Osvaldo Dallera

domingo, junio 12, 2016

El Capitalismo de nuestros días explicado para Facebook

Si democracia es el nombre que el sistema político se da a sí mismo en la actualidad, capitalismo es el nombre con el que el sistema económico moderno se auto-describe por lo menos, desde mediados del siglo XVIII. Como dice Brown (2010, pág.53) el capitalismo es el más robusto de los dos mellizos y supo reducir la democracia a una marca cuya imagen se vende separada de su contenido real. 
El capitalismo es el régimen económico dentro del cual el capital junto con el trabajo son los principales factores de producción. Según Piketty “el capital se define como el conjunto de los activos no humanos que pueden ser poseídos e intercambiados en un mercado. El capital incluye sobre todo el capital inmobiliario (inmuebles, casas), y el capital financiero y profesional (edificios, equipos, máquinas, patentes, etc.) utilizado por las empresas y las agencias gubernamentales”. (Piketty, 60) “... reúne pues todas las formas de riqueza que, a priori, pueden ser poseídas por individuos (o grupos de individuos) y transmitidas o intercambiadas en un mercado de modo permanente. En la práctica el capital puede pertenecer ya sea a individuos privados (se habla entonces de capital privado), o bien al Estado o a la administración pública (capital público). El capital no es un concepto inmutable: refleja el estado de desarrollo y las relaciones sociales que rigen a una sociedad dada (Piketty, 61) El capital cumple dos grandes funciones económicas. por un lado funciona como reserva de valor y, por otro, lado, como factor de producción.
El capitalismo es un régimen de acumulación. El capital en su origen es el resultado de un proceso de acumulación de dinero, luego diversificado en distintas clases de bienes que en conjunto definen el patrimonio que en general está en manos de empresas, organizaciones, gobiernos y capitalistas individuales. Desde una perspectiva estrictamente económica, esta acumulación de capital adquiere dos formas. 
Por un lado adquiere la forma económica de bienes producidos que sirven para producir otros bienes. El capital, en este caso, se acumula como medios de producción. Desde los inicios de la modernidad, en el proceso de producción, el capital acumulado se transforma en capital industrial, compuesto por capital fijo (edificios, maquinarias, campos, etc.) y capital circulante (materias primas, energía salarios, etc.). En este proceso el endeudamiento es funcional a la estrategia de las empresas de aumentar su capital fijo a través de la obtención de préstamos en el mercado financiero. Por otro lado, el capital puede acumularse como capital financiero, es decir, como dinero que se sustrae al circuito productivo y se coloca en mercados que ofrecen a cambio una renta bajo distintas condiciones de riesgo. En ambos casos la función del capital es producir un excedente.  En función de esta distinción dentro del capitalismo contemporáneo podemos reconocer dos grandes tipos de capital.
a. El capital productivo. Esta forma de capital se utiliza de manera predominante dentro de la economía real. La economía real es la que sostiene su dinámica en la producción, es decir, en un entorno en el que intervienen empresas que producen bienes que venden en el mercado, que contrata gente para que trabaje en sus proyectos productivos y que saben que lo que vale su empresa depende de las ganancias que es capaz de obtener por lo que en definitiva vende en el mercado de consumo de bienes y servicios. Estas empresas, y por lo tanto la economía real, necesitan tiempo y dinero para llevar adelante sus proyectos productivos. En los últimos setenta años, dentro del esquema de la economía real, el capitalismo se expandió durante el período comprendido entre fines de la segunda guerra mundial y mediados de la década de los años setenta. En ese lapso generó expectativas orientadas al logro de metas tales como el pleno empleo, mejoras en las condiciones de trabajo y seguridad social, la inserción de grandes masas de la población occidental en el consumo y, en líneas generales, el mejoramiento colectivo de la calidad de vida. El fordismo apareció en los inicios de la segunda mitad del siglo XX  como un régimen de acumulación excepcional en términos de rapidez y estabilidad del crecimiento y del progreso del nivel de vida. Este régimen de acumulación con predominio de la producción permitió conciliar alto nivel y estabilidad de la ganancias para el capital, con un progreso del ingreso de los asalariados. Fue capaz de conjugar el dinamismo del sector privado con la amplitud de las intervenciones públicas. Finalmente combinó eficacia dinámica en los procesos de producción con moderación de las desigualdades.
b. El capital financiero es el protagonista dentro del régimen de acumulación vigente desde la crisis del modelo anterior hasta nuestros días. Esta forma de capital dio lugar al régimen de acumulación con predominio financiero que fue el resultado de la confluencia de tres factores: 
1. el agotamiento del régimen anterior  a partir del estancamiento de la producción y el aumento de la inflación; 
2. la entrada de los avances tecnológicos y los medios masivos de comunicación sobre la economía y sobre los procesos industriales, y 
3. la adopción deliberada de políticas tales como la liberalización de la economía, la desregulación de los mercados y la privatización del patrimonio del Estado. 
El objetivo de este nuevo régimen fue aumentar el valor del capital financiero en todas aquellas plazas que estuvieran en condiciones de sostener un mercado con capacidad para recibir inversiones extranjeras. Dentro de este nuevo régimen de acumulación los mercados financieros buscaron disminuir la importancia de la actividad económica centrada en la producción y aumentar el valor de aquellas operaciones centradas en las transacciones financieras. Las políticas económicas que impulsaban la regulación y la intervención del Estado en la economía y la negociación entre el capital y el trabajo que caracterizaron al régimen anterior fueron sustituidas por políticas de corte liberal que minimizaron el rol del Estado y potenciaron la autonomía de los mercados. En este régimen el dinero proveniente del ahorro se transforma en capital financiero y se concentra en manos de sociedades especializadas en operaciones de inversión, instituciones financieras y los mercados de títulos. A través de los mercados de obligaciones públicas y privadas, la gestión del ahorro se convierte en una poderosa herramienta para la acumulación y centralización financieras. A partir de ahí contribuye a la distorsión de las relaciones económicas y políticas entre el capital y el trabajo. Se establecen, entonces, ventajas decisivas para el capital reforzando su “financiarización” y el peso de la inversión y de los mercados financieros. 
En este contexto cobra impulso la formación de capital especulativo y el privilegio de la especulación como modalidad de generación de renta en lugar de los beneficios que provienen de la producción dentro de la economía real.  Estas innovaciones transformaron la manera de hacer negocios y de intervenir en las relaciones comerciales en la medida que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TICs) permitieron realizar transacciones más rápidas y con mayor alcance.  En pocas palabras, estos cambios hicieron posible superar limitaciones de tiempo y de espacio. Dentro de este marco los trabajadores tuvieron que aprender y adecuarse constantemente a las cambiantes condiciones de la producción y del mercado. Esto les exigió una enorme capacidad de adaptación personal y una permanente vinculación con ofertas de capacitación.
Para terminar hay que decir que el régimen de acumulación con predominio financiero se impuso también a los Estados. Por un lado, la globalización financiera puso en competencia a los Estados por el acceso a los financiamientos, y esto trajo conflictos y desequilibrios de considerable magnitud. Podemos mencionar dos. Uno de ellos tiene que ver con el poderío de los protagonistas de las altas finanzas internacionales (fondo de pensión, fondos mutualistas y bancos, capitales de riesgo), que son los que concentran la oferta de capitales y poseen los medios para (intentar) imponerles sus reglas a los gobiernos de turno. El ejemplo del conflicto de Argentina con los holdouts, (“fondos buitres”), resulta un testimonio cabal de esta estrategia de imposición. Por otro lado, la magnitud de los capitales especulativos y la cantidad de operaciones que llevan a cabo diariamente ponen en jaque la capacidad de resistencia de cualquier país ante una oleada especulativa. Como dice Dominique Plihon (84-85), “ Ningún país puede resistir una ola especulativa fundada en un desafío a su política. A fin de escapar a la “sanción” de los mercados, las políticas macroeconómicas nacionales en lo sucesivo se subordinan a los imperativos de las finanzas internacionales.... Los bancos centrales, que han llegado a ser independientes del poder político, quedan de facto bajo la dependencia de los mercados financieros y de la presión de las grandes corporaciones”.
El siglo XXI comenzó con la consolidación de la subordinación de la economía real y de los Estados al poderío del capital financiero. Sobre la base del régimen de acumulación con predominio de esta forma de capital se consolidaron tres características estructurales de la nueva configuración del capitalismo: la propensión al riesgo, la informalidad y las prácticas económicas criminales.

