueve a distancia, y en la pantalla[5].
d. Por último, en el orden estético, los medios convirtieron la vida y todo lo que ella supone en un espectáculo, en algo que puede ser mostrado para consumir y entretener. Esto supone, a su vez, dos derivaciones. La primera es que, que dentro del seno familiar o grupal, lo que se espera de los medios es que transformen en entretenimiento, cualquier cosa. Desde una actividad deportiva hasta una catástrofe, pasando por una broma, todo debe tener una dimensión espectacular. La segunda derivación es que aquello que estaba destinado a ser producido como espectáculo en sentido estricto (una obra de teatro, un film o un deporte) ha perdido su carácter autónomo de tal, en beneficio de un conjunto más amplio que lo abarca y lo contiene. Ese conjunto es la vida cotidiana en general, o para decirlo más rápidamente, todo-lo-que-pasa-es-un-espectáculo o puede ser mostrado y vivido como tal.
En resumen, puede decirse que los medios permearon y atravesaron las instituciones sociales produciendo modificaciones en la construcción/percepción de la realidad, en las relaciones entre las personas y en las relaciones entre las personas y los acontecimientos. De este modo influyeron en el borramiento de los límites en tres grandes dimensiones:
1.     en la dimensión discursiva, los medios contribuyeron a diluir el límite que distinguía dos tipos tradicionales de discurso: el discurso ligado al saber y el discurso ligado a la opinión. De este modo se instaló en la vida pública el imperio de la opinión sin límites.
2.     en la dimensión de las relaciones intersubjetivas, los medios ayudaron a reconfigurar los límites que establecen el grado de cercanía espacial y afectiva con el prójimo. El trato interpersonal se configuró sobre la base de un nuevo modelo actitudinal mediático caracterizado por la lejanía del otro, el carácter segmentario de la consideración de lo que le pasa a los demás y la telecompasión.
3.     En la dimensión de los hechos, los medios aumentaron el desdibujamiento del límite entre la realidad y la ficción. Exacerbando el valor de la espectacularidad, los medios esfumaron los límites entre el espectáculo y el acontecimiento.
 
4.     Conclusión
 Si quisiéramos llevar todo esto al terreno que nos proveen los distintos campos de la filosofía, podríamos decir que la cultura mediática que hemos repasado se sostiene en:
Una lógica borrosa.  La lógica borrosa es entonces definida como un sistema que convierte unas entradas en salidas acordes con los planteamientos lógicos que usan el razonamiento aproximado. La lógica borrosa es una rama de la inteligencia artificial que se funda en el concepto "Todo es cuestión de grado", lo cual permite manejar información vaga o de difícil especificación. Con la lógica borrosa es posible gobernar un sistema por medio de reglas de “sentido común”  que, por lo general, se refieren a cantidades indefinidas. En este sentido la lógica mediática representa bastante bien el alcance de la lógica borrosa. Nada es del todo así.
Una teoría del conocimiento. La materia de ese conocimiento es el dato y el chisme y la forma es la opinión y el aserto. Los géneros de los programas que cultivan esta teoría del conocimiento son los paneles y los programas de preguntas y respuestas  Los estilos varían van desde el estilo “alto” en programas como usted tiene la palabra, hora clave, octavo mandamiento, etc. Hasta los programas de la tarde, intrusos, indomables, etc. Los programas de preguntas y respuestas también tienen su estilo: un estilo bajo representado por el imbatible de Susana  Jiménez y un estilo  pretendidamente alto que intenta representar Sofovich en tiempo límite.                               
Una ética de la telecompasión. La ética mediática es la ética de la compasión edulcorada. El género predominante es el de los noticieros. Allí aparecen tullidos, gente en lista de espera para un trasplante, personas perdidas, marginales buenos, clase media indignada y animalitos que nacen en los zoológicos y a los que hay que ponerles un nombre. Las catástrofes y los accidentes lejanos también son contenidos que demandan una telecompasión. Los estilos también varían de un noticiero a otro. El de América es más lacrimógeno que el de canal 13.
Una estética de la desmesura. La estética mediática es la estética de la exuberancia, la exageración, del impacto, de lo espectacular. El género predominante de esta estética se percibe con más nitidez en los programas de entretenimiento. El estilo que predomina es el que se opone al recato y la mesura. Desde los títulos de Página 12 en gráfica hasta las formas de expresión en Petinato, Tinelli , Gianola, etc. El estilo predominante es el de la desmesura.
Una ontología de estar-ahí. La ontología de la cultura mediática es una ontología del “estar ahí”, tanto adentro como afuera de la pantalla. Del lado de adentro de la pantalla la cultura mediática dota de realidad a todo cuanto pasa por ella (personas y acontecimientos). Del lado de afuera resulta difícil existir sin ser o formar parte de alguna audiencia. Esta ontología del “estar-ahí” atraviesa todos los géneros. Se ha repetido que lo único que dota de existencia a la gente es la presencia en, y el saber sobre los medios. Lo confirma el título de un fragmento del programa de Tinelli (treinta segundos de fama) y le da el verdadero contenido al alcance y la dimensión que adquiere esa existencia, la parodia que hace Petinato bajo el título “treinta segundos de nada”. 

Rama de la filosofía

característica

Género

Ontología

Estar ahí

Todos

Lógica

borrosa

Todos

Gnoseología

De la opinión

Paneles, chimentos

Del dato

Preguntas y respuestas

Ética

Compasión, catástrofe, escándalo

Noticieros

Estética

Exuberancia, kitch

Entretenimientos, humorísticos
 
 
* Conferencia pronunciada en las XII jornadas de la Asociación profesores de filosofía (SAPFI) en 2005





    [1].Varela, Julia: La maquinaria escolar, en Varela, Julia y Alvarez Uría, Fernando: Arqueología de la escuela. Ed. La piqueta, Madrid, 1991.

 


[2] Cfr. González Requena, Jesús: El discurso televisivo: espectáculo de la posmodernidad. Editorial Cátedra. Madrid, España, 1988. Páginas 160-161


[3] Silverstone, Roger: De la sociología de la televisión a la sociología de la pantalla.  Bases para una reflexión global. En: www.felafacs.org/dialogos/pdf33/3.%20Roger.pdf


[4]. Guillermo Orozco Gómez: Audiencias, televisión y educación: Una deconstrucción pedagógica de la «televidencia» y sus mediaciones. En: Revista Iberoamericana de Educación Número 27. Madrid, España. Septiembre-Diciembre 2001. Página 157. Disponible también en Internet en: http://www.campus-oei.org/revista/rie27a07.PDF

 


[5]. Cfr. Lipovetsky, Gilles El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Ed. Anagrama, Barcelona, 1994, página 149.