Sociedad y Educación

miércoles, octubre 06, 2010

A propósito de Facebook (nos mudamos)

A instancias de un gran amigo mío, hace apenas tres días que formo parte de la red social Facebook, con el sólo propósito de que mis reflexiones sociológicas, políticas, filosóficas y educativas que suelo volcar en el blog, alcancen una mayor difusión y, por lo tanto, estén más expuestas a la crítica de los lectores.
Para que eso sea posible ahora posteo mis elucubraciones en http://barsociológico.blogspot.com/ . Sirva entonces esta entrada como despedida (tal vez momentánea) de “Sociedad y Educación” ( http://sociedadyeducacion.blogspot.com/ ) y como anuncio de inauguración del “bar sociológico”, que así se llama el nuevo blog, con Facebook incluido. El motivo del cambio obedece a que cuando quise importar el blog “Educación y Sociedad” a Facebook, por alguna razón que desconozco, la operación fracasó (y aclaro que hice más de un intento).
De paso les comento que el nombre del nuevo blog, “Bar sociológico”, obedece a que ya casi no hay filósofos de café porque ahora todas y todos son sociólogos de café. La razón es obvia: la culpa de todo ya no es de la religión, la metafísica, la ciencia o la ética, sino que todo recae en la sociedad, y bueno, los filósofos de café se reciclaron y ahora son sociólogos de café, como mandan los tiempos. A propósito de todo esto, y después de ingresar durante estos tres días, una y otra vez a Facebook, me subí a un tren de suposiciones al que quisiera invitarlos sólo por un rato.
Supongamos, por un momento, y para empezar, que la sociedad es un gran entramado compuesto por infinitas redes sociales. Supongamos también, y ahora estadísticamente hablando, que cada una de esas infinitas redes tiene un comportamiento comunicativo medio, que hace que la sociedad en su conjunto pueda comprenderse como una inmensa curva gaussiana, es decir, un espacio en el que la mayoría de sus integrantes se comporta más o menos de la mismo modo y se agrupan en le medio de la campana y los que adoptan otras formas comunicativas se van desplazando hacia los extremos. No por último, supongamos que Facebook es una de esas infinitas redes sociales que componen esa gran red de redes que es la sociedad y supongamos, para finalizar, que lo que a mi me tocó ver y leer en facebook es, ni más ni menos, que el comportamiento comunicativo medio de la sociedad o, en otras palabras, que Facebook es una buena representación de las cosas que dice el término medio de la gente cuando se comunica. Estoy preocupado.

martes, septiembre 14, 2010

Los discursos sobre educación: una larga canción de Arjona

Ayer estuve en la ceremonia inaugural del Congreso Iberoamericano de Educación, Metas 2021. El discurso de apertura estuvo a cargo del escritor colombiano, William Ospina. La presentación del escritor estuvo a cargo de uno de los organizadores del congreso, cuyo nombre no recuerdo. En esa presentación hizo referencia a las obras escritas por el orador y a los premios literarios que había ganado. De inmediato me di cuenta qué poco había leído en mi vida.
Después empezó la alocución del disertante. Mientras escuchaba el discurso saqué algunas conclusiones que me gustaría compartir con ustedes en este espacio:
1. ¡Cuántas cosas se pueden decir sobre la educación!
Sobre la educación se pueden decir un montón de cosas que, para simplificar, me pareció oportuno recurrir a algunas de las categorías estructurales y funcionales del relato greimasciano. Básicamente sobre la educación se pueden decir cosas sobre lo que hace, lo que debe, y lo que puede, y de sus correspondientes negaciones: lo que no hace, lo que no puede, y lo que no debe. También se pueden vincular esas categorías, entonces uno puede hablar del hacer hacer de la educación (su capacidad para orientar las voluntades de otros o, si ustedes prefieren, para manipularlos); el hacer deber (obligar a actuar o comportarse del modo que la educación dice que hay que actuar y comportarse); y, también, el hacer poder (esa virtud educativa que la hace capaz de modificar las habilidades y destrezas de los otros). Les dejo a ustedes el ingenioso juego de catalogar las otras combinaciones posibles con sus posibles negaciones (por ejemplo el no hacer poder de la educación o el no deber no poder).
Cuando uno escucha discursos como el de William tiene la sensación de que todo eso está contenido allí, y seguramente mucho más que ni el mismísimo Greimas fue capaz de escudriñar.
2. Todo lo que se puede decir sobre la educación puede ser igualmente elogiado y criticado.
Las cualidades de la educación tienen una curiosa cualidad: todas ellas pueden ser positivas y negativas, incluso para el mismo evaluador. Por eso, los discursos educativos son tan proclives a parecerse a las canciones de Diego Torres o Ricardo Arjona: con unos pocos ingredientes valorativos convenientemente aderezados con una pizca de voluntarismo, y algo de pronósticos alentadores, compensados sabiamente con una buena dosis de panoramas sombríos, seguramente cualquiera puede armar una buena disertación educativa que arranque aplausos genuinos del auditorio. Eso si, lo que se dice tiene que tener el estilo sloganero de Arjona, combinado con citas eruditas, si es posible, con frases de escritores clásicos, muy propias para las reflexiones de calendario. La figura de la paradoja siempre resulta excitante para los oídos (no sé si produce el mismo efecto en el intelecto).
3. Los elogios y las críticas sobre el mismo aspecto educativo pueden incluirse en el mismo discurso.
Esto será posible, sobre todo, si la ponencia es suficientemente larga, y, entre una afirmación y su negación correspondiente, se dicen otras cosas que, también a su tiempo, serán afirmadas o negadas, según lo que se haya hecho primero. Esto es factible porque ninguna ponencia, sea positivista, romántica, crítica o funcionalista (o todas esas cosas al mismo tiempo), le exige al auditorio estar atento a las contradicciones, porque lo que se busca en la disertación es la apelación no tanto al uso del raciocinio, sino más bien al impacto de lo dicho en la sensibilidad de los oyentes.
El campo educativo da para todo y para todos. Nadie debería privarse, alguna vez, de intentar reflexionar y decir algo sobre él, porque seguramente, en algún punto la pegará. Es un campo amplio, flexible, maleable que hace que la conclusión de conclusiones a la que arribo me permita suponer que ustedes la compartirán, seguramente, conmigo:
¡qué generoso es el campo educativo, con todos nosotros, y con los otros!