Bibliografía citada:

Brown, Wendy: "hoy en día, somos todos democráticos" en: AAVV (2010): Democracia, ¿en qué Estado? Buenos Aires, Prometeo Libros.
Piketty, Thomas (2014): El capital en el siglo XXI. Ciudad de Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Plihon, Dominique (2003): El nuevo capitalismo. México. Editorial siglo XXI



Transformaciones estructurales en la política y la economía posmodernas

El carácter autorreferente, auto-reproductivo y operacionalmente cerrado de los sistemas sociales permite comprender las transformaciones producidas desde el inicio de la modernidad tardía, segunda modernidad o posmodernidad (digamos desde el último cuarto del siglo XX) en la política y la economía.
Tanto el sistema político como el sistema económico moderno se auto-reproducen a partir de sus propias operaciones. En el caso de la política la operación que le es propia es la comunicación de decisiones colectivamente vinculantes, por lo general emanadas desde el gobierno. Esas decisiones generan dentro del sistema político otro tipo de comunicaciones (debates, protestas, denuncias, etc.) propias de los otros actores del sistema (legisladores, movimientos sociales, oposición, medios masivos de comunicación, etc.) que dan lugar a la toma de nuevas decisiones que renuevan el ciclo de comunicación política y de esa manera dinamizan el sistema cerrándolo sobre sí mismo y haciéndolo autorreferente. Esto último significa que, como resultado de esa manera de funcionar, el sistema, en vez de operar teniendo en cuenta lo que pasa en su entorno, es decir, afuera de la política, termina por referirse a sí mismo con cada una de sus operaciones. Lo que el sistema político necesita es que haya siempre comunicación interna entre los actores del sistema y no, como se supone, que resuelva problemas que forman parte de su entorno externo. Al estar tan ocupado en ese aspecto, el sistema deja de lado los problemas verdaderos de la sociedad (los problemas económicos, los problemas educativos, los problemas ecológicos, etc.). Los problemas pueden esperar mientras la política produce comunicación para seguir hablando sobre ellos. Con la misma lógica, el sistema económico se auto-reproduce mediante la producción continua e interminable de elementos del sistema (pagos) a través de su medio de comunicación específico: el dinero. Al constituirse los pagos en el elemento insustituible para que el sistema mantenga su continuidad, deja de tener importancia el valor de lo que se está pagando, los problemas y tribulaciones de la gente, o las dificultades por las que atraviesan la educación, la salud, el mercado inmobiliario, etc.
Ahora bien, ni las decisiones vinculantes ni los pagos llevan consigo alguna carga moral, ni siempre responden a coerciones normativas que los incline a operar sólo con el lado bueno o legal de las operaciones. Por eso hay que admitir que adentro de los sistemas todo puede pasar, aún lo que desde afuera de ellos pueda evaluarse como malo, negativo inmoral o ilegal. A pesar de lo que a todos nos gustaría, las decisiones seguirán siendo lo que son a pesar de que con ellas puedan buscarse efectos que beneficien deliberadamente a unos en perjuicio de otros, y los pagos seguirán siendo pagos con independencia del "valor" moral o legal de la contraprestación recibida. Atentos a esto, deberíamos considerar con mayor atención las tres grandes transformaciones, entre otras de menor impacto que se produjeron en la política y la economía en los tiempos de la modernidad tardía:

1. la propensión al riesgo

Una de las características de las decisiones políticas es la imposibilidad de prever sus efectos. Por un lado esa característica estructuró el espacio social alrededor del eje del riesgo e hizo que fuera un espacio evaluado en términos de seguro/inseguro. La contrapartida del riesgo que se asume en cada decisión es la búsqueda de seguridad que se pretende alcanzar y que nunca termina de concretarse. Por otro lado, ordenó a los actores sociales alrededor del eje que define su ubicación en relación con la toma de decisiones y los dividió en decisores y afectados. Lo distintivo del sistema político actual es que se politizan los riesgos que los decisores toman en nombre de los afectados. En este nuevo contexto se pone en marcha el circuito de la política moderna: ante una situación conflictiva o riesgosa los decisores toman decisiones que afectan a los demás. Los afectados le piden a la política que enderece el rumbo, ante los posibles desastres que pueden acarrear esas decisiones. Conciliar la posición y los intereses de los decisores y los afectados requiere que los decisores acepten que trabajan o hacen su trabajo en situaciones bajo riesgo permanentes y los afectados asuman que ya no es posible reclamar vivir en situaciones bajo seguridad. En un contexto de este tipo, se invoca el diálogo que ahora significa aceptar el riesgo, contar con que el otro entiende las condiciones del caso y flexibilizar las posiciones para reformular las exigencias y los argumentos. En nuestro tiempo, a todo este juego, a toda esta representación se la llama Democracia.
Los riesgos económicos se definen por las diferencias de tiempo y velocidad en la utilización y circulación del dinero. Son riesgos de futuro. Estos riesgos nacen de la posibilidad de que los proyectos que las empresas elaboran para llevar adelante sus negocios no salgan como esperaban. En este sentido los riesgos están relacionados con la inversión y el crédito. La inversión puede que no dé los resultados que se esperaban y entonces las deudas contraídas no se puedan pagar. Esta posibilidad hace que los proyectos lleven consigo una cuota de incertidumbre. Lo que ocurre es que las incertidumbres no tienen un valor. Por eso, las empresas tienen que ponerle alguno a sus incertidumbres y eso significa transformarlas en un riesgo calculable. Una vez que el riesgo tiene un “valor”, entonces es posible comercializarlo en los mercados financieros donde se negocian esa clase de productos. Esa reformulación se impuso de dos maneras: una para los grandes inversores y otra para la gente de menores recursos. Las grandes empresas trasladaron su predisposición al riesgo de la economía de producción al mercado financiero y de acciones. Dentro de ese mercado intervienen operadores que compran y venden los riesgos asegurados con la expectativa de que en el futuro sean menos los riesgos que se concreten y más los que no tengan su peor desenlace. Se genera así un “mercado secundario de riesgos”, dentro del cual un primer comprador le vende a otro, y este a un tercero, y así sucesivamente aquellos riesgos asegurados originalmente, pero distorsionando en cada operación el precio de venta incorporándole las creencias del vendedor respecto de la posibilidad de que ese riesgo se materialice. Las condiciones económicas instauradas en el último cuarto del siglo XX también se volvieron propicias para reformular la estructura del sistema económico en función de la nueva realidad de los sectores populares. Junto con el surgimiento de los mercados derivados y futuros para los más ricos, se instaló con fuerza una forma de riesgo consistente en el crecimiento de los mercados de crédito para gente de medianos y bajos ingresos. El mejor ejemplo de esto es la expansión del uso de tarjetas de crédito en todos los segmentos de la población.

2. la estabilización de la informalidad

La comunicación política (el incremento de decisiones que, por sus efectos exigen tomar nuevas decisiones) y la comunicación económica (interminable cadena de pagos que permiten y reclaman la realización de otros pagos) aumentan la complejidad de los dos sistemas. La informalidad es, en un principio, un instrumento de simplificación o de reducción de complejidad. En su evolución se incorpora como un "mal necesario" de ambos sistemas que al normalizarse, naturalizarse y generalizarse pasa a formar parte de sus respectivas estructuras. La estabilización de la informalidad confronta con el cuerpo normativo e institucional que regula el funcionamiento legal de los dos sistemas y termina por convertirse en un subsistema dentro de la política y la economía. Dicho de otro modo la informalidad deja de ser un desvío y se convierte en un componente normal del funcionamiento político y económico.
Frente a la política formal que está orientada por reglas y por instituciones legítimamente constituidas, se posiciona la política informal que, por definición, es modificadora de reglas y “evitadora” de los caminos institucionales. La política informal se define por la cercanía y frecuencia de los contactos entre funcionarios y actores que no forman parte del núcleo sistema político (sobre todo los MMC y las corporaciones), pero que tienen influencia sobre él desde el lugar que ocupan en la periferia. Los contactos se vuelven decisivos para llevar adelante esas “prácticas de anticipación” propias del ejercicio del poder.
La corrupción política presenta una dimensión coyuntural definida por el logro inmediato de un beneficio de pequeña escala o pasajero (como contraprestación de una remuneración clandestina y del momento), y otra dimensión estructural definida por la permanencia de relaciones recíprocas entre empresas, partidos políticos e instituciones del Estado. El eslabón que une la corrupción con las instituciones del Estado y de los gobiernos es el funcionario público. El funcionario público corrupto es el que abre la puerta de las instituciones públicas al cliente que, en gran escala y de forma corporativa con otros grandes beneficiarios, pueden terminar apropiándose del Estado. Y una de las llaves principales para abrir esa puerta es el soborno, uno de los mecanismos principales de la corrupción.
La liberalización y desregulación de los mercados (tanto de bienes y servicios como de dinero) le abrió las puertas de la economía a la informalidad integrada por actividades que generan ingresos fuera del marco regulatorio del Estado y tienen similitudes con las que se llevan a cabo dentro de la economía formal. Aquellas transformaciones posicionaron a la informalidad como un componente más de la estructura del sistema económico contemporáneo. La informalidad, dentro del sistema económico presenta dos vertientes estrechamente entrelazadas:
a. La informalidad económica propiamente dicha es la que procede de la producción de bienes y servicios por afuera de los mecanismos de regulación legal y fiscal por parte del Estado y la consecuente comercialización de esa producción en el mercado negro, pero también en el mercado legal. Por eso las economías formal e informal están entrelazadas. Empresas que operan en la economía formal compran, venden y contratan en la economía informal. Por lo tanto, la informalización de la economía no queda circunscrita a un tipo de actividad (aunque es cierto que algunas, como la textil o la construcción son las que más utilizan esta vía); tampoco está compuesta por un grupo de sectores específicos, ni es sólo una actividad estratégica de supervivencia de los sectores más humildes. Más bien lo que la define es la transgresión de los límites impuestos desde la regulación del Estado.
b. La informalidad financiera es el complemento necesario de la informalidad económica. Como sabemos, el dinero se usa para comprar y vender bienes y servicios, contratar  mano de obra y pagar deudas. Sin embargo, distintos dineros están en relación con distintos mercados. El dinero legal circula en los mercados legales y en la mayor parte de los circuitos que integran la economía formal (la economía formal, como vimos, también se entrecruza con la informal). El dinero informal es el que circula en el mercado negro de dinero y, una variante de éste, es el dinero sucio que está en relación con mercados criminales e ilegales.

