La semana pasada mi hijo Pablo me envió un mail explicándome las razones de por qué él va a votar a Pino Solanas. A partir de ese envío se generó un intercambio ciberepistolar que quiero compartir con ustedes:
Pablo: Luego de ver ayer a Claudio Lozano (con el Gordo Lanata), dando casi una clase magistral de economía política -y postulando la economía que uno siempre adhirío, y que me llevó a decidirme por mi voto, de las próximas elecciones del 28 de junio, hacia el partido "Proyecto Sur" que el mismo Lozano integra, y cuya principal figura reposa en Pino Solanas-, sumado a este artículo de Gargarella -que t adjunto-, y a lo que uno aprecia a diario en el ámbito judicial en lo que respecta a cierto tipo de denuncias que investigamos, me hizo repensar que ciertas defensas que he realizado sobre la política oficial, debieron haber estado precedidas de un análisis un poco más profundo...
cuando tengas tiempo, leete el artículo de Gargarella que t adjunto y despues comentame que t parece...
abrazo..Pablo.
Yo: Bien, acabo de leer el artículo de Gargarella y tu “giro autocrítico”. Adelante. Es un debate ya transitado en otros tiempos, con un cambio de actores. Lo mismo que Gargarella dice hoy, se dijo hace 50 o 60 años del peronismo. Y hoy se dice del peronismo de aquel tiempo que fue revolucionario. ¿Qué cambió? La realidad, seguro que no. ¿La perspectiva? Casi seguro. Claro, los progresistas de antes, que son los Gargarella y los Lozano de hoy, atacaron al peronismo de entonces, por izquierda y el resultado, curiosamente, fue el que Gargarella le imputa hoy al Kirchnerismo.
Es notable que tanto pensamiento lúcido no se haya preguntado contra quiénes se está debatiendo el gobierno. Los menciono por si alguien no los recuerda:
Esa figura turbia autodenominada “el campo”. Para desovillar de qué está compuesta y quiénes son sus adherentes recomiendo recordar a quiénes reunió la convocatoria en el monumento a los españoles, el año pasado. Seguramente a algunos de los que estuvieron allí votará Gargarella.
Clarín, La Nación, Perfil, América (del neoperonista De Narváez) y sus respectivos grupos multimediales. Claro, críticos tan lúcidos juzgarán a esos rivales de poco peso.
El progresismo principista (no de príncipes, sino de principios). Siempre se creen una alternativa (recordar el PI, Izquierda Unida, y tantos otros sellos de goma). Ahora se llaman Proyecto Sur. Siempre, como digo, se consideraron alternativa y terminaron siendo nada. Sirven para ser funcionales a quienes después terminan provocándoles arrepentimiento y, claro, la mejor herramienta verbal que disponen: la autocrítica.
Todo bien, por los que votan a Pino Solanas, o a Zamora. Son como la aspirina: si bien no te hacen, mal tampoco. Total después cuando salen terceros, cuartos y ven como Macri, De Narváez, o…. Carrió bailan arriba de un escenario, ellos se juntan en un bar, hacen un seminario o frecuentan el auditorio de ATE y evalúan autocráticamente su desempeño pensando que siguen aglutinado voluntades para el día de mañana sí, pegar el gran salto y entregarnos a todos la Gran Revolución añorada.
Cito este curioso párreafo de Gargarella:
“Y por ello, es importante rechazar la invitación que nos hacen muchos amigos progresistas, cuando argumentan que el mismo encierra en su seno fuerzas contradictorias, y nos dicen que le corresponde al progresismo trabajar (desde adentro) para consolidar las corrientes de avanzada que recorren las estructuras del gobierno”.
No, el progresismo es eso que Gargarella (y Lozano, y Solanas) propone y que en otros tiempos ya ejercieron con el radicalismo a la cabeza, todo el resto del arco políticamente correcto y bien pensante que supone que la política no es un campo de relación de fuerzas encontradas para ejercer el poder, sino una especie de terreno impecable, con el césped prolijamente cortado y unos cuantos jugadores bien intencionados que cada dos años salen un ratito a jugar a la mancha.
Pablo: ajajaja, sos un crack.....extrañaba estos mails....
mi "ambiguedad" y no "mi giro autocrítico" me permite estar de acuerdo tb con lo que vos decis; lo que sucede y quizás es lo más triste de todo, es que el contexto en que podría interpretarse lo que vos decís me lleva a pensar en que no hay más alternativa -en un país como el nuestro- que conformarnos con los postulados de los partidos tradicionales (radicalismo/peronismo; o a esta altura "peronismo/neoperonismo"), y por ende con las mutaciones de sus actores y sus matices más o menos difusos...
Es decir, en una elección que lo que se ponga en juego sea "negro o blanco", vos sabés para quien va a ir mi voto, pero eso no implica revisar ciertas políticas de fondo que no llegan a convencer del todo.