sábado, febrero 27, 2010

Inicio de clases

La escuela es el lugar en el que se cuentan muchas historias y de las más variadas formas. Les contamos la historia de cómo se habla y se escribe (bien), les contamos historias hechas con números y símbolos, historias de cómo es el universo, la tierra, el mundo, la sociedad y los individuos, la historia de seres superiores y de superhéroes.
La escuela a la que yo asistí cuando era adolescente tenía una diferencia con la escuela de estos tiempos. Aquella se presentaba como la institución en la que las historias que se contaban eran únicas y verdaderas.
La escuela de hoy perdió ese privilegio. Ahora sus historias compiten en ingualdad de condiciones (y a veces en desventaja) con las historias que se cuentan en Internet, en la tele, en los diarios, en las revistas y en el cine. Las historias que se cuentan en la escuela pasaron a ser una historia entre muchas y, hasta en muchos casos, con un valor inferior a las que se cuentan en otras partes.
Lo que se escucha en la escuela es una versión más de todo lo que hay para decir. Nosotros lo enseñamos como lo verdadero, como la versión única, pero después ustedes, cuando salen a la calle, se dan cuenta que no es así. y en eso reside el valor de las historias que circulan por las aulas: en el hecho de que nos obliga a confrontarlas con otras versiones que hay sobre los mismos asuntos.
Por eso, y a pesar de todo esto, hay que ir a la escuela a escuchar sus historias. No tanto por su valor, sino por el mandato social que las sostienen. Y aquí aparece la paradoja: tal vez las historias que se cuentan en la escuela no sean las mejores, pero si no se disponen a escuacharlas, el remedio termina siendo peor que la enfermedad.

domingo, febrero 14, 2010

De Zygmunt Bauman a George Clooney: amor y modernidad líquidos y sin escalas

Quienes ya hayan visto o tengan pensado ir al cine a ver Up in the air (amor sin escalas), la película que protagonizan George Clooney y Vera Farmiga, pueden verla, si lo desean, en clave sociológica, según la mirada del sociólogo Zygmunt Bauman. Para tentarlos con las tres propuestas (ver la película, leer a Bauman y relacionar las dos cosas) a continuación pueden acceder a la edición hecha por mí de los fragmentos más sociológicos del film, y luego acompañarlos con extractos de textos tomados de libros del sociólogo.