3. la expansión del crimen organizado en la estructura de los dos sistemas.

La criminalización del sistema político es el resultado del vínculo que existe entre los políticos (desde funcionarios de los gobiernos pasando por los legisladores hasta llegar a la oposición) y las organizaciones mafiosas. En general, la organización mafiosa trata de no confrontar con la política. La lógica que guía sus relaciones con el Estado es “vivir y dejar vivir”. Por eso, la relación con los políticos es, además de esencial, una relación de cercanía.
Las organizaciones mafiosas se constituyen en actores que operan en la periferia de la política, desde el mundo configurado dentro del subsistema económico. Con esto buscan la privatización del poder. Un rasgo que las identifica es la privatización de la violencia, y el efecto inmediato de la puesta en vigencia de este aspecto es la progresiva disolución del monopolio de la violencia pública legítima del Estado. El otro rasgo decisivo de estas organizaciones es el control de recursos financieros y votos con los cuales construyen sus propios medios de expresión de sus intereses, convirtiéndose así en grupos de presión político y económico con representación social. La relación de la política con las organizaciones mafiosas se instala dentro de un régimen que funciona sobre la base del trueque y el intercambio de favores. Sus demandas son: 1.Privilegios ilícitos (autorizaciones, adjudicaciones, subvenciones), 2. Benevolencia policial y judicial (en relación con investigaciones y sobreseimientos). Las organizaciones mafiosas recompensan estos favores con dinero y votos, criminalizando el sistema político.
La preferencia de las organizaciones mafiosas por la democracia es evaluada en términos de escenario fértil para los negocios, sobre todo por la libertad de empresa, sus rasgos procedimentales y las garantías procesales. Por eso, las democracias débiles son funcionales y propicias a la inserción mafiosa en el sistema político, porque les permite libertad de acción (civil y comercial) y les ofrece garantías (presunción de inocencia, etc.). Además, la represión legal a las organizaciones mafiosas es más efectista, “para la foto”, que real. Dentro de las democracias, también las elecciones son funcionales a estas organizaciones, porque son proclives a la manipulación: La ingenuidad democrática se aferra a la consigna según la cual el voto es la mejor manera de solucionar problemas políticos. Sin embargo, la aceptación de esta realidad requiere aceptar el costo que supone mantener viva la relación entre expansión de la apertura democrática y permeabilidad favorable al ingreso del crimen organizado en el orden global moderno. Esta relación termina en una paradoja tan visible como inquietante: el divorcio entre democracia y legalidad.
La economía basada en el crimen organizado presenta, en primer lugar, un conjunto de rubros o contenidos específicos: drogas, copias piratas, depredación de recursos naturales, lavado de dinero, guerras (comprende el tráfico y negocio de armas). Sin embargo, con independencia del rubro al que estén destinados los esfuerzos de los beneficiarios, lo que tienen en común todos estos actores es la obtención de logros económicos de gran escala. Para eso, en segundo término, tienen que hacer inversiones en infraestructura y logística. Con este paso lo que logran es instalar una economía paralela que, por falta de regulación, se integra al mercado mediante la oferta de bienes producidos ilegalmente, que circulan ilegalmente. Una vez instalados construyen una red de información, mercancías, dinero y personas que se manejan desde otros centros ubicados fuera de su espacio operativo. En esta instancia se hacen necesarios recursos y operadores que oficien como "puentes" entre lo ilegal y lo legal. Por ejemplo, en la tarea de lavar dinero son necesarias entidades financieras que funcionen en forma paralela a la economía formal, que tengan muy buenos vínculos con este sector y que estén especializadas en transferir dinero sucio de los países con mejores controles a los centros off shores que no exigen certificados de origen y no preguntan demasiado por la procedencia y el destino de los fondos. Para terminar, conviene recordar cuál es el circuito que recorren las prácticas económicas criminales y cuáles son los pasos que en un camino de doble vía, llevan de la economía ilegal/informal a la legal/formal: 1. asignación sucia de valor a productos que no pueden comercializarse dentro de la economía formal;  2. producción de mercancías ilegales;  3. realización de negocios dentro de la economía informal; 4. generación de dinero sucio; 5. lavado de dinero.


En resumen, Es imposible entender el funcionamiento de la política y la economía contemporáneas si no se asume que los riesgos, la informalidad y la criminalidad ya no pueden ser tomadas como desvíos, anomalías o patologías de un supuesto funcionamiento "normal", sino que esos programas pasaron a ser parte constitutiva de la nueva estructura funcional de esos dos sistemas sociales. Cada una de esas formas de operar se consolidaron como elementos estables de la dinámica política y económica de la época y ya no se las puede abordar como prácticas nocivas que hay que erradicar. Llama la atención que en los debates de la época este aspecto no ocupe el centro de los análisis ni las preocupaciones más inmediatas de políticos y economistas aun cuando, por supuesto, se mencionan, pero como “defectos” que hay que corregir, sin aceptar que al incorporarse a la estructura de la política y la economía ninguno de estos sistemas puede volver a ser lo que era.