Vos observas el análisis de Lozano, y t das cuenta, como bien él lo remarcó, que lo que diferencia a Néstor de todo lo anterior es únicamente una política de gestión, pero lo que verdaderamente nos importa "a los progresistas que nos juntamos en los bares, o hacemos seminarios..." sigue estando en manos de las políticas que representan "Clarín, La Nación, Perfil, América (del neoperonista De Narváez) y sus respectivos grupos multimediales, el campo, Carrió, Solá, Michetti, Macri...."
Todo se reduciría a elegir entonces por las estructuras tradicionales que ejecuten ciertas políticas de gestión afines con la ideología de uno, pero la brecha entre los que "bailan arriba de un escenario" y los que se comen un chori en Lugano I y II sigue siendo cada vez mayor...
...a esta altura necesito que compartamos un vino...jajajaja
Abrazo... Pablo.
Yo: Observa al observador. La clave, otra vez la puedo buscar en Luhmann y toda la polémica gira alrededor de lo siguiente:
El progresismo sigue mirando la política y la economía desde el código correcto/incorrecto, en el fondo, siguen mirando la política como si fuera un problema ético. La política, en cambio hay que observarla desde el código poder/no poder, y eso es todo lo que hay en lucha: por acumular más poder para hacer lo que más se puede, sabiendo que este no es un juego de suma cero en el que uno tiene todo y los otros no tienen nada. Todos juegan con la cantidad de poder que cada uno tiene y que nunca es todo ni nada. De manera que para mi, el asunto consiste en que dadas tales circunstancias tengo que decidir (¡decidir!) a quien apoyo para que tenga más poder dado el estado de cosas vigentes y sabiendo que la lucha por el poder continúa.
El vino, cuando quieras
Beso
Pablo: deci que tengo que laburar un poco...xque esto da para tanto....no dejar de ser convincente lo que me decis....pero sigue habiendo cosas que me hacen ruido...
para alagarte un poco, (como vos hacés conmigo)..acá t están apludiendo....
mañana ponemos fecha de vino....
abrazo....
Bueno, para que la cosa sea completa también les adjunto el texto de Gargarella:
El kirchnerismo como conservadorismo Publicado por rg
La invitación era para pensar sobre el presente político, y la acepto a través de uno de los pocos modos en los que me siento cómodo haciéndolo, esto es decir, recurriendo al pasado, situando al presente en un contexto histórico más amplio. Me interesa sugerir algunas claves para pensar mejor la actual coyuntura y para eso, voy a partir de una cierta reconstrucción histórica, polémica y disputable como tantas otras.
En nuestro país, como en otros países de la región, la política estuvo marcada, desde sus orígenes, por la disputa entre al menos tres orientaciones políticas diferentes y parcialmente opuestas entre sí. Encontramos allí al proyecto conservador-autoritario, de raíces hispánicas; a un proyecto liberal descendiente del liberalismo norteamericano; y finalmente a otro proyecto de rasgos populistas-mayoritaristas, que en sus orígenes estuvo asociado con el pensamiento revolucionario francés.
Cada uno de tales modelos enfrentó, políticamente, su propio drama. El mayoritarismo de origen radical encontró insalvables problemas para hacer frente al terror generado por su amenazante presencia –terror que terminaría no sólo generando políticas represivas en su contra, sino forzando, además, un acercamiento entre las otras dos fuerzas, tradicionalmente enemigas. El conservadorismo tuvo siempre dificultades para contener las pulsiones autoritarias que habitaban en su interior, y que se desataban cada vez que llegaba al poder. El liberalismo, por su parte, fue incapaz de generar las bases de su propia estabilidad.
De aquellos tres proyectos, aquí voy a escoger sólo a uno, el liberalismo, para referirme, en primer lugar, al dilema que acostumbró a enfrentar para resolver su propio drama. En cada ocasión en que se acercaron al poder, los liberales latinoamericanos se plantearon cómo hacer para ganar la estabilidad política que, presumían, eran incapaces de asegurarse por sí mismos. ¿Tenía sentido, entonces, buscar y apelar al respaldo de las mayorías o resultaba conveniente, en cambio, buscar refugio en el altar del conservadurismo? La respuesta de los liberales tendió a ser, sistemática e inequívocamente, siempre idéntica: sólo el conservadorismo podía garantizarles la perdurabilidad que anhelaban y que se sentían incapaces de garantizar de otra forma, por medios propios.
Esa fue la respuesta habitual del liberalismo frente a su principal drama, pero también el origen de su tragedia. Una y otra vez, el abrazo al conservadorismo se convirtió en un abrazo mortal: aliados con los conservadores, los liberales prorrogaron su estadía en el poder, pero a un precio demasiado alto que implicó, normalmente, que el liberalismo resultara fagocitado, al poco tiempo, por su fuerza rival.