video

Como todas las lecturas son sólo recortes de la multiplicidad de significados que ofrecen los discursos sociales (los libros y las películas son justamente eso), mi lectura no puede ser la excepción. En este caso me detuve en cuestiones vinculadas con conceptos tales como goblalización, glocalización, amor líquido, y, particularmente, en las características de la distinción que hace Bauman entre “turistas” y “vagabundos” para referirse, respectivamente a quienes han podido ingresar al mundo global y los que se quedaron afuera llevando una vida errante en su mundo local.
Los textos seleccionados están agrupados según el fragmento de la película al que aluden, de acuerdo con mi lectura. Los libros de Bauman que utilicé para esta entrada son los siguientes:
Bauman, Zygmunt (1998): La globalización. Consecuencias humanas. Editorial Fondo de Cultura Económica, Brasil.
Bauman, Zygmunt (2002): Modernidad Líquida. Editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
Bauman, Zygmunt (2004): La sociedad sitiada. Editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires. Espero que les guste y que la relación establecida les sea útil.
Globalización - Glocalización
“… Juntamente con las dimensiones planetarias emergentes de los negocios, las finanzas, el comercio y el flujo de información, se pone en marcha un proceso “localizador”, de fijación del espacio… Lo que para algunos aparece como globalización, es localización para otros; lo que para algunos es la señal de una nueva libertad cae sobre muchos más como un hado cruel e inesperado. La movilidad asciende al primer lugar entre los valores codiciados; la libertad de movimientos, una mercancía siempre escasa y distribuida de manera desigual, se convierte rápidamente en el factor de estratificación en nuestra época moderna tardía o posmoderna." (Bauman, Z., 1998: 8)
"… los efectos de la nueva condición son drásticamente desiguales. Algunos nos volvemos plena y verdaderamente “globales”; otros quedan detenidos en su “localidad”, un trance que no resulta agradable ni soportable en un mundo en el que los “globales” dan el tono e imponen las reglas del juego de la vida." (Bauman, Z., 1998: 8-9)
"Se podría empezar a hablar del “fin de la geografía”. Las distancias ya no importan y la idea del límite geofísico es cada vez más difícil de sustentar en el “mundo real”." (Bauman, Z., 1998: 20-21)
"…los llamados procesos “globalizadores” redundan en la redistribución de privilegios y despojos, riqueza y pobreza, recursos y desposesión, poder e impotencia, libertad y restricción. Observamos una reestratificación mundial, en cuyo transcurso se crea una nueva jerarquía sociocultural, una escala mundial. … La libertad de elección de unos es el destino cruel de otros. Y puesto que los “otros” tienden a crecer en número y hundirse cada vez más profundamente en la desesperación de una vida carente de perspectivas, sería conveniente hablar de glocalización (feliz creación de Ronald Robertson, que habla de la unidad indisoluble de las presiones “globalizadoras” y “localizadoras”, un fenómeno que el concepto unilateral de globalización pasa por alto) y definirla como el proceso de concentración no sólo del capital, las finanzas y demás recursos de la elección y la acción efectiva, sino también –y quizá principalmente- de libertad para moverse y actuar (dos libertades que, para todos los fines prácticos, se han hecho sinónimos." (Bauman, Z., 1998: 94-95)
Individualismo - aislamiento ("es una elección de vida" - G. Clooney -)
"las elites han optado por el aislamiento, pagan por él generosamente y de buen grado. El resto de la población se encuentra excluida y obligada a pagar el fuerte precio cultural, psicológico y político del nuevo aislamiento. Los que no pueden optar por vivir aisladamente y pagar los costes correspondientes de seguridad… se los coloca lisa y llanamente “afuera” sin consultarlos…" (Bauman, Z., 1998: 32-33)
"No solidarizarse con el otro sino evitarlo, separarse de él: tal es la gran estrategia de supervivencia en la megalópolis moderna. Tampoco es cuestión de amar u odiar al prójimo, sino mantenerlo a distancia: así se anula el dilema y se vuelve innecesario elegir entre el amor y el odio." (Bauman, Z., 1998: 66)
Relaciones interpersonales – (des) compromiso ("convénceme de casarme")
"Cada juramento de lealtad, cada compromiso, debería incluir la cláusula “hasta nuevo aviso”. Sólo cuenta la volatilidad, la temporalidad intrínseca de todos los compromisos; ésta es más importante que el compromiso en sí, al que, por otra parte, no se le permite durar más que el tiempo necesario para consumir el objeto de deseo…" (Bauman, Z., 1998: 108)
"… La modernidad “fluida” es una época de descompromiso, elusividad, huida fácil y persecución sin esperanzas. En la modernidad “líquida” dominan los más elusivos, los que tienen libertad para moverse a su antojo." (Bauman, Z., 2002: 128-129)
"…en la modernidad “líquida”, la duración eterna no cumple ninguna función. El “corto plazo” ha reemplazado al “lago plazo” y ha convertido la instantaneidad en ideal último." (Bauman, Z., 2002: 134)
"El compromiso, particularmente el compromiso a largo plazo, y más especialmente el compromiso incondicional, es visto cada vez más como la antítesis de una buena (posible, feliz, placentera) vida." (Bauman, Z., 2004: 187)
"Los compromisos a largo plazo y los lazos duraderos atan de pies y manos, como la misma palabra lo sugiere. Por lo tanto, ni “tener ni “ser” parecen seguir siendo una opción razonable. (Bauman, Z., 2004: 188)
"Con “socialidad” se quiere decir que el objeto de conectarse es construir vínculos sociales; pero hoy en día el verdadero énfasis se pone en la facilidad para desmantelar los vínculos, en vínculos que son tan fáciles de romper como de forjar. (Bauman, Z., 2004: 190)
Estratificación social – movilidad (“gusanos vs. Tiburones” G. Clooney)- ("Turistas vs. vagabundos" Z. Bauman)
“Una diferencia entre “los de arriba” y “los de abajo” es que los primeros pueden alejarse de los segundos, pero no a la inversa… Hay otra diferencia: “los de arriba” tienen la satisfacción de andar por la vida a voluntad, de elegir sus destinos de acuerdo con los placeres que ofrecen. En cambio, a “los de abajo” les sucede que los echan una y otra vez del lugar que quisieran ocupar. (Bauman, Z., 1998: 114-115)
"… el “acceso a la movilidad global se ha convertido en el más elevado de todos los factores de estratificación. (Bauman, Z., 1998: 115)
"Todos pueden ser viajeros, de hecho o por premonición, pero existe un abismo difícil de franquear entre las vivencias respectivas en lo alto y lo bajo de la escala de libertad." (Bauman, Z (1998): 116)
"La aclamada "globalización" está estructurada para satisfacer los sueños y los deseos de los turistas. Su efecto secundario -un efecto colateral, pero inevitable- es la trasnformacikón en muchos más en vagabundos. Éstos son viajeros a los que se les niega el derecho de transformarse en turistas. No se les permite quedarse quietos (no hay lugar que garantice su permanencia, el fin de la movilidad indeseable) ni buscar un lugar mejor." (Bauman, Z. (1998): 122)
"Los turistas viajan porque quieren; los vagabundos porque no tienen otra elección soportable." (Bauman, Z. (1998): 122)
"…. Las personas que se mueven y actúan más rápido, las que más se acercan a la instantaneidad del movimiento, son ahora las personas dominantes…. La dominación consiste en la capacidad de escapar, de “descomprometerse”, de “estar en otra parte”, y en el derecho a decidir la velocidad con la que se hace todo eso… La batalla contemporánea de la dominación está entablada entre fuerzas equipadas, respectivamente, con las armas de la aceleración y la demora. (Bauman, Z., 2002: 128-129)
Desposesión (de bienes y personas) –libertad y autonomía personal
“… dominan las personas que consiguen mantener sus actos en libertad, sin regulación y, por lo tanto, impredecibles, mientras regulan normativamente (rutinizan, es decir, vuelven monótonos, repetitivos y predecibles) los actos de otras personas. Las personas que tienen las manos libres dominan a las personas que tienen las manos atadas…" (Bauman, Z., 2002: 128-129)
"El privilegio de los poderosos de hoy, y lo que los hace poderosos, es la capacidad –al estilo Bill Gates- de acortar el lapso de la durabilidad, de olvidar el “largo plazo”, de centrarse en la manipulación de lo transitorio y no de lo durable, de deshacerse de las cosas con ligereza para dejar espacio a otras cosas igualmente transitorias y destinadas a consumirse." (Bauman, Z., 2002: 134-135)
"…el suelo en el que descansaba la oposición ortodoxa entre “tener” y “ser” se ha derrumbado. Ninguna de las dos opciones parece ser especialmente atractiva; ambas producen rechazo, y tienden a ser evitadas. Ambas implican una dependencia: la primera en posesiones, la segunda en otra gente."(Bauman, Z., 2004: 187)