martes, junio 07, 2016

Ganadores y perdedores del siglo XXI

En los últimos meses en la Argentina puede verse una campaña publicitaria gráfica, radial y televisiva del gobierno cuyo remate en cada exhibición es la fórmula "todo es posible juntos". Sin dudas, otra manera de decir de aquella campaña publicitaria de una multinacional deportiva que terminaba con la frase "impossible is nothing". En la gráfica callejera puede verse en primer plano las manos de una persona tomando agua potable de una canilla comunitaria. En televisión, se explica cómo es posible lograr socialmente desarrollo, crecimiento y hasta autorrealización a partir del "ambicioso proyecto de hacer una empanada". Dejamos para otra ocasión comentar la función que se le asigna en el mismo spot a "los gobernantes que se ocupen de tener buenas rutas para que no haya pozos", como si se tratara de un jefe municipal.
La explicación del orden social (cómo es posible, cómo se logra) fue desde siempre uno de los principales problemas en el estudio de la sociedad. En la campaña puede verse toda una  "estrategia de época" utilizada para explicar cómo el orden social vigente construye una imagen de inclusión que les permite a los que están afuera observarse como si estuvieran adentro. El constructivismo sistémico, para explicar el orden social, parte de la distinción inclusión/exclusión. Para esta corriente teórica la sociedad moderna como un todo está compuesta por sistemas sociales parciales, cada uno de los cuales cumple una función específica sin que ninguno, en orden de importancia, esté por encima de los demás. En concreto, la sociedad moderna está compuesta por sistemas parciales tales como el sistema político, el sistema económico, el sistema jurídico, el sistema educativo, el sistema sanitario, etc. Cada uno de ellos cumple una función para la sociedad que no lo puede realizarla ninguno de los otros sistemas parciales y mantienen entre ellos relaciones de prestación: por ejemplo, el sistema educativo provee profesionales para el sistema jurídico o sanitario;  el sistema jurídico, leyes que regulan el sistema económico, etc.
En una sociedad con estas características los individuos están incluidos en (o quedan excluidos de) los sistemas sociales parciales, es decir, están adentro o no del sistema económico, del sistema político, del sistema jurídico, del sistema sanitario, del sistema educativo, etc. Nadie puede quedar excluido totalmente de la sociedad porque su elemento constituyente es la comunicación y, como dice Luhmann, para hacer que alguien quede afuera de la sociedad hay que impedirle que se comunique (él dice "habría que matarlo") porque, de otra manera, siempre es posible para cualquiera comunicarse de alguna forma o dentro de algún intercambio social. Los excluidos también se comunican, aunque sea entre ellos.
La forma de estar incluido supone la posibilidad, en cada uno de nosotros, de desempeñar algún rol complementario de otro rol de prestación. Por ejemplo, todos podemos ser pacientes de algún médico, alumnos de algún maestro, deudores de algún capitalista, o votantes de algún candidato. En la sociedad moderna, no todos pueden cumplir roles de prestación (maestro, médico, abogado, funcionario), pero todos estamos en condiciones de desempeñar uno o más roles complementarios.
La exclusión de los sistemas parciales funciona para los excluidos de manera mutuamente condicionante. El que no está incluido en un sistema tiene altas posibilidades de ser excluido de los otros. Si lo quisiéramos decir en términos de la sociología de Pierre Bourdieu, diríamos que las posiciones que cada uno ocupa en un campo social determinan también la posición en los demás campos (y, por supuesto, condicionan las posesiones y las disposiciones de sus ocupantes).
En nuestra sociedad la relación inclusión/exclusión se vuelve inestable. La condición de incluido no se adquiere de una vez y para siempre y, por lo tanto, hay que revalidarla a cada momento. Para los que están incluidos “rendir examen todos los días” forma parte de su existencia cotidiana. Nadie tiene asignada una posición sólida y concreta dentro de la sociedad. Más bien los individuos reúnen o no las condiciones para poder participar de la comunicación interna de cada sistema parcial: pueden o no pueden pagar; están en condiciones, o no, de litigar jurídicamente; tienen o no tienen acceso a la salud, transitan o no por el sistema educativo.
La condición de excluido, por el contrario, es más estable y, en ese sentido, más “integrada”. El problema es que al no tener acceso a un sistema social, este condicionamiento refuerza la situación o la imposibilidad de acceder a los demás. La integración es mucho más fuerte, estable y duradera “abajo” que “arriba”, “afuera” que “adentro”. Para los excluidos cambiar de situación se hace muy difícil.
En este contexto, la sociedad funcionalmente diferenciada oculta la exclusión de dos maneras. Por un lado, oculta el problema de la exclusión como problema estructural y lo considera un problema residual, como "el descarte" de un orden que, pese a ese remanente, funciona. Por otro lado, al hacer solamente visible a los incluidos, oculta a los excluidos porque no aparecen dentro de los sistemas y los arroja del lado de afuera.
Además nuestra sociedad se exculpa de la responsabilidad de generar excluidos y transforma su existencia en un problema que es de ellos. Al hacer responsables a los individuos de su propia condición, la sociedad se libera de la “culpa” de ser como es en cuanto a este problema que, en todo caso, no es “su” problema, sino que es el problema de los que lo padecen.
Por último, la forma en que la sociedad presenta el problema de la exclusión en sus propias comunicaciones lleva adosado el lamento cínico por una condición que en el fondo le gustaría resolver pero que, como no es un problema de ella, deposita en el futuro y en las propias posibilidades de transformación de los excluidos. Ocultamiento, exculpación y lamento, tres bonitas formas sociales de presentar y abordar el problema de la exclusión cada vez que nuestra sociedad se describe a sí misma.
También nuestra sociedad supo crear las denominaciones correspondientes para designar a sus incluidos y excluidos. Ganadores y perdedores son los nombres con los que se designa a los que quedan adentro del círculo de los incluidos  y a los que se quedan afuera, respectivamente. La denominación se vuelve oportuna para expresar el funcionamiento competitivo de la sociedad entendida como un juego en el que prevalecen, como siempre, los que están mejor preparados para jugarlo.
Según Scott Lash[i] estar mejor entrenados para jugar el juego posmoderno es poseer las capacidades, habilidades y recursos necesarios para intervenir en los procesos de desarrollo de comunicación e información (C + I) tanto dentro del circuito productivo como en los dominios de la participación cultural. Según este autor, en conjunto, los perdedores constituyen una subclase que tiene una "movilidad descendente estructural" (161) y carecen de posibilidades de inclusión en los circuitos de información y comunicación.
El estatus de ganador o perdedor desarrolla, según Sloterdijk[ii], un "sistema de comportamiento, habla y organización domesticados"; un "habitus", diría Bourdieu. En el caso de los ganadores se fortalecen las cualidades que conducen al éxito. Los perdedores se dividen en dos grupos: los "buenos perdedores" y los "malos perdedores". Los buenos perdedores reflexionan sobre las causas de su derrota y piensan como revertir su situación. A los malos perdedores  los invade el espíritu de revancha y el resentimiento. Por supuesto, en el espíritu de los perdedores (sobre todo en el de los buenos) anida el legado del cristianismo: la esperanza en que un día las cosas podrán ser de otro modo, se instala entre la resignación, el resentimiento y el deseo de venganza (muchas veces contenido). La esperanza, al fin y al cabo, es "lo último que se pierde". Pero si algo les faltaba a los perdedores era, sobre el final del siglo pasado, enterarse de que la esperanza en el socialismo también había resultado un fiasco.
Entonces, desde las usinas de producción de nuevas recetas para tratar lo incurable se diseñaron medicinas que buscan hacer más tolerable el mal trance. Como dice Sloterdijk[iii], "hay que establecer nuevos estándares para la época posterior a los radicalismos de la ilusión de izquierdas". Si no se puede ganar, entonces la vida no es más que una "pasión inútil" y lo que más conviene, en ese caso, es hacer de la necesidad, virtud. En la combinación de retirarse del juego y aceptar el propio destino disfrazado de dignidad se construye el esquema de comportamiento perdedor posmoderno "como introducción al fracaso con la cabeza alta".
Los componentes de esos placebos son, básicamente, el abandono de los entusiasmos políticos,  la aceptación del desempleo con alegría (siempre se puede contar con la ilusión o la fantasía de encarar un pequeño emprendimiento). Por eso, hay que completar la felicidad de estar como se está con el mantenimiento de expectativas mínimas con vistas a no deprimirse si lo que llega es la decepción. Por supuesto, también hay lugar para una redefinición de los ganadores en el esquema conceptual perdedor, que incluye entre sus valores más destacados su voluntad de poder, su carácter emprendedor y, por sobre todo, su osadía para hacer frente a los riesgos. En la imagen de los perdedores, para los ganadores, "impossible is nothing".
En resumen, desde hace ya varias décadas los perdedores, sin que lo hayan entendido del todo, se tienen que ayudar a sí mismos, y para eso la sociedad les inventó la autoayuda: conjunto de fórmulas que se perfilan a más corto o largo plazo como un nuevo sistema cuya función parecería ser la de ir en auxilio no de los propios perdedores, sino de los demás sistemas, lo que equivale a decir: la sociedad fabricó a los perdedores y, también, la fórmula de hacerlos pasar adentro mientras siguen estando afuera.