Esta referencia histórica fue la que me vino en mente en los primeros días del kirchnerismo, cuando trataba de desentrañar hacia dónde iría dicha corriente, y me preguntaba si tenía sentido confiar en ella. En ese entonces, a mi parecer, el kirchnerismo se presentaba como una alternativa con ribetes liberales, frente al conservadurismo duhaldista: pedía renovar la justicia (lo que le llevaría a cambiar la Corte, su medida más inmediata y atractiva), criticaba duramente al “aparato” peronista tradicional, pedía por la renovación política generacional y alentaba en consecuencia una reforma política profunda. Fueron días, nada más, lo que duró esa ilusión reformista. Inmediatamente, el kirchnerismo se enfrentó con el drama de siempre: cómo estabilizarse en el poder, sobre todo en una situación tan difícil (veníamos, recordemos, de la explosión política del 2001). De modo poco sorpresivo, Kirchner se preguntó cuál de dos alternativas seguir: tratar de expandir su base de apoyo popular —una estrategia que, como a tantos, se le ocurrió una apuesta volátil, escurridiza, finalmente incierta— o buscar lo que parecía más seguro, abrazándose al conservadorismo —en este caso, el conservadorismo representado por el “aparato” justicialista poco antes repudiado.
La decisión de Kirchner fue inmediata en favor de la opción conservadora, y ésa es la tragedia que hoy enfrentamos. La reforma política se archivó; se tomaron medidas sistemáticas que vaciaron la política de sentido y realidad (notablemente, destruyendo las cifras estadísticas oficiales, que son las que, por caso, permiten planificar una política); se pasó a amenazar a los jueces a través de la toma de control del Consejo de la Magistratura; se socavó la autoridad del Congreso trasladándole al Ejecutivo el control discrecional del presupuesto.
La retórica del kirchnerismo, desde un comienzo, apeló a valores progresistas pero fue, en cada área, indudable y decididamente, favorable a los grandes grupos económicos y a una de las peores versiones del capitalismo “de derrame”: se habló de ecología, pero se vetó la ley de glaciares; se habló del medio ambiente, mientras se le abría el camino a la explotación minera a cielo abierto; se habló de una reforma de avanzada en materia de medios de comunicación, mientras se distribuía la publicidad oficial de modo discrecional y se renovaban las licencias de los grandes medios; se inauguró una guerra retórica contra “el campo,” luego de tomar al monocultivo de soja como única política agrícola (de 30 millones de hectáreas cultivables, el área de la soja aumentó un 50%, en los años de Kirchner, de 10 a 15 millones de hectáreas!). Se invocaron los derechos humanos como si ellos se agotaran en el juzgamiento de los crímenes del pasado (una iniciativa que tampoco se respaldó como se debía, con más personal, más jueces, mejores reglas, más infraestructura, más recursos, y un programa de protección de testigos), y como si ello amparase la consistente violación de derechos humanos presentes (derechos económicos y sociales, por caso). Lo peor de todo ello: el país crecía a un 8% anual pero la desigualdad —durante todo el período— se mantenía o aumentaba. Ello, en condiciones en donde los peor situados quedaban en su piso más bajo de décadas, con el control, solamente, del 20% de la “torta” económica nacional (es bueno recordar que la participación de los trabajadores en la riqueza generada llegó a casi el 50% con el primer peronismo y se mantuvo en esos niveles durante años, para bajar al 25% durante la última dictadura, y subir al 30% durante la presidencia de Alfonsín). La pregunta que uno se hace es: ¿si el gobierno impidió cambios progresistas en la distribución de la riqueza durante épocas de bonanza económica, quién puede esperar cambios progresistas, redistributivos, en épocas de recesión?
Tales datos representan, para mí, señales inequívocas del conservadorismo kirchnerista. Y por ello, es importante rechazar la invitación que nos hacen muchos amigos progresistas, cuando argumentan que el mismo encierra en su seno fuerzas contradictorias, y nos dicen que le corresponde al progresismo trabajar (desde adentro) para consolidar las corrientes de avanzada que recorren las estructuras del gobierno. Según tratara de sostener, el kirchnerismo, en la práctica, no aparece atenazado entre dos fuerzas contradictorias —una regresiva, la otra progresiva. Lo que hay, en todo caso, es una retórica de apelación progresista, frente a una práctica permanente, indubitable, y sistemática, de orientación conservadora: conservadora en la preservación de una desigualdad extrema, en tiempos de crecimiento económico; conservadora en su decisión de entregar la economía a pocas manos (los dueños de las empresas mineras y petroleras, por caso); conservadora en su política agraria; conservadora en su política de medios; conservadora en términos de política institucional. ¿Es que las alternativas son mucho peores? No, ése es otro mito que conviene erradicar, ya que hay alguna vida interesante fuera de los planteles del gobierno. De todos modos, sobre eso, podemos volver en otra oportunidad.