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martes, junio 30, 2009

¿Quién ganó las elecciones?

Es sabido desde mucho antes de Minguito, que el periodismo se ha constituido en uno de los poderes más influyentes de la política. Y, gracias a él, sabemos que hoy cualquiera puede ser periodista: alcanza con poder opinar (no necesariamente saber hacerlo). Es sabido, también, que desde hace ya mucho, la tarea informativa quedó subordinada al prioritario trabajo estratégico que cumple este grupo de poder. Además, se sabe que desde que la relativa mirada del observador sustituyó (afortunadamente) al punto de vista único que emana de alguna autoridad, se esfumó la idea de que es posible que haya una descripción o una narración objetiva de algún hecho, acontecimiento o estado del mundo. Por último es tan antigua como la sofística y la retórica mismas la posibilidad de construir discursos para orientar el pensamiento de auditorios y lectores en el sentido que más convenga a los intereses que se defienden. El periodismo en su conjunto es conciente de estos cuatro rasgos de la vida moderna que están muy relacionados con su actividad y los explota al máximo.
Dentro de este contexto, se puede decir mucho o se puede decir poco para llevar adelante la aceptación del discurso que se construye. Pasa con todos los temas y también pasó con el resultado de las elecciones. ¿Quién ganó?
Asumamos, como sostiene todo el periodismo y, detrás de él la mayor parte de la población, que el gobierno perdió. Asumamos, también, que haber obtenido el gobierno el 30% de los votos a nivel nacional es peor que haber obtenido el 70 % de los votos restantes sumados todos los votos de la oposición, con el agregado de que ningún miembro de ese gran frente opositor, por si solo, obtuvo un porcentaje mayor que el gobierno. Dicho en pocas palabras, todos contra uno, pero ninguno de la pandilla pudo más, por si solo, que el rival al que tenían que pegarle todos juntos, aunque simularan ir separados (para muestra alcanza con recordar la explicación que dio la Dra. Carrió sobre el desempeño de su agrupación en la Capital Federal: “nuestro objetivo ha sido logrado: perdió el Kirschnerismo”).
Todo bien. El gobierno perdió las elecciones, pero, ¿quién ganó? Esto es algo que el periodismo de mayor llegada no dice con todas las letras haciendo uso de ese recurso retórico que mencionábamos antes: dice más para decir menos, o dice menos para no decir todo. ¿Quién ganó?
Ganó la derecha. Decir esto es aceptar que también es valido el punto de vista que observa el fenómeno desde el plano ideológico por encima del de la fama de las personas, de su capacidad humorística o de financiamiento, o de su frecuencia de aparición mediática. Quiero decir que todavía es posible ver el fenómeno de la política en términos ideológicos.
Asumamos que quienes votaron a los ganadores saben qué y a quiénes votaron y, por lo tanto, saben quién y qué es la derecha en materia de Estado, política, economía, seguridad, salud, educación, etc. Saben, por lo tanto (y eso es lo que quieren) que:
• Los problemas económicos se resuelven con ajustes sobre los ingresos de la población menos aventajada.
• Los desequilibrios entre oferta y demanda se resuelven con despidos.
• Los problemas de seguridad civil (la seguridad social no les preocupa tanto) se resuelven con mayor represión.
• Los problemas de salud y educación son sólo los problemas de los que pueden pagar las soluciones.
• El Estado tiene un rol subsidiario al de la actividad privada que está destinada a ser la que concentra los mayores beneficios bajo gobiernos de ese signo.
• La democracia es su gobierno preferido cuando no tienen miedo, pero que las dictaduras es lo que prefieren cuando están asustados (perdón Gramsci, por el plagio)
Por suerte los que votaron a los que ganaron saben todo esto así que no tenemos de qué preocuparnos. Lo saben, pero lo que no está del todo claro es si la mayoría de ellos recuerdan que ya pasaron por experiencias parecidas y que, para la mayoría, esas experiencias no fueron del todo felices. Bueno, no importa, igual ellos después saben qué decir o tienen quién diga las cosas por ellos.
Dos aclaraciones antes de terminar:
La primera. Felicitaciones también para la izquierda ilustrada que también ganó en esta compulsa despareja. Como de costumbre, ellos siempre saben ser funcionales a la derecha con tal de no mancharse ni la moral, ni las ideas (ni las gorras). Tampoco sabemos si recuerdan cuántos como ellos ya intentaron lo mismo. Aquí, por las dudas, va una pequeña lista (de algunos me acuerdo los nombres de sus mayores exponentes): PI (Oscar Allende), FIP (Jorge Abelardo Ramos), Frente Grande, Izquierda Unida (Néstor Vicente), la Alianza, etc.
La segunda. Por supuesto, el Kirschnerismo no fue ni es, por lejos, lo mejor que nos pudo haber pasado. Pero, créanme, tal como están presentadas las cosas y dada la oferta que hubo, lo que ganó me despierta más temores que esperanza. Pero seguro eso me pasa por haber perdido.