[i] Lash, Scott: "La reflexividad y sus dobles: estructura, estética y comunidad", en: Beck, U.; Giddens, A.; y Lash, S. (1997): Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Madrid, Alianza Universidad, páginas 159 y siguientes.
[ii] Sloterdijk, Peter (2004): Esferas III.  Versión digital, página 295
[iii] idem, página 296

viernes, mayo 27, 2016

Democracias moderadamente antidemocráticas

¿Y si fuera al revés?
¿Y si desde hace mucho el pensamiento mayoritario fuera el que, entre otras cosas, cree en el derrame económico, acepta un poco de represión para mantener el orden, entiende que las jerarquías sociales son naturales, supone que el problema de la política es moral y que las dificultades sociales se resuelven con más educación?
¿Y si fuera el caso de que hasta ahora decir todo eso era como aceptar que se es de “derecha” y eso era vergonzante porque siempre esa ubicación estuvo asociada a prácticas excesivamente antidemocráticas?
¿Y si luego, por tal motivo ese pensamiento mayoritario se hubiera mantenido oculto?
¿Y si ahora que derecha y democracia hicieron las paces (ciertamente ayudadas por la miopía izquierdista) y la derecha puede salir a la vereda y decirle al “vecino” lo que piensa alegremente y sin culpa?
¿Y si todo eso puede ser dicho y escrito, presentado en sociedad y sometido a la voluntad popular, como parece ser el caso, y luego implementado legítimamente?
¿Y si finalmente ahora que la derecha se hizo democrática puede aceptar sin tapujos que ella es legítima y moderadamente antidemocrática?
¿Y si lentamente la dinámica de ese pensamiento lleva a sostener que la democracia como forma de gobierno es una “pasión inútil”?
¿Y si el círculo se cierra y la democracia determina que lo mejor es que ella sea reemplazada por prácticas (un poco) menos democráticas?
¿Y si razonando de este modo llegamos a la paradoja que afirma que la única democracia viable es la democracia moderadamente antidemocrática?
¿Y si llevando esa especulación al extremo la democracia dejara de necesitarse a sí misma y de ese modo pudiera justificarse su autoeliminación mediante el voto?
¿Y si entonces en las elecciones la población termina votando mayoritariamente que la democracia se vuelva moderadamente antidemocrática?
¿Y si por último todo no fue más que un problema de aceptación social y ahora que eso ya no es problema se puede gritar a viva voz y escribir en las redes que lo más democrático que hay es ser moderadamente antidemocrático?

¿Podría ser, no?

miércoles, mayo 11, 2016

Meritocracia

He visto que la publicidad deChevrolet generó en fb un debate en torno a la palabra meritocracia, y su (o sus) significados.

Meritocracia: "La palabra meritocracia es un neologismo acuñado a mediados del s. XX. Se trata de un compuesto híbrido grecolatino. Su primer elemento deriva del latín merĭtum (valor, mérito, salario que se gana, ganancia o servicio) o de merĭtus (el que se ha ganado algo, merecedor) participio del verbo mereri (ganarse algo, merecer), vinculado a una raíz indoeuropea *(s)mer2 (compartir, ganar una parte). El segundo elemento cracia, muy empleado en términos políticos para expresar quién tiene el poder en un determinado sistema (democracia, aristocracia, burocracia, gerontocracia, etc.), deriva del griego κράτος (poder, fuerza), con un sufijo ia de cualidad. Este vocablo griego se asocia a una raíz indoeuropea *kar (duro, fuerte).
La meritocracia sería un sistema social o político, de organización de la sociedad, basado en el mérito, en que los puestos, jerarquías y funciones, sean candidaturas políticas o sean puestos laborales, se obtienen atendiendo exclusivamente a la evaluación del mérito y la capacidad personal de los individuos para ellos".
Fuente: http://etimologias.dechile.net/

Robert Nozick dice que "… lo que los filósofos realmente aman es razonar. Formulan teorías y arman razones para defenderlas, consideran objeciones y tratan de darles respuesta, construyen argumentos contra otras concepciones" (Nozick, Robert La naturaleza de la racionalidad", Barcelona, Ed. Paidós, 1995, pág. 13). Es cierto fb, no ha sido diseñado o pensado precisamente para eso, pero gracias al esfuerzo que hacen algunos de sus usuarios a veces se producen espacios que dan lugar a ejercitarse en esas lides.
De vuelta a lo que es materia de discusión en esta oportunidad, yo quisiera introducir en la controversia algunos matices. En primer término, lo de Chevrolet es una publicidad y todos sabemos que el objetivo de una publicidad es siempre llamar la atención sobre el producto que ofrece, apelando a diferentes recursos y herramientas, casi siempre, todos emparentados con la retórica. Por lo general, uno de esos recursos es utilizar lo que está implícito o directamente explícito en la atmósfera social y cultural de un determinado momento en un determinado lugar. Yo recuerdo, por ejemplo, que a principios de los años 70 del siglo pasado, cuando estaba de moda la revolución, yendo en el colectivo 84 vi una publicidad gráfica de un jabón en polvo cuya cualidad era ser "revolucionario". Más cerca en el tiempo, todos hemos sido testigos del uso del fútbol en épocas de mundiales para publicitar lavarropas, quitamanchas, sopas en sobre o lo que fuera.  De modo que los expertos en publicidad de Chevrolet, me parece, procuraron llamar la atención sobre el producto, apelando a lo que en general, gracias a la difusión de los medios masivos, está latente en nuestra atmósfera como algo positivo (yo creo que sería muy difícil hacer una publicidad para cualquier producto que exhibiera entre sus virtudes el otro gran motivo presente en todo momento y en cualquier lugar de este tiempo: la corrupción. O, por lo menos yo no me imagino un anuncio que diga, por ejemplo, "el mejor corrupto", o "la licuadora más corruptible de todas"). Incluso para mostrar el contraspot, tenemos que hacer referencia a Chevrolet. Objetivo logrado.
En segundo lugar, y más relacionado con la semántica del término "meritocracia" (gobierno de los que hacen o hicieron méritos), he visto en muchas intervenciones en el debate que lo que impera es otro gran protagonista de la época: el enojo. Y, ciertamente, ése es un catalizador de la retórica como pocos. En efecto, si para argumentar para un lado yo uso la culpa cristiana (con perdón de Nietzsche) de haber hecho algún mérito en mi vida, o la palabra "mierda", y para el otro lado utilizo la palabra "vagos", no es que esté dejando de argumentar, pero lo estaré haciendo con más pasión que razón lo que de ninguna manera es ilícito pero tiende a apagar el fuego con nafta.
En tercer lugar, quiero decir algo sobre el presunto referente del término en cuestión: el mérito y el supuesto gobierno de los que hacen méritos. Yo creo, y perdonen la osadía, que el mérito existe y que si no existiera habría que inventarlo. Por ejemplo, hay que elegir para nuestro seleccionado nacional un delantero. ¿Y qué hacemos? Por ejemplo, nos fijamos cuántos goles hizo en el club donde juega habitualmente y desde que juega profesionalmente al fútbol, y entre los de esa categoría hay uno que hizo en total quinientos goles en relativamente pocos años y no jugando precisamente, en ligas menores. Comparado con otros delanteros ¿hizo méritos? Yo creo que sí. ¿Lo convocamos , o no? ¿O lo vamos a comparar con un defensor para jugar de delantero? Hay una vacante para un cargo de profesor titular en una carrera de grado en cualquier universidad. Se pone en marcha un concurso de antecedentes y oposición. ¿Quién debe ocupar la cátedra? Se me ocurre que el que haya hecho méritos para eso ¿O no? Se debe nombrar un embajador en otro país. ¿A quién mandamos? a uno de carrera diplomática o a otro que no sabe bien de qué va el asunto, pero hizo méritos suficientes para ayudar a quien lo elige para que esté en el lugar que ocupa. Méritos hizo, pero en este caso, que puede ser paradigmático, y servir para ilustrar lo que sucede en otros campos (el del deporte, el académico, el escolar, el de la oficina, etc.), la cosa se hace más compleja, porque el mérito ya no está relacionado con la práctica específica (la del profesor, el cirujano, etc.) sino con prácticas periféricas evaluadas según otros parámetros (lealtad, obsecuencia -no confundir-, afinidad ideológica, etc.), y entonces se asocia el mérito con la recompensa. 

Y con esto se enlaza el otro gran problema de la época: el intento tan desesperado como bienintencionado (aunque por lo menos algo equivocado) de intentar medir todo con la vara de la moral. Será motivo de otra reflexión, pero baste con decir que desde hace por lo menos tres siglos la moral ha dejado de ser el factor integrador de la sociedad (y siempre que integró lo hizo al interior de estratos homogéneos:  los valores de la nobleza para los nobles, los del vulgo, para el vulgo). La sociedad de clases "tuvo el mérito" de romper con esa lógica, al precio de hacer de los valores altos los valores de todos, con los resultados que están a la vista y que nos devuelve al principio de la cuestión, que consiste en medir el mérito de cualquiera dese el punto de vista del que fija los criterios. La moral ya no integra ni reparte posiciones. Desde hace tiempo sabemos que buenos medios y fines pueden arrojar resultados desastrosos, y malas causas pueden deparar beneficios no calculados.  Y también sabemos desde hace mucho que ser bueno (¿buenos para quién?) no es un indicador para acceder a cargos u ocupar lugares sociales o institucionales que se correspondan con los supuestos méritos poseídos. Sin embargo, la moral sigue ostentando el dudoso privilegio de  juzgarlo todo, aún aquello que quedaría por afuera de sus atribuciones. Por eso para poder jugar este juego, conviene hacerse periodista.

jueves, enero 14, 2016

Democracia periodística-parlamentaria

Desde hace por lo menos veinticinco o treinta años las poblaciones de los países con regímenes democráticos asisten a la discusión interminable de la calidad de los gobiernos de turno. Expresiones en uso tales como legitimidad democrática, deterioro de la calidad institucional, deslegitimación política u otras equivalentes dan cuenta del estado de situación. Yo creo que va siendo hora de empezar a discutir el formato del régimen o si prefieren de forma más explícita, la forma o el estilo de democracia que supimos amasar desde entonces.
La democracia tal como nosotros la experimentamos y, con matices, tal como se implementa en otros países, es una democracia periodística-parlamentaria: el periodismo nos marca el camino (como se dice, fija la agenda), los legisladores mediáticos se convierten en sus voceros y los puestos de decisión política ejecutan todo aquello que, llegado a esa instancia,  ya se da por descontado (algo así como “¿qué otra cosa se podía hacer”?). En nuestra época no debe sorprendernos el protagonismo político de los periodistas y, mucho menos el de los políticos mediáticos (funcionales, en este punto, al proyecto periodístico), mutantes y genuflexos. Recordemos que cuando los sacerdotes eran la expresión de la voluntad de dios los regímenes eran teocráticos, cuando los nobles y las cortes supieron decir lo que los reyes querían escuchar la política se estratificó y ahora, después de un breve período (un siglo) en el que una apuesta por lograr una población masiva y educada ciudadanamente nos hizo pensar que era posible una democracia a secas, los MMC se convirtieron en la voz y la conciencia bienpensante del pueblo, la democracia se volvió periodística e indica lo que los políticos y los ciudadanos tienen que decir primero, y hacer después.
Por eso conviene aclarar que la expresión “parlamentaria” es genérica y quiere decir aquí “hablante” en sentido amplio. Por lo tanto incluye no sólo las sesiones de las legislaturas y los parlamentos (en donde ya sabemos que se habla y mucho), sino también cualquier lugar en donde se debate y discute de política con pretensiones de llegada a la mayor cantidad de gente posible. Así, el parlamento, los paneles televisivos, los programas de radio, e incluso las redes sociales forman parte de este modelo de democracia.
La estrategia más visible de la democracia periodística-parlamentaria es desviar el foco del primado del sistema económico en la vida social contemporánea y orientar la mirada de la población hacia otros sistemas también muy vinculados a la política. La economía sigue siendo, más tarde o más temprano, la que divide aguas en la población a los efectos de acompañar o impugnar las políticas de cada gobierno en esa materia. Sin embargo esta forma de democracia se esfuerza todo lo que puede para torcer la atención de la gente hacia temas y motivos propios de otros sistemas sociales, sobre todo el de la justicia (incluyendo motivos como el estado del aparato represivo, la connivencia entre el poder judicial y los otros poderes del Estado, la lentitud o discrecionalidad de los jueces en el dictado de sentencias, etc.) y el de la moral ( las denuncias de corrupción están a la orden del día y los MMC tienen una habilidad superlativa para amplificar o disminuir su difusión e impacto, según convenga a los intereses que patrocinan).
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la democracia periodística-parlamentaria el sistema político moderno no exhibe ni admite ninguna relación entre justicia, moral y política. Cada una de estas instancias es independiente de las otras dos y se vinculan entre ellas sólo en el orden discursivo (o sea, como palabras que pueden combinarse en alguna oración o dentro de un párrafo), pero que en conjunto carecen de referentes en el entorno. En el mundo real la justicia como concepto encauza las acciones dentro del sistema jurídico (“justicia” es un noción orientadora dentro del ámbito del derecho y sirve para que dentro de ese espacio se dicten sentencias que no necesariamente deben guardar alguna relación con las expectativas de justicia que se generan, por ejemplo, en la población). Hace bastante la moral dejó de ser la herramienta utilizada por alguna autoridad (pero, ¿cuál?) para dictaminar acerca de lo que está bien y lo que está mal y pasó a ser el sistema regulador de las interacciones de aceptación y rechazo entre las personas (piensen, si no, en los últimos años, cuantas relaciones se rompieron o estuvieron (o están) a punto de romperse por pensar diferente). Por último, la política guía la toma de decisiones en función de los intereses que representan los gobiernos de turno y sus relaciones con la justicia y la moral tienen que ver con cosas que se dicen, sobre todo en momentos de campañas electorales o en el repiqueteo cotidiano en los espacios donde se habla de cosas para que la economía no sea la que domine el universo temático de la política.
La táctica de la democracia periodística-parlamentaria en materia política es el “centralismo democrático” pero a derecha e izquierda. El slogan del centralismo democrático, nacido de las organizaciones radicales de izquierda es (o era) más o menos éste: democracia para los nuestros, restricciones para los de afuera. Desde luego, dentro del orden periodístico parlamentario la implementación de esta modalidad no llega a extremos violentos, pero se encubre en formatos institucionales e informativos. En el primer caso quien está en el gobierno hace un uso distorsionado (suponiendo que hubiera una manera políticamente correcta de logar los objetivos propuestos) de mecanismos institucionales y legales para el logro de sus políticas. Por ejemplo, aprovechamiento de las mayorías parlamentarias para sancionar leyes (lo que en Argentina se denominó “escribanía”) o apelación a los atributos constitucionales del poder ejecutivo, como el recurso a los decretos, si las otras fuerzas no acompañan o no se está dispuesto a esperar el resultado de las negociaciones. En el segundo caso se manipula o directamente se oculta información relevante para luego afectar u orientar el curso de las políticas económicas, jurídicas, internacionales o de cualquier otro orden, que se quieren poner en marcha (el caso de las estadísticas oficiales es, tal vez, el más notorio: o se dibujan o se retarda su divulgación siempre con una finalidad ligada a la economía).
En función de este centralismo democrático la democracia periodístico-parlamentaria se constituyó en el régimen político dentro del cual, en el mejor de los casos, la población puede hablar (y esto incluye: opinar, lamentarse en las redes sociales, hacer catarsis por las desventuras propias y ajenas, indignarse, llamar a la solidaridad, etc.), protestar (convocar y asistir a marchas, organizar piquetes, hacer paros sorpresivos, etc.) y votar (bueno, eso ya sabemos lo que es y los resultados que da, si tenemos en cuenta la oferta que el electorado tiene a disposición). Todo eso en ese orden, que es el mismo que en condiciones más funestas se va perdiendo progresivamente: primero se piensa antes de decir algo que pueda resultar inconveniente, después llegan las restricciones y, eventualmente la prohibición del derecho a protestar y, al final, si lo demás no dio resultado, se suprime el voto.
Después de este breve recorrido se comprenderá que esperar mucho más de la democracia periodística-parlamentaria es una ingenuidad que, pese a todo, bien vale la pena conservar a riesgo de vernos de repente sorprendidos por algún “mecanismo institucional” vaya a saber uno de qué tipo (judicial, de mercado, parlamentario o de otro formato aún hoy desconocido), que nos deje en peores condiciones. Por eso, como dije al principio, en lugar de dejarnos arrastrar por el canto de las sirenas o por las propuestas discursivas que nos desvían del que a mi juicio es el verdadero problema estructural de la política moderna, lo mejor que podemos hace es repensar la democracia como forma de gobierno y ver si, en todo caso, un modelo mejor del implementado hasta aquí puede ser posible.
En fin, sabrán perdonarme el exceso de realismo pero también a mí me da mucha pena ver sufrir a mis amigos y amigas cada vez que veo en sus muros, desdibujadas sus expectativas y amplificadas sus decepciones.