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viernes, junio 19, 2009

Discusiones con mi hijo

La semana pasada mi hijo Pablo me envió un mail explicándome las razones de por qué él va a votar a Pino Solanas. A partir de ese envío se generó un intercambio ciberepistolar que quiero compartir con ustedes:

Pablo: Luego de ver ayer a Claudio Lozano (con el Gordo Lanata), dando casi una clase magistral de economía política -y postulando la economía que uno siempre adhirío, y que me llevó a decidirme por mi voto, de las próximas elecciones del 28 de junio, hacia el partido "Proyecto Sur" que el mismo Lozano integra, y cuya principal figura reposa en Pino Solanas-, sumado a este artículo de Gargarella -que t adjunto-, y a lo que uno aprecia a diario en el ámbito judicial en lo que respecta a cierto tipo de denuncias que investigamos, me hizo repensar que ciertas defensas que he realizado sobre la política oficial, debieron haber estado precedidas de un análisis un poco más profundo...

cuando tengas tiempo, leete el artículo de Gargarella que t adjunto y despues comentame que t parece...
abrazo..Pablo.

Yo: Bien, acabo de leer el artículo de Gargarella y tu “giro autocrítico”. Adelante. Es un debate ya transitado en otros tiempos, con un cambio de actores. Lo mismo que Gargarella dice hoy, se dijo hace 50 o 60 años del peronismo. Y hoy se dice del peronismo de aquel tiempo que fue revolucionario. ¿Qué cambió? La realidad, seguro que no. ¿La perspectiva? Casi seguro. Claro, los progresistas de antes, que son los Gargarella y los Lozano de hoy, atacaron al peronismo de entonces, por izquierda y el resultado, curiosamente, fue el que Gargarella le imputa hoy al Kirchnerismo.

Es notable que tanto pensamiento lúcido no se haya preguntado contra quiénes se está debatiendo el gobierno. Los menciono por si alguien no los recuerda:

Esa figura turbia autodenominada “el campo”. Para desovillar de qué está compuesta y quiénes son sus adherentes recomiendo recordar a quiénes reunió la convocatoria en el monumento a los españoles, el año pasado. Seguramente a algunos de los que estuvieron allí votará Gargarella.
Clarín, La Nación, Perfil, América (del neoperonista De Narváez) y sus respectivos grupos multimediales. Claro, críticos tan lúcidos juzgarán a esos rivales de poco peso.
El progresismo principista (no de príncipes, sino de principios). Siempre se creen una alternativa (recordar el PI, Izquierda Unida, y tantos otros sellos de goma). Ahora se llaman Proyecto Sur. Siempre, como digo, se consideraron alternativa y terminaron siendo nada. Sirven para ser funcionales a quienes después terminan provocándoles arrepentimiento y, claro, la mejor herramienta verbal que disponen: la autocrítica.
Todo bien, por los que votan a Pino Solanas, o a Zamora. Son como la aspirina: si bien no te hacen, mal tampoco. Total después cuando salen terceros, cuartos y ven como Macri, De Narváez, o…. Carrió bailan arriba de un escenario, ellos se juntan en un bar, hacen un seminario o frecuentan el auditorio de ATE y evalúan autocráticamente su desempeño pensando que siguen aglutinado voluntades para el día de mañana sí, pegar el gran salto y entregarnos a todos la Gran Revolución añorada.

Cito este curioso párreafo de Gargarella: “Y por ello, es importante rechazar la invitación que nos hacen muchos amigos progresistas, cuando argumentan que el mismo encierra en su seno fuerzas contradictorias, y nos dicen que le corresponde al progresismo trabajar (desde adentro) para consolidar las corrientes de avanzada que recorren las estructuras del gobierno”.

No, el progresismo es eso que Gargarella (y Lozano, y Solanas) propone y que en otros tiempos ya ejercieron con el radicalismo a la cabeza, todo el resto del arco políticamente correcto y bien pensante que supone que la política no es un campo de relación de fuerzas encontradas para ejercer el poder, sino una especie de terreno impecable, con el césped prolijamente cortado y unos cuantos jugadores bien intencionados que cada dos años salen un ratito a jugar a la mancha.

Pablo: ajajaja, sos un crack.....extrañaba estos mails....

mi "ambiguedad" y no "mi giro autocrítico" me permite estar de acuerdo tb con lo que vos decis; lo que sucede y quizás es lo más triste de todo, es que el contexto en que podría interpretarse lo que vos decís me lleva a pensar en que no hay más alternativa -en un país como el nuestro- que conformarnos con los postulados de los partidos tradicionales (radicalismo/peronismo; o a esta altura "peronismo/neoperonismo"), y por ende con las mutaciones de sus actores y sus matices más o menos difusos...

Es decir, en una elección que lo que se ponga en juego sea "negro o blanco", vos sabés para quien va a ir mi voto, pero eso no implica revisar ciertas políticas de fondo que no llegan a convencer del todo.

Vos observas el análisis de Lozano, y t das cuenta, como bien él lo remarcó, que lo que diferencia a Néstor de todo lo anterior es únicamente una política de gestión, pero lo que verdaderamente nos importa "a los progresistas que nos juntamos en los bares, o hacemos seminarios..." sigue estando en manos de las políticas que representan "Clarín, La Nación, Perfil, América (del neoperonista De Narváez) y sus respectivos grupos multimediales, el campo, Carrió, Solá, Michetti, Macri...."

Todo se reduciría a elegir entonces por las estructuras tradicionales que ejecuten ciertas políticas de gestión afines con la ideología de uno, pero la brecha entre los que "bailan arriba de un escenario" y los que se comen un chori en Lugano I y II sigue siendo cada vez mayor...


...a esta altura necesito que compartamos un vino...jajajaja

Abrazo... Pablo.

Yo: Observa al observador. La clave, otra vez la puedo buscar en Luhmann y toda la polémica gira alrededor de lo siguiente:

El progresismo sigue mirando la política y la economía desde el código correcto/incorrecto, en el fondo, siguen mirando la política como si fuera un problema ético. La política, en cambio hay que observarla desde el código poder/no poder, y eso es todo lo que hay en lucha: por acumular más poder para hacer lo que más se puede, sabiendo que este no es un juego de suma cero en el que uno tiene todo y los otros no tienen nada. Todos juegan con la cantidad de poder que cada uno tiene y que nunca es todo ni nada. De manera que para mi, el asunto consiste en que dadas tales circunstancias tengo que decidir (¡decidir!) a quien apoyo para que tenga más poder dado el estado de cosas vigentes y sabiendo que la lucha por el poder continúa.

El vino, cuando quieras

Beso

Pablo: deci que tengo que laburar un poco...xque esto da para tanto....no dejar de ser convincente lo que me decis....pero sigue habiendo cosas que me hacen ruido...

para alagarte un poco, (como vos hacés conmigo)..acá t están apludiendo....

mañana ponemos fecha de vino....

abrazo....

Bueno, para que la cosa sea completa también les adjunto el texto de Gargarella:

El kirchnerismo como conservadorismo
Publicado por rg

La invitación era para pensar sobre el presente político, y la acepto a través de uno de los pocos modos en los que me siento cómodo haciéndolo, esto es decir, recurriendo al pasado, situando al presente en un contexto histórico más amplio. Me interesa sugerir algunas claves para pensar mejor la actual coyuntura y para eso, voy a partir de una cierta reconstrucción histórica, polémica y disputable como tantas otras.

En nuestro país, como en otros países de la región, la política estuvo marcada, desde sus orígenes, por la disputa entre al menos tres orientaciones políticas diferentes y parcialmente opuestas entre sí. Encontramos allí al proyecto conservador-autoritario, de raíces hispánicas; a un proyecto liberal descendiente del liberalismo norteamericano; y finalmente a otro proyecto de rasgos populistas-mayoritaristas, que en sus orígenes estuvo asociado con el pensamiento revolucionario francés.