viernes, diciembre 25, 2015

Los votantes y la libertad de expresión

En la nueva configuración de la estructura democrática que nos envuelve, en períodos electorales quedan puestas entre paréntesis las disputas tradicionales y toma protagonismo la contienda entre la mayoría de los votantes (los que no están enrolados en ningún  grupo sólido de una clase social, alguna corriente ideológica definida o un grupo de interés consolidado) y quienes dicen ser los representantes y defensores de la libertad de expresión. Dicho de otro modo, en las elecciones gana o pierde una fracción de los votantes y gana o pierde una fracción de "la libertad de expresión" (el grupo Clarín, la Nación, Perfil, Página 12, etc., etc., etc.). Puede parecer una obviedad pero yo creo que no lo es. Detrás de esas dos categorías se esconde un escenario complejo que a mí me llama mucho la atención.
Me parece que en coyunturas como esta una diferenciación que puede ayudar, no digo a entender, pero sí a poner sobre la mesa el problema que nos mantiene ocupados, es la relación entre dos grandes categoría sociales: los votantes y la libertad de expresión  y los grupos económicos que lo tuvieron como la expresión concreta de sus aspiraciones y como el gran candidato a pelear el poder. Pero, contra quién? La respuesta es sencilla: contra los votantes.
La categoría social o sociológica "los votantes" (si prefieren, "el electorado") se impregnó de significados ajenos a la sustancia que le da contenido a su ethos social ( comportamientos propios de la clase social de pertenencia, percepciones  ideológicas del mundo y de la vida,  e  intereses inmediatos relacionados con expectativas, necesidades, etc.). De este modo la categoría votante se vuelve heterogénea y  su capacidad de elaboración de lo que consume en términos de información va siempre detrás de la complejidad del producto elaborado por los que representan la libertad de expresión. Por eso, la explicación y/o la comprensión del producto del votante, es decir, el voto, siempre resulta por lo menos problemática para otros votantes.
De acuerdo con esto que acabo de decir, a mi juicio, de aquí en más la puja hay que entenderla en estos términos: de un lado están los votantes y del otro quienes representan o dicen representar la libertad de expresión. En el día a día, la libertad de expresión va modelando, le va dando forma a los votantes no integrados. Sin tregua, sin descanso. El día de las elecciones se ve el dibujo de lo que queda de esa relación. Por eso cuesta explicar el voto, a pesar de las buenas intenciones de los analistas, los encuestadores, los opinólogos, los académicos y demás gurúes. Sólo hay libertad de expresión y votantes. Por supuesto, hay explicaciones, pero ninguna del todo convincente. Póngase cualquiera de ustedes en la situación de intentar explicarse el voto del otro lado, y de inmediato encontrará sólo respuestas parciales e insatisfactorias.
 Puede parecer una simplificación pero detrás de esto está la aceptación de ciertas verdades generalmente admitidas, ciertos verosímiles. El principal de ellos, el respeto a la libertad de expresión. Hablo de la libertad de expresión que es distinta de la libertad de información que, por lo general es modelada por la libertad de expresión y pierde buena parte de su potencial de relativa objetividad. Por ejemplo, la libertad de información requiere, o requeriría, cierta rigurosidad en la búsqueda de contenido y, aún cuando luego ese contenido sea inexorablemente interpretado (recortado, amplificado, o las dos cosas al mismo tiempo), en algún punto tiene que hacer referencia a algún hecho. La libertad de expresión no tiene ningún requerimiento. Cualquiera puede decir cualquier cosa en cualquier lado y en cualquier momento (quién, qué, dónde y cuándo no tienen ninguna importancia; casi siempre son sustituidos por "una fuente", "dejó trascender", "en una reunión", "hace unos días"). En el peor de los casos, la libertad de expresión se apropia del derecho de seleccionar lo que vale la pena decir y lo que conviene ocultar.
La libertad de expresión es el arma letal que reemplazó o que reemplaza a las armas de fuego en tiempos de paz. Es un lápiz, es un pincel, es una foto, es un título, es una chicana, es una tapa, es un cartel en fb, una ocurrencia en twitter,  es un silencio, etc.. Es el arsenal con el que se disputa el poder en las arenas donde se distribuye sentido ( creencias, datos, opiniones, relatos, etc.) Es la máquina de formatear votantes. Indolora. Su poder de fuego no tiene límites ni final, su costo de producción es tendiente a cero, y su desgaste es nulo. Dice o calla, según el mayor o menor poder de quien la ejerce. El votante, de manera tal vez un poco ingenua, la ejerce creyendo en lo que le han dicho del poder de las redes y entonces publica una y otra vez, consignas, carteles, ocurrencias, en fb, Twiter o Instagram. Resulta que quien acumula mayor libertad de expresión que el votante, también publica en esos espacios, además de la utilización de sus armas tradicionales con  mayor poder de modelación. Por otra parte, un buen porcentaje de las listas de amigos, seguidores o "me gusta" que  tiene cada votante en sus redes sociales son autorreferentes, entonces terminan hablándole a su propio ombligo y convenciendo al que ya está convencido. Música para los oídos de la libertad de expresión.
Lo que los votantes hemos comprado es la idea según la cual la libertad de expresión es buena e incuestionable. Yo no estoy tan seguro, tal y como funciona. Es un recurso (un "derecho") distribuido en forma desigual.  Quien acumula mayor libertad de expresión, quien la defiende con más énfasis, quien la protege con mayor  fervor no  tiene asegurada  ninguna victoria, y eso es lo que le da cierta riqueza a la contienda. Pero, paradójicamente la utiliza con nosotros, los votantes, con el argumento del yudo: al defender nosotros la libertad de expresión le damos más fuerza a quien mejor la utiliza, más la ejercita y mayor alcance tiene con su uso. Nosotros, los votantes, tenemos la ilusión de que al usarla somos capaces de producir algún efecto de envergadura como por ejemplo torcer el rumbo de una compulsa o dar vuelta las convicciones de alguna conciencia individual. Personalmente, no creo que sean probables logros masivos de ese tipo.
Tal vez muchos se preguntarán qué estoy sugiriendo con todo esto que acabo de decir. Se dirán: ¿qué prefiere?, ¿la mordaza de las dictaduras?, ¿abolir la libertad de expresión? Soy votante pero no soy tan ingenuo. En principio solamente  y  para empezar, propongo pensar estas cuestiones en términos de problema no resuelto; en cuán beneficiosa resulta ser la libertad de expresión para las expectativas de los votantes y qué tan amigable es la democracia como su teatro de operaciones tal como la experimentamos.  Los que podemos y tenemos la posibilidad de acceder una mayor variedad de fuentes de información y entretenimiento, al principio abandonamos la tv de aire y nos pasamos al cable, después dejamos el cable y nos fuimos a Internet, ahora estamos en Internet y nos entretenemos vía streaming. No todos son tan afortunados.

Antes de terminar quiero insistir con algo que dije al principio y que a lo mejor pareció dicho al pasar: lo que pretendí con esto es hacer un llamado de atención a esa categoría social de los votantes (es decir, a todos los que votamos) en relación con algo que parece vital para nuestra supervivencia, pero que en realidad empuja a unos y otros en dirección de tal o cual corriente según la fuerza que le imprime quien más y mejor la conduce.

miércoles, diciembre 16, 2015

El funcionamiento de la política explicado para facebook

Esta breve nota pretende ser un aporte teórico al debate político "express" que suele pasar por las redes sociales. La idea es aportar algo a la comprensión del funcionamiento de la política contemporánea, pero sin mayores pretensiones.Por eso tiene un cierto grado de abstracción e intenta no identificar a tal o cual actor estructural del sistema con alguno o algunos de los protagonistas concretos de la época (este o aquel partido, tal o cual funcionario, etc.). De modo que un buen ejercicio de lectura consiste en buscar los ejemplos adecuados para confirmar o desmentir la teoría. A nadie le faltará alguno para una cosa o la otra.  Tal vez lo más significativo de este punto de vista es que prescinde del uso de categorías morales para analizar el objeto. Nada original, si uno piensa que ya Maquiavelo nos había hecho notar que la política y la moral se habían divorciado (si es que alguna vez estuvieron casadas o a lo sumo en pareja). Dicho de otro modo, las cosas son como son, independientemente de nuestros gustos o preferencias personales. Para más detalles pueden leer mi libro La era de las decepciones. deslegitimación política, economía ilegal, precariedad laboral y consumismo. 
La teoría de sistemas sociales ofrece una explicación plausible o por lo menos digna de ser atendida acerca del funcionamiento del conjunto de sistemas que componen la sociedad contemporánea. Cada sistema social (la economía, la educación, la justicia, la salud, la política) cumple una función para la sociedad. La función de la política no la puede cumplir ningún otro sistema y consiste en tomar decisiones colectivamente vinculantes, a través de quienes en cada momento ocupan los cargos de la administración, es decir, los funcionarios del gobierno. Y para cumplir con esa función la política cuenta con un medio que es el poder. Definamos "poder" como la capacidad de influenciar en los otros sin necesidad de apelar a recursos coercitivos. Cuando hay que apelar a la "mano dura", por ejemplo, es porque el poder empieza a escasear. 
El nombre con que el sistema político se denomina a sí mismo en nuestra época es "democracia". La democracia es la forma del sistema político moderno en la mayor parte de los países de Occidente. Para que la democracia haga posible el cumplimiento de la función específica del sistema político necesita de tres grandes actores: el gobierno, la oposición y la población, que en épocas de campaña y en las elecciones se transforma en el electorado (los votantes). 
Existen entre estos tres grandes actores distintas relaciones. El gobierno se vincula con el electorado y con la oposición mediante sus decisiones, el electorado con el gobierno y la oposición a través de apoyos o reclamos, pero sobre todo con la protesta y el voto. La oposición se relaciona con el gobierno ejerciendo la crítica y formulándole exigencias y el gobierno contesta con desmentidas y contra-denuncias. La herramienta para sostenerse dentro del ámbito del sistema que regula la relación entre gobierno y oposición es la negociación. 
Una de las maneras de relacionarse que tienen los protagonistas de la política es a través de diferencias. Cada uno de estos actores presenta diferencias internas (es decir, dentro de su propia composición) y externas (o sea, en relación con los otros dos actores). Esas diferencias las usan para llevar adelante sus estrategias políticas dentro del sistema. La diferencia más conocida es izquierda-derecha. Esta diferencia tiene dos características: la primera y principal es que es una diferencia interna del sistema político y no tiene ningún correlato en el mundo externo. Como cualquier otra distinción construye sentido dentro del ámbito en el que resulta funcional. La otra característica tiene que ver con su dimensión: es más grande en el imaginario colectivo que en las prácticas de la política real, pero es muy útil para alimentar los debates y mantener viva la llama del conflicto político, indispensable para el funcionamiento del sistema. La contracara del conflicto es el consenso, otro componente también más voluminoso dentro de las expectativas que en su posibilidades concretas de realización. Conflicto y consenso son, si se quiere, dos grandes excusas que usan el gobierno y la oposición para producir sentido político (=condiciones de entendimiento del funcionamiento de la política) dentro del teatro de operaciones del sistema. 
Estos actores llevan adelante cada uno, de manera predominante, distintos tipos de acciones genéricas: el gobierno a través de sus funcionarios es el que toma las decisiones colectivamente vinculantes, la oposición critica, exige y denuncia y la población reclama, protesta, orienta sus preferencias (apoya o rechaza) hacia el gobierno o la oposición y, periódicamente ejerce el derecho al voto. Dicho de otro modo, fuera de los momentos en que se vota y se transforma en "el electorado", la población se agrupa de manera heterogénea en movimientos sociales o de protesta, o simplemente, mira la televisión, revisa facebook, escribe en twitter y, ocasionalmente, lee el diario. 
Para llevar adelante estas acciones el sistema político, es decir, la democracia, cuenta con tres recursos: la capacidad de decidir (lo que se llama tener poder), la capacidad de expresarse (lo que se llama "libertad de expresión" como capacidad de ejercer la crítica, denunciar, exigir, protestar, etc.) y la capacidad de elegir ( lo que todos conocemos como "votar"). 
En resumen en la democracia, básicamente se hacen dos cosas: se decide y se habla. Es interesante, en esto de hablar, la relación que cada uno de los actores tiene con la libertad de expresión. Es cierto, todos hablan, todos se pueden expresar, pero la fuerza y penetración de lo que se dice no es idéntica: no es igual la potencia de una publicación mía o tuya en facebook que un editorial del diario, la palabra de un político mediático o de un analista político en el horario central de la TV. No es necesario insistir mucho en esto, los MMC juegan un papel si no decisivo o determinante, sí condicionante dentro de esta acción genérica del sistema que denominamos "hablar". Por supuesto, hablar es toda una labor y los partidos o " espacios políticos", como se dice ahora, tienen la función específica de darle trabajo a personas con cualidades especiales para llevar adelante la acción de hablar - por ejemplo, en el parlamento, o en los MMC-) . 
El momento de las elecciones es un momento clave del sistema político contemporáneo por varias razones. La primera y principal es que deja siempre al sistema político en un estado de indeterminación futura, que dinamiza todas y cada una de las cosas que mencionamos: la oposición quiere ser gobierno, el gobierno no quiere dejar el poder, el electorado aprovecha la ocasión de elegir para tomar una decisión colectivamente vinculante (ejerce el poder mediante el voto). La otra razón que hace de las elecciones un momento clave dentro de la democracia es que, en las condiciones actuales, las elecciones funcionan como un "test de popularidad". Por lo tanto todos los que participan quieren ser vistos de la mejor manera y para eso despliegan sus mejores disfraces y sus mejores dotes histriónicas. Por eso, los partidos políticos siempre escogen para poner dentro de sus filas algún que otro artista, deportista o personaje mediático capaz de atraer la atención de alguna parte de la población. 
Este proceso interno del sistema, contado de manera muy simplificada, se repite indefinidamente de manera circular y esto hace que mientras funciona, el sistema se auto-re-produzca: el gobierno tiene que tomar decisiones, todos tienen que seguir hablando y la propia dinámica del sistema hace que el sistema exponga su condición más fundamental y a la vez inquietante: se hace autorreferente. La autorreferencia hace que la política trabaje para su propio sostenimiento. De este modo el sistema político, al llevar adelante sus operaciones para su propia supervivencia, se desvincula de lo que pasa afuera, lo que llamaríamos el mundo real (el problema de las fuentes de trabajo, los problemas medioambientales las vacantes en la educación, el empleo juvenil, la seguridad civil o social, etc.). 
Este carácter autorreferencial de la política presenta dos aristas. Por un lado, limita la capacidad de acción de los actores porque cada uno, en su necesidad por mantenerse dentro del juego y cumplir con sus expectativas está obligado a no desatender lo que hacen los otros dos, y todo eso, para que el futuro lo vuelva a encontrar con chances de seguir participando. Esto, por supuesto, hace que el sistema se haga dinámico y se vaya transformando con sus propias operaciones, mientras funciona. Por otro lado, al estar siempre preocupado por su propio funcionamiento, hace que lo que pasa en el mundo real sea nada más que "la molestia", la "irritación" necesaria para que aparezcan los temas con los que poner en marcha esa maquinaria. Dicho de otro modo, el mundo no es otra cosa que la colección de temas con que el sistema político construye su agenda (la forma en que esto sucede, por supuesto, tiene también su complejidad y en este asunto los MMC tienen un papel destacado). Desde luego, lo que el sistema político hace tiene implicancias en el mundo real, pero esas implicancias son efectos colaterales que oportunamente se visten con el ropaje de aciertos o errores en la gestión, la crítica, la protesta y, en su momento, el voto. 
Además, como la existencia de cada uno de los actores y las relaciones entre ellos es imprescindible para la constitución de la política (no puede concebirse la democracia sin alguno de los tres integrantes, como tampoco puede concebirse sin las relaciones y los vínculos entre ellos), el sistema termina siendo un núcleo indisoluble que obliga a las partes a llevar adelante sus respectivas acciones sin correrse demasiado de lo que las otras dos partes esperan: cada una tiene un ojo puesto en la agenda y el otro en su propia posición. Por eso o para eso la democracia necesita la negociación y los acuerdos como prótesis. Ahora bien, como cada uno está atento a su propio juego sin sacar la mirada de lo que hace y espera el otro, suceden dos cosas: por un lado las negociaciones exitosas logran acuerdos cada vez de más corto plazo a la espera de que un nuevo problema, que surgirá inevitablemente por la imposibilidad natural de controlar todas las variables en cada toma de decisión, los obligue a volver a negociar para un nuevo acuerdo de corto plazo, y así sucesivamente. 
Todo esto explica por qué, fuera de los momentos de campaña para las elecciones, gobierno y oposición terminen pareciéndose demasiado y alternativamente, cuando cada uno ocupa uno u otro rol, termina estando limitado en sus posibilidades de tomar decisiones que se corran demasiado del eje de lo posible para el funcionamiento de la política. Con esto la idea de que la política moderna es capaz de trazar proyectos de largo plazo o, como se dice ahora, políticas de Estado, es más un slogan que una posibilidad cierta de realización. El pragmatismo es el alimento del sistema y cualquier cosa que pueda torcer ese estado de cosas es lo que hoy podría llamarse una revolución en la política, re-significando, eso sí, el uso del término. 
Todo lo demás forma parte del escenario y la ornamentación que sirve para que el sistema despliegue su repertorio y para que nosotros nos mantengamos entretenidos mirando (o participando de) el espectáculo, que a veces adquiere la forma de drama, otras de comedia y, de vez en cuando, de sainete o parodia. Mientras tanto la política funciona y nosotros seguimos atendiendo nuestras necesidades cotidianas, esperando que lleguen otra vez las elecciones para reafirmar nuestras expectativas o enderezar nuestras decepciones.