Cada uno de tales modelos enfrentó, políticamente, su propio drama. El mayoritarismo de origen radical encontró insalvables problemas para hacer frente al terror generado por su amenazante presencia –terror que terminaría no sólo generando políticas represivas en su contra, sino forzando, además, un acercamiento entre las otras dos fuerzas, tradicionalmente enemigas. El conservadorismo tuvo siempre dificultades para contener las pulsiones autoritarias que habitaban en su interior, y que se desataban cada vez que llegaba al poder. El liberalismo, por su parte, fue incapaz de generar las bases de su propia estabilidad.

De aquellos tres proyectos, aquí voy a escoger sólo a uno, el liberalismo, para referirme, en primer lugar, al dilema que acostumbró a enfrentar para resolver su propio drama. En cada ocasión en que se acercaron al poder, los liberales latinoamericanos se plantearon cómo hacer para ganar la estabilidad política que, presumían, eran incapaces de asegurarse por sí mismos. ¿Tenía sentido, entonces, buscar y apelar al respaldo de las mayorías o resultaba conveniente, en cambio, buscar refugio en el altar del conservadurismo? La respuesta de los liberales tendió a ser, sistemática e inequívocamente, siempre idéntica: sólo el conservadorismo podía garantizarles la perdurabilidad que anhelaban y que se sentían incapaces de garantizar de otra forma, por medios propios.
Esa fue la respuesta habitual del liberalismo frente a su principal drama, pero también el origen de su tragedia. Una y otra vez, el abrazo al conservadorismo se convirtió en un abrazo mortal: aliados con los conservadores, los liberales prorrogaron su estadía en el poder, pero a un precio demasiado alto que implicó, normalmente, que el liberalismo resultara fagocitado, al poco tiempo, por su fuerza rival.

Esta referencia histórica fue la que me vino en mente en los primeros días del kirchnerismo, cuando trataba de desentrañar hacia dónde iría dicha corriente, y me preguntaba si tenía sentido confiar en ella. En ese entonces, a mi parecer, el kirchnerismo se presentaba como una alternativa con ribetes liberales, frente al conservadurismo duhaldista: pedía renovar la justicia (lo que le llevaría a cambiar la Corte, su medida más inmediata y atractiva), criticaba duramente al “aparato” peronista tradicional, pedía por la renovación política generacional y alentaba en consecuencia una reforma política profunda. Fueron días, nada más, lo que duró esa ilusión reformista. Inmediatamente, el kirchnerismo se enfrentó con el drama de siempre: cómo estabilizarse en el poder, sobre todo en una situación tan difícil (veníamos, recordemos, de la explosión política del 2001). De modo poco sorpresivo, Kirchner se preguntó cuál de dos alternativas seguir: tratar de expandir su base de apoyo popular —una estrategia que, como a tantos, se le ocurrió una apuesta volátil, escurridiza, finalmente incierta— o buscar lo que parecía más seguro, abrazándose al conservadorismo —en este caso, el conservadorismo representado por el “aparato” justicialista poco antes repudiado.

La decisión de Kirchner fue inmediata en favor de la opción conservadora, y ésa es la tragedia que hoy enfrentamos. La reforma política se archivó; se tomaron medidas sistemáticas que vaciaron la política de sentido y realidad (notablemente, destruyendo las cifras estadísticas oficiales, que son las que, por caso, permiten planificar una política); se pasó a amenazar a los jueces a través de la toma de control del Consejo de la Magistratura; se socavó la autoridad del Congreso trasladándole al Ejecutivo el control discrecional del presupuesto.

La retórica del kirchnerismo, desde un comienzo, apeló a valores progresistas pero fue, en cada área, indudable y decididamente, favorable a los grandes grupos económicos y a una de las peores versiones del capitalismo “de derrame”: se habló de ecología, pero se vetó la ley de glaciares; se habló del medio ambiente, mientras se le abría el camino a la explotación minera a cielo abierto; se habló de una reforma de avanzada en materia de medios de comunicación, mientras se distribuía la publicidad oficial de modo discrecional y se renovaban las licencias de los grandes medios; se inauguró una guerra retórica contra “el campo,” luego de tomar al monocultivo de soja como única política agrícola (de 30 millones de hectáreas cultivables, el área de la soja aumentó un 50%, en los años de Kirchner, de 10 a 15 millones de hectáreas!). Se invocaron los derechos humanos como si ellos se agotaran en el juzgamiento de los crímenes del pasado (una iniciativa que tampoco se respaldó como se debía, con más personal, más jueces, mejores reglas, más infraestructura, más recursos, y un programa de protección de testigos), y como si ello amparase la consistente violación de derechos humanos presentes (derechos económicos y sociales, por caso). Lo peor de todo ello: el país crecía a un 8% anual pero la desigualdad —durante todo el período— se mantenía o aumentaba. Ello, en condiciones en donde los peor situados quedaban en su piso más bajo de décadas, con el control, solamente, del 20% de la “torta” económica nacional (es bueno recordar que la participación de los trabajadores en la riqueza generada llegó a casi el 50% con el primer peronismo y se mantuvo en esos niveles durante años, para bajar al 25% durante la última dictadura, y subir al 30% durante la presidencia de Alfonsín). La pregunta que uno se hace es: ¿si el gobierno impidió cambios progresistas en la distribución de la riqueza durante épocas de bonanza económica, quién puede esperar cambios progresistas, redistributivos, en épocas de recesión?

Tales datos representan, para mí, señales inequívocas del conservadorismo kirchnerista. Y por ello, es importante rechazar la invitación que nos hacen muchos amigos progresistas, cuando argumentan que el mismo encierra en su seno fuerzas contradictorias, y nos dicen que le corresponde al progresismo trabajar (desde adentro) para consolidar las corrientes de avanzada que recorren las estructuras del gobierno. Según tratara de sostener, el kirchnerismo, en la práctica, no aparece atenazado entre dos fuerzas contradictorias —una regresiva, la otra progresiva. Lo que hay, en todo caso, es una retórica de apelación progresista, frente a una práctica permanente, indubitable, y sistemática, de orientación conservadora: conservadora en la preservación de una desigualdad extrema, en tiempos de crecimiento económico; conservadora en su decisión de entregar la economía a pocas manos (los dueños de las empresas mineras y petroleras, por caso); conservadora en su política agraria; conservadora en su política de medios; conservadora en términos de política institucional. ¿Es que las alternativas son mucho peores? No, ése es otro mito que conviene erradicar, ya que hay alguna vida interesante fuera de los planteles del gobierno. De todos modos, sobre eso, podemos volver en otra oportunidad.

jueves, mayo 28, 2009

De Platón y Aristóteles a Palermo y Riquelme (sobre el abuso de los "ismos")

Estoy seguro que no será ésta, la primera vez que alguien hace una crítica o, menos que eso, un llamado de atención, sobre el abuso de los "ismos" para agrupar, ahora, no se sabe bien qué cosas. Pero me parece que, con la alusión de estos dos jugadores de fútbol bajo las expresiones de "palermismo" y "riquelmismo" para hacer referencia al grupo de jugadores de Boca que están alineados con uno y con otro, el periodismo, ¡cuándo, no! llevó las cosas demasiado lejos (lo que de ningún modo significa, al límite).
Seguramente, al principio, se utilizó el recurso para condesar en el nombre de la persona un corpus de ideas. Es el caso, por ejemplo de los "ismos" que van desde el platonismo pasando por el aristotelismo, el tomismo, el hegelianismo, hasta llegar al marxismo.Cuando el caso se trataba de un sistema filosófico o sociológico y se encontraba un término que resultara más elocuente que el nombre del inspirador, podía echarse mano a vocablos del tipo "espiritualismo", "existencialismo", "funcionalismo", u otros por el estilo. Hasta el siglo XIX daría la impresión que la cosa iba más o menos en ese sentido. El siglo XX, como en más de un aspecto, se dedicó a la degradación del uso hasta llegar al punto (que no podía pasar en otro lado que no fuera la Argentina) de utilizar la expresión para aludir a las dos facciones de jugadores boquenses.
Por supuesto ese deterioro, no fue abrupto, sino paulatino. Se me ocurre que primero fue el leninismo, después el hitlerismo, más tarde, a lo mejor, el stalinismo, hasta que ya entrados en nuestro territorio y en nuestra época abrevamos en el peronismo y el radicalismo que, a lo mejor, todavía les quedaba algún resabio de sistematización de algo parecido a una ideología. Pero no nos conformamos con parar ahí. La cosa fue virando hacia las personas (seguramente porque ya ideas no hay más) y entonces aparecieron el menemismo (fíjense si de esa cabeza pudo, alguna vez, salir no digo ya un corpus, sino una sola idea), el kirchnerismo (lo pongo para no excluirlo de esta lista y ser tenido por "demasiado" parcial), el cristinismo, el albertismo, el felipismo (cuando el apellido no tolera la transformación), el ibarrismo, el cobismo (con perdón del exabrupto)y todos los "ismos" que pudieron haber sido utilizados y que puedan utilizarse cada vez que alguna persona pueda ostentar el dudoso mérito de arrastrar a por lo menos a alguna otra, detrás de su causa, sea esta política, deportiva o mediática. Palermo y Riquelme fueron los últimos nombres que leí a los que se les acopló el sufijo, pero no sería de extrañar que apareciaran otros más o menos rimbombantes como, por ejemplo el canosismo, para quienes adhieren a la pelirroja conductora, o el rialismo, si se tratara agrupar a los seguidores del enemigo de Viviana.
Para la invención de estos neologimos ninguno más avezado que el conjunto de los periodístas de gráfica, sobretodo, los editorialistas políticos que no sólo saben instalar la agenda de los temas que hay que discutir (siempre a expensas de la cartera de negocios de sus empeladores), sino que también son capaces de hacer que el común de la gente se exprese de esta forma, tal vez, con la ingenuidad de creer que al hacerlo de ese modo, están refiriénndose a gente que alguna vez se le cayó una idea.